—Dile quién pagó tus deudas.
Min-jun palideció.
La sonrisa desapareció por completo de su rostro.
Seo-yeon miró a su esposo.
—¿Qué deudas?
—Seo-yeon… no es el momento.
El suegro golpeó nuevamente la mesa.
—¡Claro que es el momento!
La señora Kang intervino:
—¡No tienes que contarle nuestros asuntos a esta mujer!
El suegro giró furioso.
—¿“Esta mujer”?
Señaló la comida esparcida por el suelo.
—¡Acabas de humillar a la única persona que evitó que nuestro hijo terminara en prisión!
Silencio absoluto.
Seo-yeon quedó inmóvil.
—¿Prisión?
Min-jun bajó la mirada.
—Papá, basta.
—No.
El señor Kang miró a su nuera.
—Tu esposo debía doce millones.
Seo-yeon retrocedió.
—¿Doce millones?
—Sí.
Miró a Min-jun.
—Pregúntale por qué.
Seo-yeon clavó los ojos en él.
—¿Por qué debías ese dinero?
—Fue una inversión que salió mal.
El padre soltó una carcajada.
—¡MIENTE!
—¡Papá!
—¡DILE LA VERDAD!
Seo-yeon gritó:
—¡¿QUÉ HICISTE?!
Min-jun cerró los ojos.
—Usé dinero de la empresa.
Silencio.
—¿Robaste?
—Pensaba devolverlo.
—¿CUÁNTO?
El suegro respondió:
—Doce millones.
Seo-yeon quedó helada.
—¿Y quién los devolvió?
Min-jun no respondió.
Su padre señaló a la mujer que minutos antes había sido humillada.
—Tú.
Seo-yeon frunció el ceño.
—¿Yo?
—Sí.
—Eso no tiene sentido.
El señor Kang sacó una carpeta.
La puso frente a ella.
—Han Capital pagó la deuda completa.
Seo-yeon abrió los documentos.
Entonces comprendió.
—Mi padre.
El suegro asintió.
—Tu padre descubrió lo que había hecho Min-jun.
Ella miró a su esposo.
—¿Fuiste a pedirle dinero a mi padre?
Min-jun bajó la cabeza.
—Sí.
—¿Y después llegaste a casa fingiendo que no había ocurrido nada?
Silencio.
—¿Durante cuánto tiempo me mentiste?
—Tres años.
Seo-yeon soltó lentamente los documentos.
—Tres años…
La señora Kang golpeó la mesa.
—¡Mi hijo cometió un error! ¡Tu padre tenía dinero de sobra!
Seo-yeon giró lentamente hacia ella.
—¿Eso acaba de decir?
—¡Sí!
El suegro explotó.
—¡CÁLLATE!
Pero ella continuó:
—¡Esa familia siempre se creyó superior porque tenía dinero!
Seo-yeon observó la comida en el suelo.
—Curioso.
Se acercó a su suegra.
—Hace cinco minutos usted me llamó aprovechada.
La mujer guardó silencio.
—Pero su hijo tomó doce millones de mi padre.
Nada.
—¿Quién era el aprovechado?
La señora Kang levantó la mano.
—¡No me hables así!
Antes de que pudiera golpearla, el suegro le atrapó la muñeca.
—¡Ni se te ocurra!
Min-jun intentó acercarse a Seo-yeon.
—Amor, podemos hablar arriba.
Ella retrocedió.
—No me llames amor.
—Fue hace años.
—Y hoy te reíste mientras tu madre tiraba mi comida al suelo.
—¡Estaba nervioso!
Seo-yeon soltó una carcajada.
—Ahora también estás nervioso.
¡PLAF!
Dejó el anillo matrimonial sobre la mesa.
—Pero ya no te estás riendo.
Min-jun palideció.
—¿Qué significa eso?
—Que se acabó.
La señora Kang sonrió.
—¡Perfecto! ¡Lárgate!
Seo-yeon tomó su bolso.
Pero el suegro habló.
—Ella no se va.
Todos lo miraron.
—¿Qué?
El hombre señaló a su esposa.
—Si alguien debería abandonar esta casa esta noche eres tú.
La señora Kang quedó congelada.
—¿ME ESTÁS ECHANDO?
—Lo que hiciste fue imperdonable.
—¡Esta también es mi casa!
El señor Kang bajó la mirada.
—Ese es el otro problema.
Silencio.
La señora Kang frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
El suegro sacó otra carpeta.
—La casa ya no nos pertenece.
Min-jun quedó inmóvil.
—Papá…
—La hipotecamos cuando la empresa empezó a caer.
—¿Y quién tiene la hipoteca?
El padre miró a Seo-yeon.
—Han Capital.
Seo-yeon abrió los ojos.
La señora Kang comenzó a retroceder.
—No…
Seo-yeon preguntó:
—¿Mi padre también salvó esta casa?
—Sí.
—¿Y por qué nunca me lo dijo?
El señor Kang respondió:
—Porque te estaba protegiendo de algo mucho peor.
Seo-yeon frunció el ceño.
—¿De qué?
Silencio.
El padre miró a Min-jun.
—Díselo.
—Papá…
—¡YA MENTISTE SUFICIENTE!
Seo-yeon miró a su esposo.
—¿Qué más hiciste?
Min-jun comenzó a temblar.
—La inversión que salió mal…
—¿Qué pasa con ella?
—No era una inversión.
—Entonces ¿qué era?
Nada.
Seo-yeon golpeó la mesa.
—¡HABLA!
Min-jun finalmente respondió:
—Le compré acciones a alguien.
—¿Acciones de qué?
—Kang Group.
Su padre cerró los ojos.
Seo-yeon preguntó:
—¿A quién?
Min-jun miró hacia su madre.
La señora Kang perdió el color.
—A ella.
Seo-yeon quedó inmóvil.
—¿Tu propia madre te vendió acciones de la empresa?
—Sí.
—¿Por doce millones?
—Sí.
Seo-yeon miró a su suegra.
—¿Por qué?
La mujer no respondió.
El suegro abrió otro documento.
—Porque esas acciones no eran suyas.
Silencio absoluto.
—¿De quién eran?
El señor Kang miró a Seo-yeon.
—De tu padre.
Seo-yeon dejó de respirar.
—¿Qué?
—Han Jae-sung fue uno de los fundadores originales de Kang Group.
Min-jun quedó helado.
—Nunca me dijiste eso.
—Porque tu madre hizo desaparecer su nombre de los documentos.
La señora Kang gritó:
—¡NO SABES LO QUE PASÓ!
Seo-yeon se acercó.
—Entonces explíquelo.
La mujer comenzó a llorar.
—Tu padre iba a quitarnos todo.
—¿Algo que era suyo?
Silencio.
El suegro entregó a Seo-yeon un contrato antiguo.
—Tu padre tenía el 49 % de Kang Group.
Seo-yeon miró la firma.
—Entonces ¿cómo terminaron sus acciones en manos de ella?
Nadie respondió.
—¡¿CÓMO?!
El señor Kang dijo:
—Con documentos falsificados.
Min-jun miró horrorizado a su madre.
—¿Falsificaste su firma?
La mujer negó.
—Yo no.
Seo-yeon frunció el ceño.
—Entonces ¿quién?
La suegra miró lentamente a su esposo.
El señor Kang dejó de hablar.
Seo-yeon observó su expresión.
—Usted.
Nada.
—Usted falsificó la firma de mi padre.
El hombre cerró los ojos.
—Sí.
Silencio absoluto.
Min-jun retrocedió.
—Papá…
Seo-yeon apretó el contrato.
—¿Mi padre lo sabe?
El señor Kang respondió:
—Por eso desapareció.
—Mi padre murió.
—No.
Seo-yeon quedó congelada.
—¿Qué acaba de decir?
—Han Jae-sung está vivo.
El teléfono de Seo-yeon comenzó a sonar.
Todos miraron.
Número desconocido.
Contestó.
—¿Sí?
Una voz masculina habló.
—Hija.
Seo-yeon dejó de respirar.
—¿Papá?
La señora Kang comenzó a temblar.
Min-jun miró aterrorizado a sus padres.
—¿Dónde estás? —preguntó Seo-yeon.
—Frente a la casa.
En ese instante, unas luces atravesaron las ventanas.
Un automóvil negro se detuvo afuera.
El señor Kang palideció.
—No puede ser…
Seo-yeon corrió hacia la entrada.
Pero su padre dijo algo antes de cortar:
—No abras todavía.
Ella se detuvo.
—¿Por qué?
—Porque no regresé solamente por ti.
Pausa.
—Regresé con la prueba de quién robó realmente Kang Group.
Seo-yeon miró a toda la familia.
Su padre continuó:
—Y cuando veas el nombre…
—¿Qué nombre?
—Entenderás por qué tu esposo necesitaba esos doce millones.
La llamada terminó.
Seo-yeon giró lentamente hacia Min-jun.
Él estaba completamente pálido.
—¿Qué hiciste?
Min-jun no respondió.
Minutos antes se había reído mientras su madre obligaba a Seo-yeon a mirar su comida tirada en el suelo.
Ahora nadie reía.
Porque la mujer que habían tratado como una aprovechada acababa de descubrir que su familia había pagado las deudas de los Kang, salvado su mansión y posiblemente financiado la empresa que ellos mismos le habían robado a su padre.
Y lo peor…
todavía estaba detrás de aquella puerta.