El funeral de Kang Tae-jun, presidente de una de las compañías más poderosas de Seúl, estaba a punto de terminar. Más de doscientos invitados vestidos de negro llenaban el elegante salón mientras periodistas y empresarios esperaban afuera.

La muerte de Tae-jun había sorprendido a todo el país.

Tres días antes, su automóvil apareció destruido junto a una carretera. Horas después, las autoridades encontraron un cuerpo que supuestamente pertenecía al empresario.

Su esposa, Yoon Hye-jin, había realizado la identificación.

Ahora permanecía junto al ataúd acompañada por su hijo de diecinueve años, Min-jae.

—Es hora —susurró Hye-jin.

Los empleados comenzaron a cerrar el ataúd.

De repente, las puertas se abrieron de golpe.

—¡NO LO CIERREN!

Todos giraron.

Una mujer llamada Seo Mi-ra entró corriendo.

—¡ESE NO ES MI ESPOSO!

Min-jae abrió los ojos.

—¿Tu esposo?

Hye-jin caminó furiosa hacia Mi-ra.

¡PLAF!

La abofeteó delante de todos.

—¡Fuera de aquí! ¡No convertirás el funeral de mi marido en un circo!

Mi-ra llevó una mano a su mejilla.

Pero no retrocedió.

—Puede echarme después. Primero compruebe algo.

Sacó una fotografía antigua.

En ella aparecía Tae-jun sin camisa durante unas vacaciones.

Mi-ra señaló su abdomen.

—Hace quince años fue operado. Tenía una cicatriz de casi veinte centímetros.

Min-jae miró la fotografía.

Recordaba perfectamente aquella cicatriz.

—Papá sí la tenía.

Hye-jin palideció.

—Eso no demuestra nada.

—Entonces revisemos el cuerpo —respondió Mi-ra.

El médico presente se acercó al ataúd.

Hye-jin intentó impedirlo.

—¡Nadie vuelve a tocar a mi esposo!

Min-jae la miró sorprendido.

—Mamá, si realmente es papá, ¿qué problema hay?

Hye-jin guardó silencio.

El médico examinó el cuerpo.

Primero un lado.

Después el otro.

Su expresión cambió completamente.

—Tiene razón.

Un murmullo recorrió el salón.

—Este cuerpo no presenta esa cicatriz.

Min-jae sintió que el mundo se detenía.

Miró el cadáver.

Después a su madre.

—Entonces… ¿dónde está papá?

Nadie respondió.

Mi-ra rompió el silencio.

—Probablemente vivo.

Hye-jin giró violentamente.

—¡Cállate!

Min-jae se acercó a Mi-ra.

—¿Por qué dijiste que era tu esposo?

La mujer respiró profundamente.

—Porque Tae-jun y yo nos casamos hace veintidós años.

Min-jae retrocedió.

Hye-jin soltó una carcajada.

—¡Mentirosa! Yo llevo veinte años casada con él.

Mi-ra abrió su bolso y sacó un certificado.

—Nunca nos divorciamos.

Min-jae tomó el documento.

La fecha era real.

El nombre de su padre aparecía claramente.

—Mamá…

Hye-jin miraba el certificado aterrada.

—Él me dijo que aquella relación había terminado.

Mi-ra respondió:

—Terminó nuestra relación. No nuestro matrimonio legal.

Pero Min-jae tenía una pregunta mucho más importante.

—¿Mi padre llevaba veinte años casado con dos mujeres?

—No vine a discutir eso —respondió Mi-ra—. Vine porque Tae-jun sabía que algo iba a ocurrirle.

Sacó su teléfono.

—Me llamó la noche antes de desaparecer.

Reprodujo una grabación.

La voz del empresario llenó el salón.

—Mi-ra, si mañana no regreso a Seúl, busca a Min-jae. No permitas que entierren ningún cuerpo sin comprobar su identidad.

Min-jae dejó de respirar.

Su propio nombre aparecía en el mensaje.

—¿Por qué quería que me buscaras?

Mi-ra continuó reproduciendo.

—Encontré quién lleva años robando dinero del Grupo Kang. Esa persona sabe que la descubrí.

La grabación terminó.

Los ejecutivos presentes comenzaron a mirarse entre sí.

Min-jae preguntó:

—¿Quién era?

—No me dijo el nombre.

Hye-jin intervino:

—¡Esto puede ser una grabación falsa!

Mi-ra la miró fijamente.

—Entonces expliquemos otra cosa.

Sacó un documento bancario.

—Dos días después de la desaparición de Tae-jun se intentaron transferir cuarenta millones de dólares desde una cuenta corporativa.

Min-jae abrió los ojos.

—¿Quién autorizó la transferencia?

