—Pero usted tampoco manda sobre mi esposa.
El comedor quedó completamente en silencio.
La señora Kang miró a su hijo.
—¿Qué acabas de decirme?
Min-jun seguía sujetando la mano de Seo-yeon.
—Lo escuchó perfectamente.
Su hermana, Soo-jin, dejó los cubiertos.
—Hermano, no le hables así a mamá.
Min-jun giró hacia ella.
—Entonces dile que tampoco trate así a mi esposa.
La madre golpeó la mesa.
—¡Esta es mi casa!
Seo-yeon bajó la mirada.
—Min-jun, déjalo.
—No.
Él señaló el plato roto.
—Llevas tres años callándote.
Miró a su madre.
—Hoy se acabó.
La señora Kang soltó una carcajada.
—¿Tres años?
Señaló a Seo-yeon.
—Durante tres años esa mujer ha vivido gracias a nuestra familia.
Seo-yeon levantó lentamente la cabeza.
—¿Gracias a ustedes?
—Esta casa.
Señaló alrededor.
—Los viajes. Los coches. Las cenas. Todo esto existe gracias a nosotros.
Seo-yeon sonrió.
—Qué interesante.
La suegra frunció el ceño.
—¿Qué te causa gracia?
Seo-yeon miró a su esposo.
—Creo que ya es momento de decírselo.
Min-jun quedó confundido.
—¿Decir qué?
Seo-yeon tomó su bolso.
Sacó un sobre.
Lo puso sobre la mesa.
La señora Kang lo miró.
—¿Qué es eso?
—La razón por la que su banco todavía no ha venido a quitarle esta casa.
Silencio.
Soo-jin soltó una carcajada.
—¿De qué estás hablando?
Seo-yeon abrió el sobre.
Sacó varios documentos.
—Esta mansión está hipotecada.
Min-jun quedó inmóvil.
—¿Qué?
Miró a su madre.
—¿Es verdad?
—No tienes por qué escucharla.
Seo-yeon continuó:
—La deuda supera los cuatro millones.
La hermana se levantó.
—¡MENTIROSA!
Seo-yeon deslizó el documento hacia ella.
—Léelo.
Soo-jin lo tomó.
Su sonrisa desapareció.
—Mamá…
La señora Kang se levantó.
—Dame eso.
Le arrebató los papeles.
Min-jun estaba pálido.
—¿Por qué nunca me dijiste que hipotecaste la casa?
—Porque era temporal.
—¿Para qué necesitabas tanto dinero?
Silencio.
Seo-yeon respondió:
—Para salvar la empresa.
La suegra giró violentamente.
—¡CÁLLATE!
Demasiado tarde.
Min-jun miró a Seo-yeon.
—¿Qué sabes de la empresa?
—Más de lo que crees.
Soo-jin señaló a la nuera.
—¡Ella no sabe nada de negocios!
Seo-yeon la miró.
—Entonces pregúntale a tu madre quién pagó los salarios de los últimos cinco meses.
La señora Kang palideció.
Min-jun frunció el ceño.
—¿Qué?
—La empresa dejó de tener liquidez hace casi medio año.
Miró a su suegra.
—¿Verdad?
La mujer no respondió.
—¿Quién puso el dinero? —preguntó Min-jun.
Silencio.
Seo-yeon levantó la mano.
—Yo.
Nadie habló.
Soo-jin comenzó a reír.
—¿Tú?
—Sí.
—¡Ni siquiera tienes trabajo!
Seo-yeon sonrió.
—Eso es lo que tu madre quería que pensaras.
La suegra golpeó la mesa.
—¡SUFICIENTE!
Min-jun se giró.
—No.
Su voz cambió.
—Ahora quiero escucharlo todo.
Seo-yeon sacó su teléfono.
Abrió una transferencia.
Min-jun miró la cifra.
—¿Un millón doscientos mil?
—Primera transferencia.
Pasó a otra.
—Ochocientos mil.
Otra.
—Quinientos mil.
Soo-jin dejó de sonreír.
—¿De dónde sacaste ese dinero?
Seo-yeon respondió:
—De mi empresa.
Silencio.
—¿Tu empresa? —preguntó Min-jun.
Seo-yeon asintió.
—Nunca dejé de trabajar.
—Pero mamá dijo que…
Seo-yeon terminó:
—Que después de casarnos había abandonado mi carrera.
Miró a su suegra.
—Ella lo sabía.
Min-jun giró lentamente.
—¿Sabías que Seo-yeon tenía una empresa?
Su madre cerró los ojos.
—Sí.
—¿Y por qué me mentiste?
—Porque esa mujer no debía entrar en nuestros negocios.
Seo-yeon respondió:
—Hasta que necesitó mi dinero.
