¡No firme la adopción!

Después de siete años intentando convertirse en padres, Kang Ji-hoon y Han Soo-yeon estaban a una sola firma de conseguirlo.

Frente a ellos estaba Na-ri, una niña de siete años que llevaba casi dos años viviendo en un hogar infantil de Seúl.

Soo-yeon había conocido a Na-ri seis meses atrás.

Desde aquel primer encuentro sintió algo especial.

La pequeña hablaba poco, evitaba mirar directamente a los adultos y siempre llevaba consigo un pequeño conejo de tela.

Pero con Soo-yeon era diferente.

Después de meses de visitas, comenzó a llamarla mamá.

Aquella mañana, finalmente, había llegado el día de la adopción.

El funcionario colocó los documentos sobre la mesa.

—Solo faltan sus firmas.

Soo-yeon miró a su esposo.

Ji-hoon sonrió.

—Hazlo.

Ella tomó el bolígrafo.

Na-ri observaba desde una silla.

—Después de esto, ¿iremos a casa?

Soo-yeon sonrió.

—A nuestra casa.

La niña abrazó su conejo.

Soo-yeon acercó el bolígrafo al documento.

Entonces…

¡PUM!

Las puertas se abrieron violentamente.

Una mujer entró corriendo.

—¡NO FIRMEN!

Todos giraron.

La mujer parecía desesperada.

Tenía lágrimas en los ojos y respiraba con dificultad.

Señaló directamente a Na-ri.

—¡ESA NIÑA ES MI HIJA!

Soo-yeon soltó el bolígrafo.

Ji-hoon se levantó inmediatamente.

—¿Quién es usted?

El funcionario también se puso de pie.

—Señora, tiene que salir.

—¡No me iré sin mi hija!

Na-ri permaneció completamente inmóvil.

El funcionario abrió el expediente.

—Eso es imposible.

—¡¿Por qué?!

—Según nuestros registros, la madre biológica de Na-ri murió hace cinco años.

La desconocida sacó su identificación y la arrojó sobre la mesa.

—¡Pues míreme!

El funcionario tomó el documento.

Yoon Ha-eun.

Fecha de nacimiento.

Número de identificación.

Fotografía.

Todo parecía auténtico.

—Esto no demuestra que sea su madre.

—Entonces hagan una prueba de ADN.

Soo-yeon miró a Na-ri.

La niña estaba observando fijamente a aquella mujer.

—Na-ri…

La pequeña no respondió.

Ha-eun dio lentamente un paso hacia ella.

—Mi pequeña estrella…

Na-ri abrió los ojos.

Soo-yeon sintió algo extraño.

—¿Qué ocurre?

La niña dejó caer su conejo.

—Yo conozco esa voz…

Ha-eun comenzó a llorar.

—Porque te cantaba cada noche.

Na-ri corrió hacia ella.

—¡MAMÁ!

Soo-yeon sintió que el mundo se detenía.

La niña que estaba a segundos de convertirse legalmente en su hija abrazaba a una mujer que oficialmente llevaba cinco años muerta.


La firma fue suspendida inmediatamente.

Ha-eun abrazaba a Na-ri como si temiera perderla otra vez.

—Pensé que nunca volvería a encontrarte.

—¿Dónde estabas, mamá?

La pregunta destrozó a la mujer.

—Muy lejos.

—¿Por qué no viniste?

Ha-eun cerró los ojos.

No respondió.

Soo-yeon permanecía sentada.

Ji-hoon tomó su mano.

—¿Estás bien?

Ella negó.

—No sé.

Durante seis meses había imaginado aquel día.

Había preparado una habitación.

Había comprado ropa.

Incluso había elegido la escuela a la que asistiría Na-ri.

Pero si aquella mujer realmente era su madre…

Soo-yeon sabía que no podía ignorarlo.

El funcionario llamó al director del centro.

Minutos después comenzaron a revisar archivos.

—Tenemos un problema —dijo finalmente.

Ji-hoon preguntó:

—¿Qué problema?

El funcionario giró la computadora.

—Según el expediente original, la madre de Na-ri se llamaba Yoon Ha-eun.

Todos miraron a la mujer.

—Entonces está diciendo la verdad —dijo Soo-yeon.

