Durante nueve meses, Han Seo-yeon había contado los días para conocer a su primer hijo.
Cada ecografía.
Cada movimiento.
Cada noche sin dormir.
Todo había valido la pena.
El parto fue complicado, pero cuando escuchó por primera vez el llanto del bebé, Seo-yeon comenzó a llorar de felicidad.
—¿Está bien? —preguntó agotada.
El médico asintió.
—Es un niño sano.
Seo-yeon sonrió y extendió los brazos.
—Quiero verlo.
Pero antes de entregárselo, una enfermera recibió una orden y sacó rápidamente al bebé de la habitación.
—Solo será un momento.
Seo-yeon intentó incorporarse.
—¿A dónde lo llevan?
Nadie respondió.
Minutos después comenzó a sentirse mareada.
La anestesia hizo efecto.
Y todo se volvió oscuro.
Cuando despertó, el sol ya entraba por las ventanas de la habitación privada.
Su esposo, Kang Min-jae, estaba sentado junto a la cama.
Tenía los ojos rojos.
Seo-yeon sonrió débilmente.
—¿Dónde está nuestro hijo?
Min-jae bajó la cabeza.
No respondió.
—Min-jae…
Seo-yeon intentó sentarse.
—¿Dónde está el bebé?
Él comenzó a llorar.
—Seo-yeon…
Ella sintió inmediatamente que algo estaba mal.
—¿Qué pasó?
El médico entró.
Su expresión era seria.
—Señora Han…
—¡¿DÓNDE ESTÁ MI HIJO?!
El hombre respiró profundamente.
—Hubo una complicación.
Seo-yeon quedó inmóvil.
—¿Qué complicación?
—Después del nacimiento su condición empeoró repentinamente.
—¡USTED DIJO QUE ESTABA SANO!
—Lo sé.
—Entonces tráigamelo.
Nadie respondió.
Seo-yeon comenzó a temblar.
—Tráigame a mi bebé.
El médico bajó lentamente la mirada.
—Lo sentimos.
Aquellas dos palabras destruyeron todo.
—No…
Min-jae intentó tomar su mano.
Seo-yeon la apartó.
—No.
Miró al médico.
—Quiero verlo.
—Señora…
—¡QUIERO VER A MI HIJO!
El médico dijo que ya habían trasladado el cuerpo.
Seo-yeon no entendía nada.
¿Cómo podían haberlo hecho sin preguntarle?
—¿Quién autorizó eso?
Silencio.
Seo-yeon miró a su esposo.
Min-jae evitó sus ojos.
—Tú.
Él no respondió.
—¿Tú autorizaste que se llevaran a nuestro hijo?
—Estabas inconsciente.
—¡ERA MI HIJO!
Seo-yeon comenzó a llorar.
Durante las siguientes horas recibió sedantes.
Cuando finalmente regresó a casa, la habitación infantil que había preparado durante meses permaneció cerrada.
La cuna estaba vacía.
La ropa seguía doblada.
Los juguetes jamás fueron utilizados.
Y Seo-yeon sintió que una parte de ella había muerto también.
Pasaron seis meses.
Seo-yeon no volvió a ser la misma.
Min-jae intentaba ayudarla.
—Podemos intentarlo nuevamente cuando estés preparada.
Aquella frase siempre terminaba igual.
Seo-yeon cerraba la puerta.
No quería otro hijo.
Quería al suyo.
Había algo que nunca había logrado aceptar.
Nunca vio su cuerpo.
Nunca tuvo un funeral.
Nunca sostuvo a su bebé después de que supuestamente murió.
Min-jae siempre encontraba una explicación.
—Pensé que sería menos doloroso para ti.
Pero para Seo-yeon era justamente lo contrario.
Una noche decidió revisar los documentos del hospital.
Encontró el certificado de nacimiento.
Después el certificado de defunción.
Pero había un detalle extraño.
La hora de nacimiento era 3:42 a. m.
La hora de fallecimiento aparecía como 3:31 a. m.
Seo-yeon miró el documento varias veces.
Era imposible.
Su hijo figuraba muerto once minutos antes de haber nacido.
El corazón comenzó a golpearle el pecho.
—Min-jae.
Su esposo estaba en el despacho.
—¿Qué pasa?
Seo-yeon colocó los documentos sobre la mesa.
—Explícame esto.
Min-jae miró las hojas.
Su expresión cambió apenas un segundo.
Pero Seo-yeon lo vio.
—Es un error administrativo.
—Un error.
—Sí.
—Entonces mañana iremos al hospital.
—No hace falta.
—Sí hace falta.
Min-jae cerró la carpeta.
—Seo-yeon, estás volviendo a obsesionarte.
Ella quedó inmóvil.
—¿Obsesionarme?
—Necesitas dejarlo ir.
Seo-yeon sintió rabia.
