—Ahora sí hablaremos de tu puesto.
La ejecutiva, Ji-eun, dejó de sonreír.
—¿Usted… es la presidenta?
La mujer dejó el uniforme de limpieza sobre una silla.
—Han Seo-jin. Propietaria del 62 % de esta compañía.
El director bajó la cabeza.
—Presidenta Han, la junta está reunida.
Ji-eun retrocedió.
—¡Esto debe ser una broma!
Seo-jin señaló los papeles que ella había tirado.
—Recógelos.
—¿Qué?
—Hace un minuto dijiste que para eso pagaban.
Silencio.
—Ahora recógelos tú.
Ji-eun apretó los dientes.
—¡Soy vicepresidenta de operaciones!
—Por ahora.
—¡No puede despedirme por una discusión!
Seo-jin sonrió.
—No vine a despedirte por eso.
Ji-eun se quedó inmóvil.
—¿Entonces por qué?
Seo-jin recogió uno de los documentos.
—Llevo tres semanas entrando a este edificio vestida como personal de limpieza.
El director quedó sorprendido.
—¿Tres semanas?
—Sí.
Ji-eun palideció.
—¿Por qué haría algo así?
—Porque alguien estaba robando dinero de mi empresa.
Silencio absoluto.
Ji-eun soltó una risa nerviosa.
—Entonces debería hablar con Finanzas.
—Ya lo hice.
Seo-jin sacó su teléfono.
—Faltan ocho millones.
Ji-eun dejó de sonreír.
—Eso no tiene nada que ver conmigo.
—Curioso.
—¿Qué?
—Todavía no dije de qué cuenta desaparecieron.
Ji-eun se congeló.
El director la miró.
—¿Cómo sabía que era una cuenta?
—¡Era obvio!
Seo-jin negó.
—Ese fue tu primer error.
Ji-eun tomó su bolso.
—No pienso quedarme para este interrogatorio.
Seo-jin señaló las puertas.
Dos miembros de seguridad aparecieron.
—Nadie te está reteniendo.
Ji-eun respiró aliviada.
—Perfecto.
—Pero si sales ahora, la junta verá las grabaciones sin escuchar tu explicación.
La ejecutiva se detuvo.
—¿Qué grabaciones?
Seo-jin sonrió.
—Segundo error.
Silencio.
—Tampoco había mencionado cámaras.
Ji-eun palideció.
El director abrió la puerta de la sala de juntas.
—Presidenta, todos están esperando.
Seo-jin entró.
Ji-eun permaneció quieta.
—Tú también vienes.
Dentro, doce ejecutivos se pusieron de pie.
—¡Presidenta Han!
Ji-eun miró alrededor.
Seo-jin ocupó la silla principal.
—Siéntense.
Después señaló la pantalla.
—Reproduzcan el video.
Apareció Ji-eun entrando de madrugada al departamento financiero.
La ejecutiva golpeó la mesa.
—¡Tengo autorización!
Seo-jin respondió:
—Continúen.
En la grabación, Ji-eun abrió una caja fuerte.
Sacó varios documentos.
Uno de los miembros de la junta preguntó:
—¿Qué documentos eran?
Seo-jin colocó una carpeta sobre la mesa.
—Contratos falsificados.
Ji-eun se levantó.
—¡Yo no falsifiqué nada!
Seo-jin abrió la carpeta.
—Estas empresas recibieron ocho millones durante los últimos dos años.
El director leyó los nombres.
—Todas parecen compañías externas.
—No lo son.
—¿Entonces?
Seo-jin señaló a Ji-eun.
—Tres están registradas a nombre de familiares suyos.
La sala quedó en silencio.
—¡Eso es mentira!
El director mostró una página.
—Aquí aparece su hermano.
Otra.
—Aquí su tío.
Otra.
Su expresión cambió.
—Y aquí…
Seo-jin lo observó.
—Léalo.
—Kang Holdings.
Ji-eun perdió completamente el color.
Seo-jin se inclinó hacia ella.
—Ahora sí tienes miedo.
—No conozco esa empresa.
Una voz masculina respondió desde la puerta:
—Yo sí.
Todos giraron.
Un anciano elegante entró acompañado por abogados.
Ji-eun quedó helada.
—Papá…
Seo-jin frunció el ceño.
—¿Su padre?
El anciano ignoró a su hija.
Miró directamente a Seo-jin.
—Presidenta Han.
Hizo una reverencia.
—Vine a devolver lo que mi hija tomó.
Ji-eun explotó:
—¡NO TOMÉ NADA!
El hombre arrojó documentos sobre la mesa.
—Deja de mentir.
—¡Tú me dijiste que lo hiciera!
Silencio absoluto.
El anciano se congeló.
Seo-jin levantó lentamente la mirada.
—¿Qué acaba de decir?
Ji-eun comprendió que había hablado demasiado.
—Nada.
Seo-jin se levantó.
—No. Repítelo.
Ji-eun miró a su padre.
—Él me ordenó mover el dinero.
El anciano golpeó la mesa.
—¡CÁLLATE!
Seo-jin sonrió.
—Esto acaba de ponerse interesante.
El director preguntó:
—¿Por qué robarían nuestra propia empresa?
El anciano respondió:
—No es nuestra.
Ji-eun soltó una carcajada amarga.
—Díselo.
Seo-jin frunció el ceño.
—¿Decirme qué?
El anciano guardó silencio.
Ji-eun respondió:
—Mi padre cree que esta empresa le pertenece.
Seo-jin negó.
—Yo compré el control hace cinco años.
—Exactamente.
—¿Qué significa eso?
Ji-eun sacó una fotografía antigua.
—Mire.
Seo-jin la tomó.
