La familia Kang llevaba meses intentando recuperar una normalidad que, en realidad, nunca había existido.
Kang Min-ho, presidente de una importante empresa tecnológica de Seúl, había enviudado cuatro años atrás. Desde entonces, su hija Ha-eun, de apenas ocho años, se había convertido en lo más importante de su vida.
Todo cambió cuando Min-ho conoció a Yoon Soo-ra.
Soo-ra era elegante, educada y aparentemente cariñosa. Después de un año de relación se casaron y ella se mudó a la enorme mansión Kang.
Delante de Min-ho trataba a Ha-eun como si fuera su propia hija.
—Ven, pequeña. Déjame arreglarte el cabello.
—¿Quieres que preparemos una sorpresa para papá?
Pero cuando Min-ho no estaba presente, Soo-ra era completamente diferente.
—No entres a mi habitación.
—Deja de seguirme.
—Y no le cuentes tonterías a tu padre.
Ha-eun comenzó a tenerle miedo.
Intentó hablar varias veces con Min-ho, pero nunca encontraba las palabras.
Hasta aquella noche.
La familia estaba cenando en el enorme comedor de la mansión.
Min-ho acababa de regresar después de una agotadora reunión empresarial.
—Hoy finalmente cerramos el acuerdo —dijo mientras sonreía—. Si todo sale bien, la próxima semana firmaremos.
Soo-ra sirvió personalmente la cena.
—Entonces tenemos que celebrarlo.
Colocó frente a su esposo un plato de sopa.
Ha-eun dejó inmediatamente de comer.
Sus ojos se clavaron en el plato.
—Papá…
Min-ho no escuchó.
Tomó la cuchara.
Ha-eun comenzó a ponerse nerviosa.
—Papá…
Min-ho acercó la cuchara a su boca.
De repente, la niña se levantó.
¡CLANG!
Golpeó la mano de su padre.
La cuchara cayó al suelo.
—¡PAPÁ, NO COMAS ESO!
Todos quedaron sorprendidos.
Soo-ra se levantó furiosa.
—¡¿Qué te pasa?!
Levantó la mano para abofetear a Ha-eun.
Pero Min-ho reaccionó inmediatamente y sujetó su muñeca.
—¡No la toques!
Soo-ra quedó inmóvil.
Min-ho miró a su hija.
—Ha-eun, ¿por qué hiciste eso?
La pequeña comenzó a llorar.
Levantó lentamente un dedo.
Y señaló a Soo-ra.
—La vi poniendo algo en tu plato.
El rostro de la mujer cambió.
Min-ho giró lentamente hacia su esposa.
—¿Qué pusiste en mi comida?
—Nada.
—Mi hija acaba de decir que te vio.
Soo-ra soltó una risa nerviosa.
—Es una niña. Probablemente vio cuando agregué un suplemento.
Ha-eun negó inmediatamente.
—¡No!
Corrió hacia un pequeño mueble.
Sacó algo que había escondido detrás de unos libros.
Era un frasco pequeño.
Soo-ra palideció.
—¿De dónde sacaste eso?
—Se te cayó en la cocina.
Min-ho tomó el recipiente.
No tenía etiqueta.
—¿Qué contiene?
—Vitaminas.
—Entonces no tendrás problema si lo mando a analizar.
Soo-ra permaneció en silencio.
Min-ho tomó su teléfono.
Ella reaccionó inmediatamente.
—¡No!
Todos la miraron.
Soo-ra respiró profundamente.
—Quiero decir… no es necesario convertir esto en un escándalo.
Min-ho ya no confiaba en ella.
Llamó al médico privado de la familia.
—Doctor Lee, necesito que venga inmediatamente.
Soo-ra comenzó a caminar hacia la salida.
—Tengo dolor de cabeza.
Min-ho bloqueó su camino.
—Nadie sale hasta saber qué contiene ese frasco.
Veinte minutos después llegó el médico.
Tomó una muestra de la sopa y el recipiente.
—Necesito llevarlos al laboratorio.
Pero Ha-eun volvió a hablar.
—Hay más.
Soo-ra cerró los ojos.
Min-ho se agachó frente a su hija.
—¿Más qué?
—Ella lleva muchos días poniéndolo.
El empresario sintió un escalofrío.
—¿En mi comida?
Ha-eun asintió.
—A veces en tu café.
Min-ho recordó inmediatamente algo.
Durante las últimas semanas había sufrido mareos, cansancio y episodios de confusión.
Los médicos habían atribuido los síntomas al estrés.
Pero ahora todo parecía diferente.
Miró a Soo-ra.
—¿Desde cuándo?
—¡No escuches a una niña!
Ha-eun corrió hacia su padre.
—También la escuché hablando por teléfono.
—¿Qué decía?
La niña dudó.
—Que faltaba poco para que tú ya no pudieras dirigir la empresa.
El silencio fue absoluto.
Soo-ra tomó su bolso.
—Me voy.
Min-ho volvió a detenerla.
—No.
—¡No puedes encerrarme aquí!
—Tienes razón.
Min-ho llamó al jefe de seguridad.
—Pero puedo impedir que salgas con cualquier documento de esta casa hasta que revisemos las cámaras.
Soo-ra quedó paralizada.
—¿Cámaras?