La suegra quedó callada.
Min-jun miró a su esposa.
—¿Por qué nunca me dijiste que estabas pagando las deudas?
Seo-yeon bajó la mirada.
—Porque tu madre me pidió que no lo hiciera.
—¿Por qué aceptarías algo así?
Seo-yeon miró a la mujer.
—Porque me dijo que si tú descubrías la situación real de la empresa…
Hizo una pausa.
—tu padre podía terminar en prisión.
Todos quedaron inmóviles.
Min-jun se levantó.
—¿Qué tiene que ver papá?
La señora Kang perdió la arrogancia.
—Nada.
Seo-yeon negó.
—Mucho.
Sacó otra carpeta.
La suegra intentó quitársela.
—¡NO!
Min-jun se interpuso.
—Mamá.
—Dame esa carpeta.
—¿Qué contiene?
Seo-yeon la abrió.
—Transferencias realizadas antes de que su padre muriera.
Min-jun tomó los documentos.
—Estas cantidades…
Pasó varias páginas.
—Son millones.
—Sí.
—¿Adónde fueron?
Seo-yeon señaló una empresa.
Haneul Investments.
Soo-jin dejó caer su copa.
Todos la miraron.
Min-jun lo notó.
—¿Por qué reaccionaste así?
—No fue nada.
—Conoces esa empresa.
—No.
Seo-yeon intervino.
—Sí la conoce.
Soo-jin palideció.
—Cállate.
—Haneul Investments está registrada a nombre de tu esposo.
Silencio absoluto.
Min-jun miró a su hermana.
—¿Tu marido?
Soo-jin comenzó a temblar.
—Puedo explicarlo.
Seo-yeon negó.
—Todavía falta lo mejor.
La suegra gritó:
—¡NO DIGAS NADA MÁS!
Seo-yeon la miró.
—Hace diez minutos me golpeó porque según usted su hija debía comer antes que yo.
Se acercó lentamente.
—Ahora veremos por qué siempre la protegió tanto.
Min-jun frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
Seo-yeon puso otra hoja sobre la mesa.
Era una transferencia.
Tres millones de dólares.
Firmada por el padre de Min-jun.
Y enviada a la empresa del esposo de Soo-jin.
—¿Papá les dio tres millones?
Seo-yeon negó.
—No.
—¿Entonces?
—La firma fue falsificada.
Soo-jin comenzó a retroceder.
—Eso es mentira.
Seo-yeon sacó un informe.
—Un perito ya la revisó.
Min-jun miró a su hermana.
—¿Fuiste tú?
—¡NO!
—¿Tu esposo?
—¡NO SÉ!
Entonces la señora Kang habló.
—Fui yo.
Silencio.
Soo-jin miró a su madre.
—¿Qué?
La señora Kang comenzó a llorar.
—Yo falsifiqué la firma.
Min-jun quedó paralizado.
—¿Le robaste tres millones a papá?
—Lo hice por tu hermana.
Soo-jin retrocedió.
—Yo nunca te pedí eso.
—Tu marido debía dinero.
—¿Qué dinero?
La madre bajó la mirada.
—Mucho.
Seo-yeon frunció el ceño.
Algo no encajaba.
—¿Cuánto?
La señora Kang no respondió.
—¿Cuánto debía?
—Diez millones.
Soo-jin casi se desplomó.
—¿DIEZ MILLONES?
—Intenté protegerte.
Soo-jin comenzó a llorar.
—¿Protegerme de qué?
La madre guardó silencio.
Entonces sonó el timbre.
Nadie se movió.
Una empleada abrió la puerta.
Entró un hombre trajeado.
Soo-jin lo reconoció.
—Señor Park…
Él llevaba un maletín.
—Disculpen la interrupción.
Miró a Seo-yeon.
—Traje lo que solicitó.
La señora Kang palideció.
—¿Qué solicitaste?
El hombre abrió el maletín.
Sacó un expediente.
—Los movimientos completos de Haneul Investments.
Soo-jin se acercó.
—Quiero verlos.
Su madre la detuvo.
—No.
Soo-jin la miró.
—¿Por qué?
—Porque no necesitas saberlo.
—¡ES MI MARIDO!
Le arrebató los documentos.
Comenzó a leer.
Primera página.
Segunda.
Tercera.
Su rostro cambió.
—No…
Min-jun se acercó.
—¿Qué encontraste?
Soo-jin levantó una fotografía.
Su esposo aparecía entrando a un hotel.
Junto a una mujer.
Pero no era una desconocida.
Soo-jin miró a su madre.
—¿Tú?
El comedor quedó congelado.
Min-jun tomó la fotografía.
Su madre aparecía reuniéndose en secreto con el esposo de Soo-jin.