—Nuestro hijo tiene un certificado donde aparece muerto antes de nacer y tú quieres que lo deje ir.
Min-jae se levantó.
—Ya hablamos de esto.
—No.
Seo-yeon tomó los documentos.
—Tú hablaste. Yo simplemente creí todo lo que me dijiste.
A la mañana siguiente llegó sola al hospital.
Pidió hablar con el médico que había atendido el parto.
Cuando entró en su oficina, cerró la puerta.
—Quiero saber exactamente qué ocurrió con mi hijo.
El médico evitó mirarla.
—Ya se lo explicamos.
Seo-yeon colocó los certificados sobre su escritorio.
—Entonces explíqueme cómo murió once minutos antes de nacer.
El hombre palideció.
—Eso debe ser…
Seo-yeon lo agarró por la bata.
—¡¿DÓNDE ESTÁ MI BEBÉ?!
—Señora, cálmese.
—¡NO ME DIGA QUE ME CALME!
El médico intentó apartar sus manos.
—Le dijeron que murió.
Seo-yeon lo miró fijamente.
—No pregunté qué me dijeron.
Hizo una pausa.
—Pregunté dónde está.
Antes de que el médico pudiera responder, la puerta se abrió.
Una enfermera entró corriendo.
Era Yoon Mi-ra, una mujer que había trabajado en maternidad durante más de veinte años.
—¡NO MURIÓ!
El médico giró violentamente.
—¡Mi-ra, sal de aquí!
Seo-yeon soltó lentamente su bata.
—¿Qué acaba de decir?
Mi-ra estaba temblando.
—Su hijo no murió.
El médico intentó acercarse.
—No sabes lo que estás diciendo.
¡PLAF!
Seo-yeon lo abofeteó.
—¡¿DÓNDE ESTÁ?!
Mi-ra señaló hacia la puerta.
Pero no al médico.
Señaló al hombre que acababa de entrar.
Min-jae.
Seo-yeon dejó de respirar.
Su esposo sostenía unas llaves de automóvil.
Había llegado demasiado rápido.
Como si supiera exactamente dónde estaba.
Mi-ra habló:
—Pregúntele a él.
Seo-yeon giró lentamente.
—Min-jae…
Él retrocedió.
—Puedo explicarlo.
Seo-yeon sintió que el mundo desaparecía bajo sus pies.
—¿Mi hijo está vivo?
Silencio.
—¡RESPÓNDEME!
Min-jae cerró los ojos.
—Sí.
Seo-yeon dejó caer los documentos.
Durante seis meses había llorado a un hijo vivo.
—¿Dónde está?
—Seo-yeon…
—¡¿DÓNDE ESTÁ MI HIJO?!
—Está seguro.
Ella avanzó.
—¿Con quién?
Min-jae no respondió.
Mi-ra lo hizo.
—Con su madre.
Seo-yeon quedó inmóvil.
—¿Qué?
Min-jae giró furioso.
—¡Cállate!
Mi-ra negó.
—Ya mentimos demasiado.
Seo-yeon miró a ambos.
—Mi madre murió hace diez años.
La enfermera bajó lentamente la mirada.
—La mujer que usted enterró no era su madre biológica.
Seo-yeon comenzó a respirar con dificultad.
—No.
—Señora Han…
—No cambie de tema.
Golpeó la mesa.
—¡QUIERO A MI HIJO!
Min-jae finalmente habló.
—Tu hijo está con Han Mi-sook.
Seo-yeon conocía aquel nombre.
Era la presidenta honoraria del Grupo Han.
Una mujer multimillonaria a quien había visto algunas veces en eventos empresariales.
—¿Por qué tendría ella a mi hijo?
Min-jae respondió:
—Porque es tu verdadera madre.
Seo-yeon no podía procesarlo.
—Eso es imposible.
Mi-ra sacó una fotografía antigua.
Mostraba a una mujer mucho más joven sosteniendo a dos bebés.
Una era Seo-yeon.
La otra…
—¿Quién es la segunda niña?
Mi-ra miró a Min-jae.
Él cerró los ojos.
—Tu hermana gemela.
Seo-yeon se sentó.
—¿Tengo una hermana?
—Sí.
—¿Dónde está?
Nadie respondió.
Seo-yeon miró a su esposo.
—¿Qué tiene todo esto que ver con mi bebé?
Min-jae caminó lentamente hacia ella.
—Tu familia tiene un fideicomiso.
—¿Qué?
—Cuando naciste, tu abuelo dejó una parte importante del Grupo Han para sus dos nietas.
Seo-yeon comenzó a comprender que aquello no era simplemente una mentira familiar.
Había dinero detrás.
Muchísimo dinero.
—¿Cuánto?
—Casi cuarenta por ciento de las acciones del grupo.
Seo-yeon abrió los ojos.