—No necesariamente.

—¿Por qué?

El funcionario abrió otro documento.

—Porque tenemos un certificado oficial de defunción.

Ha-eun se acercó.

—¡Yo nunca morí!

—Este documento fue emitido hace cinco años.

—¡Entonces alguien lo falsificó!

El funcionario negó.

—Tiene sello hospitalario, número de registro y firma médica.

Ha-eun leyó el nombre del médico.

Su expresión cambió.

Soo-yeon lo notó.

—¿Lo conoce?

Ha-eun guardó silencio.

—Señora Ha-eun.

—Sí.

—¿Quién es?

Ella respondió:

—Mi esposo.

Todos quedaron inmóviles.

Na-ri levantó la mirada.

—¿Papá?

Ha-eun abrazó a su hija.

—Sí.

Ji-hoon preguntó:

—¿Su propio esposo certificó que usted había muerto?

Ha-eun asintió.

—Y ahora entiendo por qué.


La policía fue llamada.

Mientras esperaban, Ha-eun comenzó a contar su historia.

Cinco años atrás trabajaba como contadora para una compañía farmacéutica.

Su esposo, Yoon Tae-min, era médico.

Tenían una vida aparentemente normal.

Hasta que Ha-eun encontró algo.

—Estaba revisando movimientos bancarios relacionados con la empresa donde trabajaba.

Ji-hoon preguntó:

—¿Qué encontró?

—Pagos secretos.

—¿A quién?

—A varios médicos.

Soo-yeon frunció el ceño.

—¿Para qué?

—Manipulaban informes de ensayos clínicos.

La habitación quedó en silencio.

—Mi esposo estaba entre ellos.

Na-ri no comprendía completamente la conversación.

Ha-eun acarició su cabello.

—Lo enfrenté.

—¿Qué hizo?

—Me dijo que estaba equivocada.

Pero aquella misma noche alguien entró a su casa.

Ha-eun despertó horas después dentro de un automóvil.

—¿La secuestraron?

—Sí.

—¿Quién?

—Nunca vi su rostro.

—¿Cómo escapó?

Ha-eun tardó en responder.

—No escapé.

Todos la miraron.

—Me dejaron ir.

Soo-yeon frunció el ceño.

—Eso no tiene sentido.

—Me llevaron a otra ciudad. Me quitaron mis documentos, mi teléfono y todo mi dinero.

Ha-eun apretó los puños.

—Después me dijeron que si regresaba por Na-ri, la matarían.

La niña abrazó a su madre con más fuerza.

—Durante años intenté encontrar una manera segura de volver.

Ji-hoon preguntó:

—¿Por qué tardó cinco años?

—Porque cada vez que intentaba acercarme alguien sabía dónde estaba.

—¿Cree que su esposo la vigilaba?

—Sí.

—¿Y qué cambió ahora?

Ha-eun miró a Na-ri.

—Hace tres semanas recibí una carta.

Sacó un sobre.

Soo-yeon lo tomó.

Dentro había una fotografía reciente de Na-ri.

Y una frase:

“SI QUIERES RECUPERARLA, REGRESA ANTES DE QUE SEA ADOPTADA.”

Ji-hoon quedó serio.

—¿Quién envió esto?

—No lo sé.

Soo-yeon observó el sobre.

Entonces vio algo.

—Ji-hoon…

—¿Qué?

—Mira la dirección.

Él tomó la carta.

El remitente no aparecía.

Pero la dirección del destinatario era exacta.

Ha-eun explicó:

—Vivía allí usando otro nombre. Nadie conocía esa dirección.

Ji-hoon comprendió.

—Entonces quien envió la carta llevaba años siguiéndola.

Ha-eun asintió.

—Eso mismo pensé.


La prueba de ADN fue ordenada.

El resultado urgente llegó varias horas después.

99.98 % de compatibilidad.

Yoon Ha-eun era la madre biológica de Na-ri.

Soo-yeon salió al pasillo.

Comenzó a llorar.

Ji-hoon la abrazó.

—Podemos irnos.

—No.

—Soo-yeon…

—No podemos marcharnos sin saber qué ocurrió.

Miró hacia la habitación.

—Na-ri merece conocer la verdad.

Entonces apareció un detective.