—Mamá…
La señora Kang comenzó a llorar.
—No es lo que creen.
Seo-yeon abrió otro documento.
—Entonces explíquelo.
La suegra cerró los ojos.
—Él me estaba chantajeando.
—¿Con qué?
Silencio.
—¡CONTESTA! —gritó Soo-jin.
La mujer miró a sus dos hijos.
—Con la verdad sobre su padre.
Min-jun dejó de respirar.
—¿Qué verdad?
—Su padre descubrió que alguien llevaba años robando dinero de la empresa.
Seo-yeon preguntó:
—¿Quién?
La señora Kang miró los documentos.
—Yo pensaba que era mi yerno.
—¿Y no era él?
La mujer negó.
—Él solamente descubrió quién era.
Soo-jin se acercó.
—¿Quién estaba robando?
Su madre comenzó a temblar.
—Su padre.
Silencio absoluto.
Min-jun negó.
—Papá murió diciendo que la empresa estaba bien.
—Porque nadie debía descubrir lo que había hecho.
Seo-yeon frunció el ceño.
—Entonces ¿por qué su yerno la chantajeaba?
La señora Kang levantó la mirada.
—Porque encontró una cuenta secreta.
—¿Qué había dentro?
—Casi veinte millones.
Todos quedaron paralizados.
Seo-yeon preguntó:
—¿Dónde está ese dinero?
La suegra miró directamente a ella.
—A tu nombre.
Ahora fue Seo-yeon quien quedó inmóvil.
—¿Qué?
Min-jun miró a su esposa.
—¿Por qué papá tendría veinte millones a nombre de Seo-yeon?
La señora Kang comenzó a llorar.
—Porque ese dinero nunca perteneció a nuestra familia.
Seo-yeon sintió un escalofrío.
—Entonces ¿a quién pertenecía?
La mujer respondió:
—A tu padre.
Seo-yeon retrocedió.
—Mi padre murió cuando yo era niña.
La señora Kang negó.
—Antes de morir fue socio de mi esposo.
Min-jun quedó confundido.
—Papá nunca tuvo socios.
Seo-yeon miró a su suegra.
—¿Qué hicieron?
La mujer cerró los ojos.
—Tu padre puso el dinero que salvó nuestra empresa.
—¿Y después?
—Mi esposo nunca se lo devolvió.
Silencio.
Seo-yeon comprendió.
—Los veinte millones…
—Son lo que quedaba de su participación.
Min-jun miró alrededor de la mansión.
La mesa enorme.
Las obras de arte.
El lujo.
Después miró a Seo-yeon.
—Entonces todo esto…
La señora Kang bajó la cabeza.
—En parte existe gracias a su familia.
Seo-yeon miró el plato roto que todavía permanecía en el suelo.
Minutos antes aquella mujer le había dicho que recogiera la comida porque “su hija comía primero”.
Ahora la misma mujer ni siquiera podía mirarla a los ojos.
Pero Seo-yeon no sonrió.
Se acercó.
—Hay algo que todavía no entiendo.
La suegra levantó la mirada.
—¿Qué?
—Si sabía quién era mi padre…
Hizo una pausa.
—¿por qué permitió que me casara con su hijo?
La señora Kang palideció.
—Porque cuando te conocí…
Miró a Min-jun.
—no sabía quién eras.
—¿Y cuándo lo descubrió?
—Hace seis meses.
Seo-yeon quedó inmóvil.
—¿Qué ocurrió hace seis meses?
La mujer respondió:
—Recibí una carta.
—¿De quién?
Silencio.
La suegra comenzó a llorar.
—De tu padre.
Seo-yeon dejó de respirar.
—Eso es imposible.
—Lo sé.
—Mi padre lleva veinte años muerto.
La señora Kang caminó hacia un mueble.
Sacó un sobre escondido.
Se lo entregó.
Seo-yeon reconoció inmediatamente la letra.
Sus manos comenzaron a temblar.
Abrió la carta.
Solo había una frase:
“Devuélvanle a mi hija lo que le pertenece antes de que yo mismo regrese a buscarlo.”
Abajo aparecía una fecha.
Seis meses atrás.
Seo-yeon levantó lentamente la mirada.
—Mi padre…
Min-jun terminó la pregunta:
—¿Está vivo?
La señora Kang no respondió.
Y aquel silencio fue suficiente.
Seo-yeon miró nuevamente el plato roto.
Había llegado a aquella cena creyendo que el mayor problema era una suegra que jamás la había aceptado.
Ahora sabía que aquella familia había vivido durante años con dinero relacionado con su propio padre.
Y si aquella carta era auténtica…
el hombre al que llevaba veinte años creyendo muerto acababa de anunciar que regresaría por todo.