Mi-ra colocó el documento sobre la mesa.

La firma pertenecía aparentemente a Tae-jun.

Pero había sido realizada cuando supuestamente ya estaba muerto.

—Eso significa que papá estaba vivo —dijo Min-jae.

—O alguien falsificó su firma.

Hye-jin comenzó a retroceder.

Min-jae lo notó.

—Mamá… ¿qué sabes?

—Nada.

—Tú identificaste el cuerpo.

—Porque llevaba su reloj y su alianza.

Mi-ra se acercó al ataúd.

—Precisamente.

Señaló el cadáver.

—Alguien necesitaba que encontraran esas pertenencias.

Min-jae sintió un escalofrío.

Aquello ya no parecía un accidente.

Parecía una desaparición cuidadosamente preparada.

El médico habló:

—Necesitamos realizar una prueba genética para identificar este cuerpo.

Min-jae asintió.

—Háganla.

Hye-jin reaccionó inmediatamente.

—¡No!

Todos la miraron.

La mujer comprendió demasiado tarde lo sospechosa que había sonado.

—Quiero decir… deberíamos respetar al fallecido.

Min-jae caminó hacia su madre.

—¿A cuál fallecido?

Ella guardó silencio.

—Porque acabamos de descubrir que ni siquiera sabemos quién está dentro de ese ataúd.

Hye-jin comenzó a llorar.

—No entiendes.

—Entonces explícame.

—No puedo.

Mi-ra observó atentamente su reacción.

—Alguien te obligó a identificarlo, ¿verdad?

Hye-jin levantó lentamente la mirada.

Min-jae quedó sorprendido.

—¿Quién?

Su madre temblaba.

—Después de que encontraron el cuerpo recibí una llamada.

—¿De quién?

—No lo sé. La voz estaba distorsionada.

—¿Qué te dijeron?

Hye-jin miró a su hijo.

—Que si decía que aquel cuerpo no era Tae-jun… tú serías el siguiente.

Min-jae quedó helado.

Por primera vez entendió el miedo de su madre.

—¿Por eso mentiste?

Hye-jin comenzó a llorar.

—Tenían fotografías tuyas saliendo de la universidad. Sabían dónde estabas cada día.

Min-jae la abrazó.

Pero Mi-ra seguía observando algo.

—¿Dónde está el teléfono donde recibiste esa llamada?

Hye-jin sacó lentamente un teléfono antiguo de su bolso.

—Aquí.

Min-jae revisó el historial.

Había un número desconocido.

Pero también encontró un mensaje enviado aquella mañana.

“Cierra el ataúd hoy. Después recibirás nuevas instrucciones.”

Min-jae levantó el teléfono.

—Mamá…

Hye-jin miró la pantalla.

—Yo no había visto eso.

En ese instante, uno de los ejecutivos comenzó a caminar discretamente hacia la salida.

Mi-ra lo reconoció.

—¡Él!

Todos giraron.

Era Lee Dong-won, vicepresidente del Grupo Kang y socio de Tae-jun durante más de veinte años.

Dong-won comenzó a correr.

Los guardias lo interceptaron.

—¡Suéltenme!

Min-jae caminó hacia él.

—¿Por qué corres?

—Tengo asuntos importantes.

—¿Más importantes que descubrir dónde está tu mejor amigo?

Dong-won no respondió.

Entonces su teléfono comenzó a sonar.

Min-jae miró la pantalla.

El número que llamaba era exactamente el mismo que había enviado amenazas a Hye-jin.

El salón entero quedó congelado.

Dong-won intentó apagarlo.

Los guardias le quitaron el dispositivo.

Min-jae respondió.

—¿Quién habla?

Silencio.

Después se escuchó una respiración débil.

Y finalmente una voz.

—Min-jae…

El joven abrió completamente los ojos.

Conocía esa voz.

—¿Papá?

Todos quedaron paralizados.

—Hijo… escúchame.

La comunicación comenzó a fallar.

—¡Papá! ¿Dónde estás?

Tae-jun apenas consiguió pronunciar unas últimas palabras:

—No confíes… en Dong-won.

La llamada se cortó.

Min-jae bajó lentamente el teléfono.

Miró al vicepresidente.

Dong-won había perdido completamente el color del rostro.

El funeral que debía despedir a Kang Tae-jun acababa de convertirse en una investigación.

Porque ahora sabían dos cosas.

El hombre dentro del ataúd era un desconocido.

Y el verdadero Kang Tae-jun seguía vivo en algún lugar.

La pregunta ya no era quién había muerto.

La verdadera pregunta era:

¿Quién había hecho desaparecer a Tae-jun… y por qué necesitaba que todo el mundo creyera que estaba muerto?

By yhq9q

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