—Necesito hablar con ustedes.

Todos regresaron.

El detective dejó una fotografía sobre la mesa.

Era Yoon Tae-min.

—¿Este es su esposo?

Ha-eun asintió.

—Sí.

—Tenemos otro problema.

—¿Cuál?

—Yoon Tae-min también está oficialmente muerto.

Ha-eun quedó helada.

—¿Qué?

—Murió hace tres años.

—¡Eso es imposible!

—¿Por qué?

Ha-eun sacó su teléfono.

—Porque lo vi hace cuatro días.

Silencio.

—¿Dónde?

—Frente al hogar infantil.

El detective se acercó.

—¿Está segura?

—Completamente.

—¿Él la vio?

—Creo que sí.

—¿Qué hizo?

—Subió a un automóvil y se marchó.

El detective pidió revisar las cámaras.

Encontraron el vehículo.

La matrícula pertenecía a una empresa.

Ji-hoon reconoció inmediatamente el nombre.

Su rostro cambió.

—No puede ser.

Soo-yeon preguntó:

—¿Qué pasa?

Ji-hoon señaló la pantalla.

—Esa empresa pertenece al Grupo Kang.

Su propia familia.


Ahora Ji-hoon también estaba involucrado.

Llamó inmediatamente a su padre, Kang Dae-sung, presidente del conglomerado.

—Papá, necesito preguntarte algo.

—Estoy ocupado.

—¿Conoces a Yoon Tae-min?

Silencio.

—¿Quién?

Ji-hoon entendió inmediatamente.

Su padre conocía el nombre.

—No vuelvas a mentirme.

Dae-sung cambió el tono.

—¿Dónde estás?

—En el centro de adopciones.

Silencio.

—¿Con la niña?

Ji-hoon miró a Na-ri.

—¿Cómo sabes de quién estoy hablando?

Dae-sung colgó.

Soo-yeon palideció.

—Tu padre sabía de Na-ri.

Ha-eun se levantó.

—Quiero hablar con él.

—Primero debemos entender qué está ocurriendo.

Entonces el funcionario del centro entró apresuradamente.

—Encontramos algo en el expediente.

Traía una carpeta antigua.

—Na-ri no llegó aquí directamente después de la supuesta muerte de su madre.

—¿Entonces?

—Durante tres años estuvo bajo tutela privada.

Ha-eun preguntó:

—¿De quién?

El funcionario abrió el documento.

Todos quedaron congelados.

KANG DAE-SUNG.

El padre de Ji-hoon.

Soo-yeon miró a su esposo.

—Tu padre tuvo a Na-ri durante tres años.

Ji-hoon apenas pudo hablar.

—Nunca me dijo nada.

Ha-eun comenzó a temblar.

—¿Por qué el presidente Kang tenía a mi hija?

Nadie pudo responder.

Hasta que Na-ri habló.

—Yo conozco ese nombre.

Todos giraron.

—¿Qué?

Na-ri señaló la fotografía de Dae-sung en el teléfono.

—Él es el abuelo.

Ji-hoon se arrodilló frente a ella.

—Na-ri, ¿qué acabas de decir?

—Cuando era pequeña vivía en una casa grande.

—¿Con ese hombre?

La niña asintió.

—Me decía que debía llamarlo abuelo.

Soo-yeon sintió un escalofrío.

—¿Por qué?

Na-ri se encogió de hombros.

—Decía que algún día viviría con su hijo.

Todos miraron a Ji-hoon.

Soo-yeon retrocedió.

—No…

Ji-hoon negó.

—Eso no significa nada.

Pero entonces el funcionario encontró otro documento.

—Hay una nota confidencial.

—¿Qué dice?

Leyó:

“Adopción futura recomendada exclusivamente por Kang Ji-hoon y su esposa.”

Soo-yeon dejó caer su bolso.

—Esto estaba preparado.

Ji-hoon la miró.

—¿Qué?

—Nosotros no encontramos a Na-ri por casualidad.

Ha-eun comprendió también.

—Alguien quería que ustedes la adoptaran.


Ji-hoon llamó nuevamente a su padre.

Esta vez Dae-sung respondió.

—Ven a casa —ordenó Ji-hoon.

—No.

—Entonces iré yo.

