—¿Fuiste tú?
El señor Choi miró a su hijo.
Tae-jun estaba completamente pálido.
En la pantalla seguía apareciendo la grabación.
Se veía claramente cómo abría la caja registradora…
y sacaba el dinero.
—Papá, puedo explicarlo.
La camarera, Ha-eun, se quitó completamente el delantal.
—Qué curioso.
Todos la miraron.
—Hace un minuto también quería explicarme yo.
El dueño bajó la mirada.
La marca de la bofetada seguía en el rostro de Ha-eun.
—Ha-eun…
—No.
Dejó el delantal sobre la mesa.
—Primero escuche a su hijo.
El señor Choi golpeó la mesa.
—¡¿POR QUÉ ROBASTE EL DINERO?!
Tae-jun retrocedió.
—Lo necesitaba.
—¿Para qué?
Silencio.
—¡CONTESTA!
—Debo dinero.
Su padre quedó inmóvil.
—¿Cuánto?
—Cincuenta mil dólares.
Los clientes comenzaron a murmurar.
El señor Choi casi perdió el equilibrio.
—¿Cincuenta mil?
—Puedo devolverlo.
Ha-eun soltó una pequeña carcajada.
—Está mintiendo.
Tae-jun giró.
—¡Cállate!
—No fueron cincuenta mil.
Sacó su teléfono.
—Fueron cuatrocientos mil.
El padre miró a su hijo.
—¿Qué?
Tae-jun comenzó a temblar.
Ha-eun continuó:
—Lleva ocho meses sacando dinero.
—¡MENTIRA!
—Entonces pongamos las demás grabaciones.
El encargado miró al dueño.
—Señor…
—Ponlas.
—Pero…
—¡HE DICHO QUE LAS PONGAS!
Apareció otro video.
Tae-jun sacando dinero.
Otro.
Otra noche.
Otro.
Y otro.
El señor Choi se sentó.
—Dios mío…
Tae-jun intentó marcharse.
Su padre gritó:
—¡TÚ NO TE MUEVES!
Ha-eun lo observaba.
Pero había algo que todavía no entendía.
—¿Por qué me acusaste a mí?
Tae-jun guardó silencio.
—Había otros empleados.
Nada.
—¿Por qué específicamente yo?
Su rostro cambió.
Ha-eun se acercó.
—Porque sabías que estaba revisando las cuentas.
El señor Choi levantó la cabeza.
—¿Qué cuentas?
Ha-eun sacó una memoria USB.
—Las del restaurante.
Tae-jun palideció.
—Dame eso.
—No.
—¡DÁMELA!
Intentó arrebatársela.
Su padre lo detuvo.
—¿Qué contiene?
Ha-eun miró al dueño.
—Su restaurante no está perdiendo dinero por pequeños robos de la caja.
—¿Entonces?
—Alguien lleva años sacando dinero de las cuentas principales.
Silencio.
—¿Cuánto?
Ha-eun respiró profundamente.
—Más de tres millones.
El señor Choi quedó congelado.
—Imposible.
—Revíselo.
Le entregó la memoria.
El encargado abrió los archivos.
Transferencias.
Empresas.
Facturas falsas.
El dueño comenzó a temblar.
—Tae-jun…
—Papá, yo no hice esas transferencias.
Ha-eun intervino.
—Está diciendo la verdad.
Todos giraron.
Tae-jun incluso pareció sorprendido.
—¿Qué?
Ha-eun señaló las fechas.
—Estas transferencias empezaron hace doce años.
Miró al señor Choi.
—Su hijo tenía quince.
El dueño quedó inmóvil.
—Entonces ¿quién fue?
Ha-eun abrió otro archivo.
—Todas terminan en la misma empresa.
Apareció un nombre.
Mirae Holdings.
El señor Choi dejó caer el teléfono.
Ha-eun lo vio.
—Usted conoce esa empresa.
—No.
—Acaba de palidecer.
—He dicho que no.
Entonces Tae-jun habló.
—Yo sí la conozco.
Su padre giró violentamente.
—¡CÁLLATE!
Ha-eun miró al joven.
—Habla.
Tae-jun respiró profundamente.
—Mirae Holdings pertenecía a mi madre.
Silencio.
Ha-eun frunció el ceño.
—¿Pertenecía?
—Murió hace doce años.
Ha-eun miró las transferencias.
Doce años.
Exactamente cuando comenzaron.
—Eso no tiene sentido.
El encargado se acercó.
—Hay algo más.
—¿Qué?
—La última transferencia fue ayer.
Nadie habló.
Ha-eun miró al señor Choi.
—Una empresa de una mujer muerta acaba de recibir doscientos mil dólares.
El dueño cerró los ojos.
—Apaga eso.
—¿Por qué?
—¡APÁGALO!
Ha-eun se acercó.
—Su esposa está viva.
El señor Choi no respondió.
Tae-jun soltó una carcajada nerviosa.
—Mi madre murió cuando yo tenía quince años.
Ha-eun miró a su padre.
—¿Verdad?
Silencio.
—Papá…
El señor Choi se sentó.
—Tu madre no murió.
Tae-jun quedó paralizado.
—¿Qué?
—Tuve que decirte que había muerto.
—¿DURANTE DOCE AÑOS?
—Intentaba protegerte.
Tae-jun golpeó la mesa.
—¡¿DE QUÉ?!
El dueño miró a Ha-eun.
Y su expresión cambió.
—De ella.
Ha-eun retrocedió.
—¿De mí?
—¿Quién eres realmente?
—Una camarera.
—Mentira.
El señor Choi se levantó.
—Entraste aquí hace ocho meses.
Señaló la memoria.
