—A él.
El cliente señaló directamente a Ji-hoon.
El padre quedó inmóvil.
—¿A mi hijo?
—Sí.
El hombre elegante corrió hacia Ji-hoon.
—¡Por fin te encuentro!
Ji-hoon recogió tranquilamente sus herramientas del suelo.
—¿Qué ocurrió?
—El prototipo falló.
El padre frunció el ceño.
—¿Qué prototipo?
El cliente abrió su tableta.
Apareció la imagen de un automóvil deportivo.
—Este.
El padre soltó una carcajada.
—Debe estar confundido. Mi hijo solo arregla coches.
El cliente lo miró.
—¿Solo arregla coches?
Señaló a Ji-hoon.
—Este joven diseñó el motor que lleva dentro.
El taller quedó en silencio.
El padre dejó de sonreír.
—Eso es imposible.
Ji-hoon no respondió.
El cliente continuó:
—Tres compañías llevan meses intentando contratarlo.
El padre miró a su hijo.
—¿De qué está hablando?
Ji-hoon guardó una herramienta.
—De mi trabajo.
—¿Tu trabajo?
—Sí.
—¡TÚ ABANDONASTE LA UNIVERSIDAD!
Ji-hoon levantó la mirada.
—No.
Su padre quedó confundido.
—¿Qué?
—Me expulsaron.
Silencio.
—¿Por qué nunca me dijiste eso?
Ji-hoon soltó una pequeña sonrisa.
—Porque usted nunca preguntó.
El cliente miró a ambos.
—Ji-hoon fue expulsado después de acusar a uno de sus profesores de robarle un diseño.
El padre frunció el ceño.
—¿Qué diseño?
El cliente señaló el motor.
—Ese.
Ji-hoon abrió un cajón.
Sacó una carpeta vieja.
—Lo diseñé cuando tenía veinte años.
Su padre comenzó a pasar las páginas.
Planos.
Cálculos.
Firmas.
Fechas.
—¿Todo esto es tuyo?
—Sí.
El padre seguía sin creerlo.
—Entonces ¿por qué trabajas en este taller?
Ji-hoon miró alrededor.
—Porque aquí podía construirlo.
El cliente intervino:
—Y funcionó.
El padre quedó callado.
Pero entonces el cliente dijo algo más.
—Hasta que alguien robó nuevamente los planos.
Ji-hoon levantó rápidamente la cabeza.
—¿Qué?
—Ayer otra compañía presentó un motor prácticamente idéntico.
El rostro de Ji-hoon cambió.
—¿Qué compañía?
El cliente le mostró la pantalla.
Ji-hoon quedó inmóvil.
Su padre vio el nombre.
Kang Motors.
Y palideció.
Ji-hoon lo notó.
—Papá…
Nada.
—¿Por qué puso esa cara?
—No es nada.
—¿Conoce esa empresa?
—He dicho que no.
El cliente frunció el ceño.
—Señor, Kang Motors fue fundada por su hermano.
Silencio.
Ji-hoon giró lentamente hacia su padre.
—¿Mi tío?
El hombre apretó los puños.
—Eso no importa.
—Claro que importa.
Ji-hoon tomó la tableta.
En pantalla apareció una fotografía del nuevo motor.
Lo amplió.
Y dejó de respirar.
—No…
—¿Qué pasa? —preguntó el cliente.
Ji-hoon señaló una pequeña pieza.
—Ese error.
—¿Qué error?
—Lo puse deliberadamente en mis planos originales.
El cliente lo miró sorprendido.
—¿Por qué?
—Para saber si alguien volvía a copiarlos.
Silencio.
—Entonces…
Ji-hoon asintió.
—No desarrollaron ese motor.
—Robaron mis archivos.
El padre se sentó.
Ji-hoon lo observó.
—Usted sabe quién fue.
—No.
—Míreme.
Su padre no pudo.
—¡MÍREME!
Finalmente levantó la cabeza.
—Fui yo.
Ji-hoon quedó paralizado.
—¿Qué?
—Yo le entregué los planos a tu tío.
Nadie habló.
Ji-hoon retrocedió.
—¿Mi propio padre?
—Necesitaba dinero.
—¡ERAN MIS DISEÑOS!
—¡Y TÚ NO ESTABAS HACIENDO NADA CON ELLOS!
Ji-hoon soltó una carcajada amarga.
—Por eso siempre quería que volviera a la universidad.
Su padre guardó silencio.
—No era porque estuviera decepcionado de mí.
Se acercó.
—Tenía miedo de que descubriera que usted había vendido mi trabajo.
El padre bajó la cabeza.
—Cometí un error.
Ji-hoon miró las herramientas que minutos antes su padre había arrojado al suelo.
—No.
—Hijo…
—Un error ocurre una vez.
Le mostró la pantalla.
—Alguien volvió a robar mis planos ayer.
El padre levantó la mirada.
—Yo no fui.
—Entonces ¿quién?
Nadie respondió.
Hasta que uno de los mecánicos habló desde el fondo.
—Yo vi a alguien.
Todos giraron.
—¿A quién?
—Entró aquí hace tres noches.
—¿Por qué no dijiste nada?
—Pensé que era familiar.
Ji-hoon frunció el ceño.
—¿Quién era?
El mecánico miró al padre.
—Su hermano.
El padre se levantó.
—¿Él estuvo aquí?
—Sí.
Ji-hoon corrió hacia su computadora.
Abrió las cámaras.
Buscaron la grabación.
A las 2:13 de la madrugada apareció un hombre entrando al taller.
Fue directamente al despacho.
Ni siquiera buscó los archivos.
Sabía exactamente dónde estaban.