Min-ho señaló discretamente hacia una esquina.
—Después de un robo ocurrido hace seis meses instalé cámaras nuevas en las áreas comunes.
Soo-ra no lo sabía.
Min-ho pidió inmediatamente revisar las grabaciones de la cocina.
Todos fueron al despacho.
El jefe de seguridad comenzó a reproducir los videos.
Primera noche.
Soo-ra entraba sola.
Sacaba un pequeño frasco.
Ponía varias gotas en una taza.
Segunda noche.
Lo mismo.
Tercera noche.
Otra vez.
Min-ho observaba sin decir una palabra.
Entonces apareció una grabación mucho más reciente.
Soo-ra estaba hablando por teléfono.
El audio era perfectamente claro.
—Está funcionando. Cada semana está más débil.
Min-ho cerró los puños.
La grabación continuó.
—Cuando el médico diga que ya no está en condiciones de dirigir la empresa, yo me encargaré del resto.
Soo-ra gritó:
—¡Apaga eso!
Intentó acercarse al monitor.
El jefe de seguridad se interpuso.
Min-ho se giró hacia ella.
—¿El resto de qué?
Soo-ra guardó silencio.
Ha-eun estaba abrazada a su padre.
Entonces llegó el médico.
Su expresión era seria.
—Señor Kang, tenemos un resultado preliminar.
Min-ho se levantó.
—¿Qué encontraron?
—La sustancia no debería estar en su comida.
Soo-ra retrocedió.
El médico explicó que necesitaban realizar más análisis para determinar exactamente qué había consumido Min-ho y durante cuánto tiempo.
Min-ho miró a su esposa.
—¿Por qué?
Soo-ra comenzó a llorar.
—No quería matarte.
—¿Entonces qué querías?
Ella permaneció en silencio.
Min-ho recordó la grabación.
“Cuando ya no esté en condiciones de dirigir la empresa…”
Entonces comprendió.
—Querías incapacitarme.
Soo-ra cerró los ojos.
Min-ho continuó:
—Si yo no podía dirigir el Grupo Kang, alguien tendría que administrar mis acciones y propiedades.
Miró hacia su escritorio.
Allí había unos documentos que Soo-ra llevaba semanas insistiendo en que firmara.
Min-ho los tomó.
Hasta entonces había creído que eran simples documentos relacionados con el patrimonio familiar.
Los abrió.
Su abogado había colocado varias notas en las páginas que todavía faltaban por firmar.
Uno de los apartados otorgaba a Soo-ra amplios poderes sobre determinados activos si Min-ho quedaba médicamente incapacitado.
Min-ho levantó el documento.
—Era por esto.
Soo-ra comenzó a temblar.
—Puedo explicarlo.
—Llevas semanas intentando que firme esto.
—Mi abogado dijo…
—¡NO MIENTAS MÁS!
Ha-eun se sobresaltó.
Min-ho bajó inmediatamente la voz y abrazó a su hija.
Entonces Soo-ra soltó una frase inesperada:
—¡Yo no planeé esto!
Min-ho la miró.
—¿Qué?
—Alguien me obligó.
—¿Quién?
Soo-ra comenzó a llorar.
—Si digo su nombre, estoy acabada.
Min-ho se acercó.
—Intentaste manipular mi salud y mi patrimonio. Será mejor que empieces a hablar.
Soo-ra miró hacia Ha-eun.
—Tu problema no soy yo.
Min-ho frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
—Hay alguien dentro de tu empresa que necesita sacarte de la presidencia.
Min-ho quedó inmóvil.
Soo-ra sacó lentamente su teléfono.
Abrió una conversación.
Había decenas de mensajes.
Pero el contacto no tenía nombre.
Solo una letra:
“K”.
El último mensaje había llegado aquella misma tarde:
“Esta noche debe tomarlo. Mañana comenzamos la segunda fase.”
Min-ho sintió un escalofrío.
—¿Quién es K?
Soo-ra levantó la mirada.
—Alguien que tiene mucho más que ganar con tu caída que yo.
En ese momento el teléfono de Min-ho sonó.
Era su abogado.
—Señor Kang, tenemos un problema.
—¿Qué ocurrió?
—Alguien convocó una reunión extraordinaria del consejo para mañana.
Min-ho miró a Soo-ra.
—¿Para qué?
El abogado respondió:
—Quieren destituirlo como presidente alegando problemas graves de salud.
Todo encajaba.
Los mareos.
Los documentos.
La comida.
La reunión del consejo.
Nada había sido casualidad.
Min-ho terminó la llamada y observó a su hija.
Ha-eun había visto algo que todos los adultos ignoraron.
Se arrodilló frente a ella.
—Me salvaste.
La pequeña lo abrazó.
—No quería que te pasara nada, papá.
Min-ho cerró los ojos mientras la sostenía.
Después levantó la mirada hacia Soo-ra.
—Ahora vas a decirme quién está detrás de esto.
Soo-ra comenzó a llorar todavía más.
—No puedo.
—¿Por qué?
Ella miró hacia la puerta como si temiera que alguien pudiera escucharla.
Finalmente susurró:
—Porque “K” está dentro de esta mansión.
Min-ho quedó inmóvil.
Y justo entonces…
se escucharon pasos acercándose al despacho.