—¿Y mi hermana?
—Desapareció cuando tenía cuatro años.
—¿Desapareció?
—Nunca encontraron su cuerpo.
Seo-yeon se levantó.
—Otra persona supuestamente muerta.
Miró a su esposo.
—¿Qué estás ocultando?
Min-jae respiró profundamente.
—Hace siete meses tu madre apareció.
—¿Mi verdadera madre?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque encontró a tu hermana.
Seo-yeon quedó helada.
—¿Está viva?
Min-jae asintió.
—Sí.
—¿Dónde?
—No lo sé.
Seo-yeon comenzó a perder la paciencia.
—¡¿ENTONCES POR QUÉ TIENEN A MI HIJO?!
Mi-ra respondió:
—Porque alguien amenazó con matar al bebé si usted descubría quién era realmente.
Seo-yeon miró a su esposo.
—¿Tú sabías esto?
Min-jae asintió lentamente.
Ella lo abofeteó.
—Durante seis meses me dejaste creer que estaba muerto.
—Era la única manera de protegerlo.
—¡NO ERA TU DECISIÓN!
—Si te decía la verdad, ibas a buscarlo.
—¡Claro que iba a buscarlo!
Min-jae levantó la voz.
—¡Y te habrían seguido!
Silencio.
Seo-yeon sintió miedo por primera vez.
—¿Quién?
Min-jae miró al médico.
El hombre había permanecido callado.
—Pregúntale.
Seo-yeon giró.
—¿Quién ordenó falsificar la muerte de mi hijo?
El médico respondió:
—No conozco su nombre.
—Mentira.
—Nunca lo vi personalmente.
—¿Entonces cómo recibió las órdenes?
—Mediante un intermediario.
—¿Quién?
El médico señaló a Min-jae.
Seo-yeon volvió a mirarlo.
Min-jae negó inmediatamente.
—Yo no ordené falsificar nada.
El médico continuó:
—Pero fue él quien firmó los documentos.
Seo-yeon sintió una nueva oleada de rabia.
—Firmaste.
—Porque me dijeron que si no lo hacía, se llevarían al bebé igualmente.
—¿Quién te lo dijo?
Min-jae guardó silencio.
—¡DILO!
Finalmente respondió:
—Mi padre.
Seo-yeon quedó inmóvil.
Kang Dae-sung.
Presidente del Grupo Kang.
Su suegro.
Seo-yeon conocía a Dae-sung como un hombre autoritario, pero jamás imaginó algo así.
—¿Tu padre robó a nuestro hijo?
—No exactamente.
—¡DEJA DE DECIR ESO!
Min-jae abrió una carpeta.
—Mi padre recibió una llamada pocas horas antes del parto.
—¿De quién?
—De tu madre.
—Mi madre se llevó al bebé por orden de tu padre.
—No.
Min-jae negó.
—Tu madre le pidió ayuda.
Seo-yeon frunció el ceño.
—¿Para proteger a mi hijo?
—Sí.
—¿De quién?
Min-jae tardó varios segundos en responder.
—De tu hermana.
Seo-yeon quedó completamente inmóvil.
—Mi hermana quiere matar a mi hijo.
—No sabemos exactamente qué quiere.
—Entonces ¿qué saben?
Mi-ra intervino.
—Su hermana cree que usted le robó la vida que debía pertenecerle.
Seo-yeon soltó una pequeña risa nerviosa.
—Yo ni siquiera sabía que existía.
—Ella sí sabía de usted.
La enfermera sacó otro documento.
Una fotografía reciente.
Mostraba a una mujer idéntica a Seo-yeon.
Mismo cabello.
Mismos ojos.
La diferencia era inquietante.
—¿Cómo se llama?
—Han Seo-ah.
Seo-yeon sostuvo la fotografía.
—¿Y por qué quiere hacerme daño?
Mi-ra respondió:
—Porque alguien le hizo creer que su familia la abandonó para quedarse con usted.
—¿Quién?
—Eso todavía no lo sabemos.
Min-jae tomó las llaves.
—Tenemos que irnos.
Seo-yeon lo miró.
—¿A dónde?
—A buscar a nuestro hijo.
Aquellas eran las palabras que había esperado durante seis meses.
El vehículo salió del hospital.
Min-jae condujo hasta las afueras de Seúl.
Después de casi una hora llegaron a una enorme propiedad rodeada de seguridad.
Seo-yeon reconoció inmediatamente a Mi-sook cuando salió.
La mujer comenzó a llorar al verla.
—Hija…
Seo-yeon no respondió al saludo.
—¿Dónde está mi bebé?
Mi-sook cerró los ojos.
—Dentro.
Seo-yeon corrió.
Abrió la puerta principal.
Entonces escuchó algo.
Un llanto.
Se quedó completamente inmóvil.