Silencio.

—No sabes en qué te estás metiendo.

—¡Tú pusiste a esa niña en nuestro camino!

Dae-sung respiró profundamente.

—Porque era la única manera de protegerla.

Ha-eun tomó el teléfono.

—¡PROTEGERLA DE QUIÉN!

Dae-sung reconoció su voz.

—Ha-eun…

La mujer quedó inmóvil.

—Sabías que estaba viva.

—Sí.

—¿Dónde está mi esposo?

Silencio.

—¡¿DÓNDE ESTÁ TAE-MIN?!

Finalmente Dae-sung respondió:

—Intentando encontrar a su hija.

Ha-eun cerró los ojos.

—¿Por qué?

—Porque Na-ri tiene algo que él necesita.

Todos miraron a la niña.

—¿Qué podría tener una niña de siete años?

Dae-sung respondió:

—Algo que tú escondiste antes de desaparecer.

Ha-eun quedó confundida.

—Yo no escondí nada.

—Sí lo hiciste.

—¿Qué?

—Las pruebas contra la farmacéutica.

Ha-eun negó.

—Las perdí aquella noche.

Dae-sung respondió:

—No.

Hizo una pausa.

—Las escondiste dentro del conejo de Na-ri.

Todos miraron el juguete.

La niña lo abrazó.

—¿Mi conejo?

Ha-eun quedó paralizada.

Entonces recordó.

Cinco años atrás, antes de enfrentar a Tae-min, había escondido una pequeña memoria USB.

Pero después del secuestro creyó que se había perdido.

Soo-yeon tomó cuidadosamente el conejo.

Encontró una costura diferente en la espalda.

Ji-hoon la abrió.

Dentro había una pequeña memoria.

Ha-eun comenzó a llorar.

—Todo este tiempo…

El detective tomó la memoria.

—Esto podría explicarlo todo.

Pero antes de conectarla, las luces del edificio se apagaron.

Na-ri gritó.

—¡Mamá!

Ha-eun la abrazó.

Se escuchó un golpe en el pasillo.

Después otro.

Cuando las luces de emergencia se encendieron…

La puerta estaba abierta.

Y el detective había desaparecido.

También la memoria.

—¡NO! —gritó Ha-eun.

Ji-hoon corrió al pasillo.

Vacío.

Entonces Na-ri habló:

—Mamá…

—¿Qué ocurre?

La niña señaló hacia una ventana.

Un hombre estaba al otro lado del estacionamiento.

Ha-eun reconoció inmediatamente su rostro.

—Tae-min.

Su esposo.

El hombre oficialmente muerto.

Tae-min levantó lentamente un teléfono.

El de Ha-eun comenzó a sonar.

Ella respondió.

—Devuélveme lo que robaste.

—¡Devuélveme a mi hija!

Tae-min sonrió desde la distancia.

—Na-ri nunca fue solamente tu hija.

Ha-eun quedó confundida.

—¿Qué significa eso?

Tae-min miró directamente hacia Ji-hoon.

—Pregúntale al presidente Kang por qué eligió precisamente a su hijo para adoptarla.

La llamada terminó.

Ji-hoon quedó inmóvil.

Soo-yeon lo miró.

—¿Qué quiso decir?

Nadie respondió.

Entonces Na-ri tomó la mano de Ji-hoon.

—Yo sé por qué.

Todos giraron hacia ella.

—¿Por qué, cariño?

La niña miró a Ji-hoon.

—Porque el abuelo siempre decía que algún día vendrías a buscarme.

Ji-hoon sintió un escalofrío.

—¿Dijo algo más?

Na-ri asintió.

—Sí.

—¿Qué?

La niña respondió con total inocencia:

—Que cuando creciera entendería por qué tú y yo tenemos la misma sangre.

El silencio fue absoluto.

Soo-yeon soltó lentamente la mano de su esposo.

Ha-eun palideció.

Ji-hoon miró a la niña que había estado a segundos de adoptar.

Aquella mañana había entrado en esa oficina convencido de que Na-ri era una niña desconocida que pronto se convertiría en su hija.

Ahora existía una posibilidad mucho más inquietante:

quizás Na-ri ya pertenecía a su familia desde el día en que nació.

By yhq9q

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *