🔥 «¡NO PUEDES PAGAR ESTE VESTIDO!»

—Yo la invité.

La gerente giró lentamente.

Su rostro perdió el color.

—Señor Han…

El hombre elegante miró el vestido tirado en el suelo.

Después observó la mejilla enrojecida de la joven.

—¿La golpeaste?

—Señor, puedo explicarlo.

—Hazlo.

La gerente señaló a la joven.

—Entró sin cita, comenzó a tocar los vestidos y pensé que…

—¿Pensaste qué?

Silencio.

—Que no podía pagarlos.

El señor Han frunció el ceño.

—¿Y desde cuándo golpeamos clientes por no tener dinero?

—Fue un error.

La joven levantó la mirada.

—No fue un error.

Todos giraron hacia ella.

—Me vio entrar y decidió quién era antes de preguntarme mi nombre.

La gerente apretó los labios.

—Ya pedí disculpas.

—No.

La joven respondió:

—Dijiste que fue un error. No es lo mismo.

El dueño miró a la gerente.

—Discúlpate.

Ella respiró profundamente.

—Lo siento.

La joven no respondió.

La gerente intentó marcharse.

—Un momento —dijo el señor Han.

Ella se detuvo.

—Todavía no terminamos.

La joven abrió su bolso.

Sacó una carpeta.

La gerente palideció.

—¿Qué es eso?

La joven la miró.

—La verdadera razón por la que vine.

El señor Han tomó la carpeta.

—¿Encontraste algo?

—Mucho.

La gerente frunció el ceño.

—¿De qué están hablando?

La joven sacó varias facturas.

—Durante seis meses desaparecieron vestidos de esta boutique.

Silencio.

La gerente soltó una risa nerviosa.

—Eso es absurdo.

—Treinta y siete vestidos.

El dueño cambió de expresión.

—¿Treinta y siete?

—Valorados en casi medio millón.

La gerente golpeó la mesa.

—¡Está mintiendo!

La joven colocó otra hoja.

—Estos son los números de serie.

Después otra.

—Y estas son las facturas falsas utilizadas para eliminarlos del inventario.

El señor Han comenzó a leer.

Su rostro cambió.

—Estas facturas llevan tu autorización.

La gerente palideció.

—Alguien utilizó mi contraseña.

La joven sonrió.

—Sabía que dirías eso.

Sacó su teléfono.

—Por eso revisé las cámaras.

La gerente retrocedió.

—No tienes autorización para hacer eso.

El señor Han respondió:

—Yo se la di.

Silencio absoluto.

La gerente miró nuevamente a la joven.

—¿Quién eres?

La joven se acercó.

—Me llamo Seo-yeon Han.

La gerente quedó inmóvil.

—¿Han?

El dueño respondió:

—Mi hija.

Todos los empleados dejaron de hablar.

La gerente miró a Seo-yeon de arriba abajo.

—¿Su… hija?

—Sí.

El señor Han continuó:

—Y la próxima directora de esta compañía.

La gerente tuvo que apoyarse en el mostrador.

Seo-yeon recogió el vestido del suelo.

—Mi padre me pidió venir como una clienta normal.

—¿Por qué?

—Porque las cifras no cuadraban.

Miró alrededor.

—Y quería saber cómo funcionaba realmente esta tienda cuando él no estaba presente.

La gerente comenzó a temblar.

—Señor Han, llevo doce años trabajando para usted.

—Precisamente.

—Jamás robaría nada.

Seo-yeon respondió:

—Entonces explíqueme esto.

Mostró un video.

En la pantalla aparecía la gerente sacando varias cajas por una puerta trasera.

El dueño quedó helado.

—¿Qué llevabas ahí?

—Devoluciones.

Seo-yeon negó.

—No.

—Sí.

—Esas cajas aparecieron tres días después en una tienda privada de reventa.

Silencio.

La gerente perdió completamente el color.

El señor Han golpeó el mostrador.

—¿ESTABAS VENDIENDO MIS DISEÑOS?

—¡NO!

Seo-yeon intervino:

—Eso pensé al principio.

El dueño la miró.

—¿Al principio?

—Ella no se estaba quedando con el dinero.

La gerente cerró los ojos.

El señor Han frunció el ceño.

—Entonces ¿quién?

Seo-yeon sacó una fotografía.

—Él.

La dejó sobre el mostrador.

El dueño quedó inmóvil.

—No puede ser.

La gerente comenzó a llorar.

Seo-yeon preguntó:

—¿Lo conoce?

—Es mi hermano.

Silencio.

—Tu tío administra nuestras fábricas.

Seo-yeon asintió.

—Y aparentemente también administra una empresa secreta.

El señor Han miró a la gerente.

—¿Trabajas para mi hermano?

Ella bajó la cabeza.

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Tres años.

—¿Por qué?

—Porque me amenazó.

—¿Con qué?

La gerente comenzó a llorar.

—Con revelar lo que ocurrió hace doce años.

El dueño se quedó inmóvil.

—¿Qué ocurrió hace doce años?

Ella no respondió.

Seo-yeon lo notó.

—¿Qué está escondiendo?

La gerente negó.

—No puedo decirlo.

—Hace diez minutos me golpeaste para sacarme de esta boutique.

Se acercó.

—Ahora quiero saber por qué estabas tan desesperada por evitar que revisara esos vestidos.

La gerente miró el vestido que había arrancado de sus manos.

Y su expresión cambió.

Seo-yeon lo notó.

—Es este vestido.

Nada.

—¿Qué tiene?

La gerente intentó tomarlo.

Seo-yeon retrocedió.

—¡DÁMELO!

El señor Han la detuvo.

—¡No la toques!

Seo-yeon revisó cuidadosamente el vestido.

En el interior encontró algo extraño.

Una pequeña costura había sido hecha a mano.

La abrió.

Algo cayó al suelo.

Una memoria USB.

Nadie habló.

El dueño miró a la gerente.

—¿Qué contiene?

Ella comenzó a temblar.

—No lo sé.

Seo-yeon respondió:

—Vamos a descubrirlo.

Conectaron la memoria a una computadora.

Aparecieron cientos de documentos.

Transferencias.

Contratos.

Fotografías.

El señor Han se acercó a la pantalla.

—Estas son cuentas de la empresa.

Seo-yeon abrió una carpeta.

—Y aquí están las transferencias.

—¿Cuánto?

Ella hizo la suma.

Su rostro cambió.

—Más de dieciocho millones.

El dueño se quedó sin palabras.

—¿Mi hermano robó dieciocho millones?

La gerente negó.

—Hay algo peor.

Todos la miraron.

—Él no cree que esté robando.

—¿Qué significa eso?

La mujer respondió:

—Dice que ese dinero le pertenece.

El señor Han soltó una carcajada.

—La compañía es mía.

—Eso es lo que usted cree.

Silencio absoluto.

Seo-yeon frunció el ceño.

—Explíquese.

La gerente señaló una carpeta dentro de la memoria.

Seo-yeon la abrió.

Había un documento antiguo.

ACTA DE FUNDACIÓN.

El señor Han palideció.

—¿Dónde consiguieron esto?

Seo-yeon comenzó a leer.

Dos nombres aparecían como fundadores.

Uno era su padre.

El otro…

no era su tío.

Era una mujer.

Han Mi-ra.

Seo-yeon miró a su padre.

—¿Quién es Mi-ra?

Él no respondió.

—Papá.

Nada.

La gerente susurró:

—Su madre.

Seo-yeon quedó congelada.

—Mi madre murió cuando yo era pequeña.

—Sí.

—¿Qué tiene que ver con la empresa?

La gerente respondió:

—No era simplemente la esposa del dueño.

Miró directamente a Seo-yeon.

—Era la accionista mayoritaria.

El señor Han cerró los ojos.

Seo-yeon retrocedió.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

—Porque tu madre me hizo prometerlo.

—¿Por qué?

—Porque descubrió que alguien estaba falsificando sus documentos.

—¿Quién?

Silencio.

El teléfono de la gerente comenzó a sonar.

Ella miró la pantalla.

Y palideció.

—Es él.

Seo-yeon preguntó:

—¿Mi tío?

La mujer asintió.

El señor Han tomó el teléfono y activó el altavoz.

—¿Sí?

Una voz masculina respondió:

—¿Ya sacaste el vestido de la tienda?

Nadie habló.

—Te pregunté algo.

Seo-yeon respondió:

—No.

Silencio al otro lado.

—¿Quién eres?

—Seo-yeon.

La llamada quedó completamente muda.

Ella continuó:

—Y encontré la memoria.

El hombre respondió inmediatamente:

—Escúchame. No sabes lo que acabas de encontrar.

—Entonces explíquemelo.

—No puedo por teléfono.

—Perfecto. Venga a la boutique.

El hombre soltó una risa.

—No necesito ir.

—¿Por qué?

—Porque tu padre ya sabe qué contiene esa memoria.

Seo-yeon giró lentamente.

Su padre estaba pálido.

—Papá…

La voz continuó:

—Pregúntale qué ocurrió realmente la noche en que murió tu madre.

El señor Han tomó el teléfono.

—¡CÁLLATE!

La llamada terminó.

Seo-yeon quedó inmóvil.

—¿Qué quiso decir?

—Nada.

—Papá.

—Tu tío está intentando confundirte.

—Entonces mírame.

Él no pudo.

Seo-yeon sintió un escalofrío.

—¿Qué ocurrió esa noche?

El señor Han cerró los ojos.

—Tu madre descubrió quién estaba robando dinero.

—¿Mi tío?

—No.

—Entonces ¿quién?

El hombre levantó lentamente la mirada.

—Yo.

Silencio absoluto.

Seo-yeon retrocedió.

—¿Tú?

—Pero no era lo que parecía.

—¡¿QUÉ HICISTE?!

—Intentaba proteger la empresa.

—¿Y mi madre lo descubrió?

—Sí.

Seo-yeon comenzó a llorar.

—¿Discutieron?

—Sí.

—¿Y después murió?

El hombre bajó la cabeza.

—Eso creímos.

Seo-yeon se quedó inmóvil.

—¿Qué acabas de decir?

La gerente cerró los ojos.

El padre comprendió que ya no podía ocultarlo.

—Nunca encontraron el cuerpo de tu madre.

Silencio.

Seo-yeon dejó caer el vestido.

—Pero hubo un funeral.

—Había un ataúd.

—¿Estaba vacío?

Su padre no respondió.

Eso fue suficiente.

Seo-yeon miró la memoria USB.

Después el vestido.

Después a la gerente que minutos antes la había abofeteado porque creyó que no podía pagarlo.

Había entrado a aquella boutique para investigar treinta y siete vestidos desaparecidos.

Pero acababa de encontrar dieciocho millones desviados, una empresa cuya verdadera propietaria había sido su madre…

y la posibilidad de que aquella mujer llevara doce años escondida.

Entonces la computadora emitió un sonido.

Nuevo archivo recibido.

Seo-yeon abrió el mensaje.

Solo había una fotografía.

Una mujer mayor aparecía sosteniendo un periódico de esa misma mañana.

Seo-yeon acercó la imagen.

Su corazón se detuvo.

—Mamá…

Debajo había una sola frase:

“Si quieres saber por qué desaparecí, no confíes en tu padre.”

By yhq9q

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