En la imagen aparecía su padre, décadas atrás, junto al padre de Ji-eun.
Detrás de ellos estaba el primer edificio de la compañía.
Seo-jin quedó inmóvil.
—Mi padre fundó esta empresa.
El anciano respondió:
—No solo.
—¿Qué?
—La fundamos juntos.
Seo-jin miró los documentos.
—Entonces ¿por qué su nombre desapareció?
El anciano apretó la mandíbula.
—Pregúntale a tu padre.
—Murió hace quince años.
—Lo sé.
Seo-jin sintió algo extraño en su tono.
—¿Cómo lo sabe?
El anciano no respondió.
Ji-eun lo miró nerviosa.
—Papá…
Seo-jin se acercó.
—¿Usted estaba con mi padre antes de morir?
Silencio.
—¡RESPONDA!
El anciano finalmente dijo:
—Sí.
Seo-jin quedó congelada.
—¿Dónde?
—En esta misma empresa.
—¿Por qué?
—Habíamos descubierto un fraude.
El director preguntó:
—¿Qué fraude?
El anciano miró a Seo-jin.
—Uno mucho mayor que ocho millones.
—¿Cuánto?
—Ciento veinte millones.
La sala quedó muda.
Seo-jin negó.
—Eso habría destruido la compañía.
—Casi lo hizo.
—¿Quién tomó el dinero?
El anciano miró a su hija.
Ji-eun retrocedió.
—¡Yo era una niña!
—No hablo de ti.
Seo-jin preguntó:
—Entonces ¿de quién?
El anciano sacó un viejo libro contable.
—De la persona que heredó todo después de la muerte de tu padre.
Seo-jin quedó inmóvil.
—Mi madre.
Silencio absoluto.
—¿Está acusando a mi madre?
—No.
El anciano abrió el libro.
—Estoy diciendo que las transferencias llevan su firma.
Seo-jin miró los documentos.
—Mi madre jamás haría esto.
Ji-eun respondió:
—Eso mismo dije yo sobre mi padre.
Seo-jin levantó la mirada.
El director intervino:
—Presidenta…
—¿Qué?
—Su madre está aquí.
Seo-jin se congeló.
—¿Aquí?
Las puertas se abrieron.
Una mujer elegante entró acompañada por dos abogados.
Miró a Seo-jin.
Después al anciano.
Su rostro cambió.
—Tú…
Seo-jin se levantó.
—Mamá, ¿lo conoces?
Nadie respondió.
—¡Mamá!
—Sí.
—¿Él estaba con papá antes de morir?
La mujer cerró los ojos.
—Sí.
Seo-jin colocó el libro contable frente a ella.
—Entonces explícame estas firmas.
La madre las miró.
—Son mías.
Silencio.
Seo-jin retrocedió.
—¿Robaste ciento veinte millones?
—No.
—¡TU FIRMA ESTÁ AQUÍ!
—Porque tu padre me pidió que firmara.
El anciano palideció.
—Eso no es posible.
La madre lo miró.
—Tú sabes perfectamente que sí.
—¿Para qué era el dinero? —preguntó Seo-jin.
Su madre respiró profundamente.
—Para comprar acciones.
—¿De qué empresa?
La mujer miró a Ji-eun.
—De Kang Holdings.
Ji-eun quedó inmóvil.
Seo-jin comenzó a comprender.
—¿La empresa de su familia?
—Sí.
El anciano golpeó la mesa.
—¡Ese acuerdo nunca se completó!
La madre sacó una carpeta sellada.
—Sí se completó.
Ji-eun miró a su padre.
—¿Qué significa?
Seo-jin abrió los documentos.
Sus ojos se agrandaron.
—¿Cincuenta y cinco por ciento?
La madre asintió.
—Tu padre compró el control de Kang Holdings antes de morir.
El anciano palideció.
Ji-eun negó.
—Entonces…
Miró a Seo-jin.
—¿Ella también controla la empresa de mi familia?
La madre respondió:
—Legalmente, sí.
Silencio absoluto.
Seo-jin miró a Ji-eun.
La misma ejecutiva que minutos antes le había gritado:
“¡ERES SOLO LA LIMPIADORA!”
acababa de descubrir que aquella supuesta limpiadora no solamente presidía la compañía donde trabajaba.
También podía controlar la empresa de su propia familia.
Pero Seo-jin todavía tenía una pregunta.
—Mamá… si papá compró Kang Holdings, ¿por qué nadie reclamó esas acciones durante quince años?
Su madre perdió la expresión.
—Porque reclamar esas acciones habría obligado a revelar cómo murió tu padre.
Silencio.
Seo-jin dejó caer la carpeta sobre la mesa.
—¿Cómo murió realmente?
El anciano cerró los ojos.
La madre miró hacia él.
—Pregúntale.
Seo-jin giró lentamente.
—¿Qué ocurrió aquella noche?
El anciano permaneció en silencio.
Ji-eun comenzó a temblar.
—Papá…
Seo-jin se acercó.
—¿QUÉ LE PASÓ A MI PADRE?
El anciano levantó finalmente la mirada.
—Tu padre no murió después de salir de esta empresa.
Seo-jin quedó paralizada.
—¿Qué?
—Murió dentro de este edificio.
La sala quedó completamente en silencio.
—¿Dónde?
El anciano señaló hacia el piso inferior.
—En una habitación que lleva quince años cerrada.
Seo-jin frunció el ceño.
—¿Qué habitación?
Su madre respondió:
—La oficina secreta de tu padre.
—¿Y qué hay dentro?
El anciano miró a Ji-eun.
Después a Seo-jin.
—La grabación de sus últimos minutos.
CONTINUARÁ.