—Y desde entonces has investigado cada cuenta.
—Porque sabía que estaban robando.
—No.
Se acercó.
—Viniste buscando algo.
Ha-eun guardó silencio.
Tae-jun la miró.
—¿Es verdad?
Finalmente abrió su bolso.
Sacó una vieja fotografía.
La puso sobre la mesa.
El señor Choi perdió el color.
—¿Dónde conseguiste eso?
—Era de mi madre.
En la fotografía aparecían dos mujeres jóvenes frente al restaurante.
Una era la esposa del señor Choi.
La otra…
la madre de Ha-eun.
—Mi madre trabajaba aquí hace doce años.
El señor Choi negó.
—No trabajaba aquí.
Ha-eun frunció el ceño.
—¿Entonces?
El hombre respondió:
—Era la copropietaria.
Silencio.
Tae-jun miró a su padre.
—Siempre dijiste que este restaurante era tuyo.
—Lo es.
Ha-eun sacó otro documento.
—No según esto.
Lo dejó sobre la mesa.
50% — Choi Min-seok.
50% — Lee Soo-mi.
El señor Choi cerró los ojos.
Ha-eun continuó:
—Mi madre desapareció exactamente la misma semana que su esposa supuestamente murió.
Tae-jun miró a su padre.
—¿Qué pasó hace doce años?
—No puedo decirlo.
—¡DÍMELO!
Antes de que respondiera…
se escuchó un aplauso desde la entrada.
Lento.
Una vez.
Dos.
Tres.
Todos giraron.
Una mujer elegante estaba parada junto a la puerta.
Tae-jun dejó de respirar.
—No…
El señor Choi retrocedió.
—¿Qué haces aquí?
La mujer sonrió.
—Doce años escondida…
Miró alrededor del restaurante.
—y veo que todavía siguen robando mi dinero.
Tae-jun comenzó a llorar.
—¿Mamá?
La mujer lo miró.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Hola, hijo.
Tae-jun corrió hacia ella.
Pero ella levantó una mano.
—Todavía no.
Él se detuvo.
—¿Por qué?
La mujer miró a Ha-eun.
—Porque antes necesito saber por qué ella está aquí.
Ha-eun quedó inmóvil.
—¿Me conoce?
La mujer soltó una pequeña sonrisa.
—Te conozco desde el día que naciste.
El señor Choi golpeó la mesa.
—¡NO DIGAS NADA MÁS!
Demasiado tarde.
Ha-eun se acercó.
—¿Qué sabe de mi madre?
La mujer abrió su bolso.
Sacó un sobre amarillento.
—Tu madre no desapareció hace doce años.
Ha-eun sintió un escalofrío.
—¿Entonces dónde está?
La mujer miró al señor Choi.
—Pregúntale a él.
Todos giraron.
El dueño comenzó a retroceder.
Ha-eun lo miró.
—¿Dónde está mi madre?
—Yo…
—¡¿DÓNDE ESTÁ?!
Entonces Tae-jun sacó algo de su bolsillo.
Una llave.
La misma llave que había aparecido en una de las grabaciones cuando robaba dinero.
Ha-eun la señaló.
—¿Qué abre?
Tae-jun bajó la mirada.
—Una habitación.
—¿Dónde?
—Debajo del restaurante.
Su padre palideció.
—Tae-jun…
—Estoy cansado de mentir.
Ha-eun sintió que el corazón se aceleraba.
—¿Qué hay en esa habitación?
Tae-jun la miró.
—No sé.
—Mentira.
—Nunca pude entrar.
Le entregó la llave.
—Pero mi padre baja allí todas las noches a las dos de la mañana.
El señor Choi gritó:
—¡DAME ESA LLAVE!
Ha-eun cerró la mano.
—No.
La madre de Tae-jun sonrió.
—Ahora entiendo.
—¿Qué?
Miró al señor Choi.
—Por eso me pagabas para mantenerme lejos.
Ha-eun caminó hacia la puerta que conducía al sótano.
El dueño se interpuso.
—No puedes bajar.
—Apártese.
—Ha-eun…
Era la primera vez que pronunciaba su nombre con miedo.
—Si abres esa puerta, vas a destruir esta familia.
Ella lo miró.
—Hace diez minutos me abofeteó por un dinero que yo no robé.
Le mostró la llave.
—Ahora voy a descubrir qué era lo que realmente quería ocultar.
Bajó las escaleras.
Llegó hasta una puerta metálica.
Introdujo la llave.
Clic.
La puerta se abrió.
Ha-eun encendió la luz.
Y quedó completamente inmóvil.
Las paredes estaban cubiertas de fotografías.
De su madre.
De la esposa del señor Choi.
De ella cuando era niña.
Y en el centro había una fotografía mucho más grande.
Ha-eun se acercó.
La tomó.
Era su madre sosteniéndola cuando era bebé.
A su lado estaba el señor Choi.
Detrás había una frase escrita a mano:
“Cuando Ha-eun cumpla 25 años, todo deberá volver a pertenecerle.”
Ha-eun escuchó pasos detrás.
El señor Choi estaba en la puerta.
Ella levantó la fotografía.
—¿Qué significa esto?
Él cerró los ojos.
—Significa que nunca fuiste una simple camarera.
—Entonces ¿quién soy?
El hombre miró hacia el restaurante que estaba sobre sus cabezas.
Y respondió:
—La verdadera propietaria de todo esto.
Ha-eun quedó paralizada.
Había entrado aquella mañana creyendo que trabajaba para la familia Choi.
Había soportado una acusación.
Una bofetada.
Y una humillación delante de todos.
Pero acababa de descubrir que el restaurante del que la habían despedido…
podría haber sido suyo desde el principio.