Ji-hoon apretó los puños.
—Voy a denunciarlo.
Su padre respondió inmediatamente:
—No puedes.
Ji-hoon giró.
—¿Por qué?
—Porque ese motor legalmente le pertenece.
Silencio.
—¿Qué acaba de decir?
Su padre cerró los ojos.
—Hace cinco años firmé un documento.
—¿Qué documento?
—Le cedí tus primeros diseños.
Ji-hoon sintió que le faltaba el aire.
—¿Firmó en mi nombre?
El padre no respondió.
Eso fue suficiente.
—Falsificó mi firma.
—Pensaba devolverte el dinero.
—¡ME ROBASTE!
El cliente intervino:
—Ji-hoon…
—No.
Ji-hoon miró a su padre.
—Toda mi vida me llamó fracasado.
Su voz comenzó a quebrarse.
—Y mientras yo trabajaba aquí doce horas diarias, usted vendía lo que yo creaba.
El padre intentó acercarse.
Ji-hoon retrocedió.
—No me toque.
Silencio.
Entonces el cliente recibió una llamada.
Contestó.
—¿Qué?
Su expresión cambió.
—¿Cuándo?
Colgó.
Miró a Ji-hoon.
—Tenemos otro problema.
—¿Qué pasó?
—Kang Motors acaba de anunciar públicamente el motor.
Ji-hoon apretó los dientes.
—Que lo anuncien.
—No entiendes.
El cliente le mostró el comunicado.
“Diseñado originalmente por el fundador de Kang Motors hace cinco años.”
Ji-hoon comenzó a reír.
—Perfecto.
Su padre lo miró confundido.
—¿Qué tiene de perfecto?
Ji-hoon caminó hacia una vieja caja fuerte.
La abrió.
Sacó un pequeño disco duro.
—Que acaban de cometer el peor error posible.
—¿Qué contiene?
—El diseño verdadero.
El cliente frunció el ceño.
—¿Verdadero?
Ji-hoon sonrió.
—Los planos que robaron nunca fueron el motor final.
Todos quedaron inmóviles.
—¿Entonces qué se llevaron?
—Un prototipo.
Colocó el disco sobre la mesa.
—Yo cambié completamente el diseño hace dos años.
El cliente abrió los archivos.
Sus ojos se agrandaron.
—Esto…
Pasó varias páginas.
—Ji-hoon, ¿te das cuenta de lo que construiste?
—Sí.
El padre preguntó:
—¿Qué tiene de especial?
El cliente lo miró.
—Si estas pruebas son correctas, este motor consume casi un treinta por ciento menos.
Silencio.
—Varias compañías pagarían una fortuna por esta tecnología.
El padre miró a su hijo.
—¿Cuánto?
El cliente respondió:
—Cientos de millones.
El padre quedó congelado.
Ji-hoon tomó el disco.
—Y esta vez nadie va a robármelo.
Entonces escucharon motores afuera.
Tres vehículos negros se detuvieron frente al taller.
Bajaron varios ejecutivos.
Y detrás de ellos apareció un hombre.
El padre palideció.
—Tu tío.
El hombre entró aplaudiendo.
—Excelente trabajo, sobrino.
Ji-hoon lo miró.
—Devuélveme mis planos.
Su tío sonrió.
—¿Tus planos?
Sacó un contrato.
—Legalmente son míos.
Ji-hoon respondió:
—Los viejos, quizá.
Le mostró el disco.
—Esto nunca lo has visto.
La sonrisa del hombre desapareció.
—Dámelo.
—No.
—Puedo comprártelo.
—No está en venta.
—Diez millones.
Ji-hoon negó.
—Veinte.
Nada.
—Cincuenta.
El padre abrió los ojos.
Ji-hoon volvió a negar.
Su tío perdió la paciencia.
—¡¿QUÉ QUIERES?!
Ji-hoon señaló a su padre.
—Que ambos admitan públicamente lo que hicieron.
El padre bajó la mirada.
Su tío soltó una carcajada.
—Jamás.
—Entonces nos vemos en los tribunales.
El hombre sonrió.
—No tienes dinero para enfrentarte a Kang Motors.
El cliente elegante dio un paso al frente.
—Él no lo necesita.
Todos lo miraron.
—¿Quién es usted? —preguntó el tío.
El cliente sacó una tarjeta.
El rostro del hombre cambió.
—Director Han…
Ji-hoon frunció el ceño.
—¿Director?
El hombre sonrió.
—No vine solamente porque necesitaba reparar un prototipo.
Abrió su maletín.
Sacó un contrato.
Lo colocó frente a Ji-hoon.
—Vine a hacerte una oferta.
El padre intentó leer la cifra.
Y quedó sin palabras.
—¿Cien millones?
El director negó.
—Eso es únicamente la inversión inicial.
Miró a Ji-hoon.
—Queremos crear una compañía alrededor de su tecnología.
El padre se apoyó contra una mesa.
El mismo hijo al que minutos antes había llamado fracasado…
acababa de recibir una oferta que podía convertirlo en su mayor competidor.
Pero Ji-hoon no firmó.
—Antes necesito hacer algo.
Caminó hacia su padre.
Recogió del suelo la última herramienta que todavía quedaba allí.
Se la mostró.
—Usted tenía razón en algo.
Su padre levantó la mirada.
—Dejé la universidad.
Ji-hoon colocó la herramienta sobre la mesa.
—Pero nunca abandoné mi futuro.
Después miró al hombre que había vendido sus diseños.
—Fue usted quien dejó de creer en él demasiado pronto.
El padre bajó la cabeza.
Y por primera vez…
no tuvo nada que decir.