Conocía aquel sonido aunque solo lo había escuchado durante unos segundos después del parto.
Siguió la voz.
Entró en una habitación.
Una mujer joven sostenía a un bebé.
Seo-yeon comenzó a llorar.
—Mi hijo…
La desconocida giró.
Seo-yeon retrocedió.
Era ella.
O mejor dicho…
su hermana gemela.
Seo-ah.
Las dos quedaron mirándose.
Seo-yeon vio a su bebé en brazos de la mujer que todos acababan de decirle que podía querer destruirla.
—Dámelo.
Seo-ah sonrió ligeramente.
—No.
Min-jae entró.
—Seo-ah.
Ella lo miró.
—Tú tampoco te acerques.
Seo-yeon comenzó a temblar.
—¿Qué quieres de nosotros?
Su hermana acarició suavemente la cabeza del bebé.
—La verdad.
—¿Qué verdad?
—Pregúntale a tu madre por qué me abandonó.
Mi-sook apareció detrás.
—Yo nunca te abandoné.
Seo-ah soltó una risa llena de dolor.
—Durante veintisiete años creí que estaba muerta para ustedes.
—¡Eso fue lo que me hicieron creer!
Seo-ah negó.
—Siempre tienes una explicación.
Seo-yeon avanzó lentamente.
—No sé qué ocurrió entre ustedes.
Miró al bebé.
—Pero él no tiene nada que ver.
Seo-ah bajó la mirada.
—Precisamente por eso está vivo.
Todos quedaron inmóviles.
Seo-yeon frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Seo-ah levantó la mirada.
—Yo fui quien descubrió que querían llevárselo.
Min-jae dio un paso.
—¿Quién?
—Tu padre.
Min-jae quedó helado.
—Mi padre ayudó a esconderlo.
—Eso es lo que te hizo creer.
Seo-ah sacó su teléfono.
Reprodujo una grabación.
La voz de Kang Dae-sung llenó la habitación:
—Una vez firmado el certificado de defunción, el niño desaparecerá legalmente. Después podremos controlar su parte del fideicomiso.
Seo-yeon sintió que las piernas le fallaban.
—¿La parte de quién?
Seo-ah miró al bebé.
—De tu hijo.
Mi-sook cerró los ojos.
Seo-yeon giró.
—¿Qué no me están diciendo?
Su madre comenzó a llorar.
—El fideicomiso no termina contigo y Seo-ah.
—¿Entonces?
—Tus acciones pasan a tus hijos.
Seo-yeon comprendió.
—Mi bebé heredó parte del Grupo Han desde que nació.
Mi-sook asintió.
—Sí.
Seo-ah continuó:
—Y mientras todos crean legalmente que murió…
—Alguien puede controlar esas acciones.
—Exactamente.
Min-jae palideció.
—Mi padre.
Seo-ah negó.
—Tu padre tampoco trabaja solo.
—¿Quién está con él?
Seo-ah miró directamente a Min-jae.
—La misma persona que falsificó la desaparición de nuestro padre hace veintisiete años.
Seo-yeon quedó confundida.
—Nuestro padre está muerto.
Seo-ah sonrió tristemente.
—Otra mentira.
Mi-sook dejó caer las llaves que sostenía.
Seo-yeon miró a su madre.
—¿Papá está vivo?
Nadie respondió.
Seo-ah caminó hasta una ventana.
—No solamente está vivo.
Hizo una pausa.
—Él fue quien me encontró.
Seo-yeon sintió un escalofrío.
—¿Dónde está?
Seo-ah señaló hacia el exterior.
Un automóvil negro acababa de entrar en la propiedad.
Mi-sook palideció.
—No…
Seo-yeon miró por la ventana.
Un hombre mayor bajó del vehículo.
Nunca lo había visto en persona.
Pero reconoció inmediatamente su rostro.
Había una fotografía suya escondida desde hacía años dentro de una caja que su madre adoptiva le había dejado antes de morir.
El hombre levantó lentamente la mirada hacia la ventana.
Seo-yeon dejó de respirar.
—Papá…
Seo-ah apretó al bebé contra su pecho.
—Ahora vas a descubrir por qué todos necesitaban que tu hijo desapareciera.
Y entonces Min-jae recibió un mensaje.
Era de su padre.
Solo decía:
“NO DEJES QUE HAN TAE-HO ENTRE EN ESA CASA.”
Min-jae levantó rápidamente la mirada.
—Seo-yeon…
Ella lo miró.
—¿Qué?
Min-jae mostró el mensaje.
Mi-sook comenzó a temblar.
Seo-ah dejó de sonreír.
Y Seo-yeon comprendió que recuperar a su hijo no era el final de aquella pesadilla.
Era apenas el momento en que todos los secretos de dos familias estaban a punto de enfrentarse en la misma habitación.