🔥 PARTE 2 — EL MUERTO REGRESÓ A SU PROPIO FUNERAL

—Gracias por venir a mi funeral, Mauricio.

Gabriel Ferrer avanzó lentamente por el pasillo central de la iglesia.

Nadie hablaba.

Nadie parecía capaz de respirar.

Elena miraba al hombre con quien había compartido doce años de matrimonio.

—Gabriel…

Él la miró.

—Después hablamos.

Mauricio comenzó a retroceder.

—Esto es una locura.

Gabriel sonrió.

—¿Una locura? Hace tres días estabas bastante seguro de que yo estaba muerto.

—¡Todos lo estábamos!

—Tú más que nadie.

Mauricio intentó caminar hacia la puerta.

Dos hombres bloquearon su salida.

Gabriel señaló el ataúd vacío.

—¿Tienes prisa? Mi funeral todavía no termina.

Mauricio apretó los dientes.

—¿Qué quieres?

Gabriel sacó un teléfono.

—Descubrir quién pagó cinco millones para matarme.

Los invitados comenzaron a murmurar.

Elena quedó inmóvil.

—¿Cinco millones?

Gabriel asintió.

—Hace seis meses descubrí que alguien estaba sacando dinero de nuestras empresas.

Elena lo interrumpió.

—Por eso creíste que era yo.

—Al principio.

Elena sintió el golpe de aquellas palabras.

—¿Me investigaste?

—Tenía que hacerlo.

—Soy tu esposa.

Gabriel la miró.

—Precisamente por eso.

Elena dio un paso hacia él.

—Entonces dime algo. ¿Por qué todos esos movimientos aparecen con mi firma?

Gabriel miró a Mauricio.

—Porque alguien quería que pareciera que tú me estabas robando.

Mauricio soltó una carcajada.

—¿Y ahora vas a acusarme a mí?

Gabriel levantó el teléfono.

—No necesito acusarte.

Pulsó la pantalla.

Una grabación comenzó a escucharse.

“Quiero que parezca un accidente.”

Mauricio palideció.

Era su voz.

Elena lo miró horrorizada.

La grabación continuó:

“Después del funeral, yo me encargo de Elena.”

Gabriel detuvo el audio.

El silencio fue absoluto.

Elena miró a Mauricio.

—Tú…

Mauricio negó.

—Está editado.

Gabriel comenzó a acercarse.

—¿También está editado el pago de cinco millones?

Sacó varios documentos.

Los lanzó sobre el ataúd.

—Cuenta en Panamá. Empresa fantasma. Transferencia realizada hace once días.

Mauricio comenzó a sudar.

—No sabes lo que estás haciendo.

—Entonces explícame.

Mauricio miró a su hermano.

—No puedo.

—¿No puedes?

—No.

Gabriel lo agarró del traje.

—¡INTENTARON MATARME!

Mauricio explotó.

—¡PORQUE SI NO LO HACÍA YO, IBAN A MATARLOS A TODOS!

Gabriel se detuvo.

Elena frunció el ceño.

—¿Qué acabas de decir?

Mauricio cerró los ojos.

Había hablado demasiado.

Gabriel lo soltó.

—¿Quién?

Mauricio no respondió.

—¿QUIÉN TE OBLIGÓ?

—No entiendes.

—Hazme entender.

Mauricio miró alrededor de la iglesia.

—Todo esto…

Señaló a los hombres de Gabriel.

—Tu dinero.

Señaló a los socios.

—Tus empresas.

Finalmente señaló el ataúd.

—Incluso tu supuesto asesinato.

Gabriel lo observó.

—¿Qué?

—No empezó contigo.

Mauricio se acercó.

—Empezó hace once años.

Gabriel quedó inmóvil.

—Hace once años nuestro padre murió.

—Exactamente.

Gabriel cambió la expresión.

—Nuestro padre murió de un infarto.

Mauricio soltó una pequeña carcajada.

—Eso fue lo que nos dijeron.

—¿Qué estás insinuando?

Mauricio respondió:

—Papá descubrió exactamente lo mismo que descubriste tú.

Gabriel palideció.

—¿Las cuentas?

Mauricio asintió.

—Dos semanas después murió.

Elena miró a ambos hermanos.

—Entonces alguien lleva más de una década robándole a esta familia.

—No —respondió Mauricio.

—¿Entonces?

Mauricio levantó la mirada.

—Alguien lleva más de una década siendo dueño de esta familia sin que nosotros lo sepamos.

Gabriel permaneció en silencio.

Entonces recordó algo.

Miró al niño.

El pequeño seguía junto al anciano.

Gabriel caminó hacia él.

—Samuel, ven.

El niño obedeció.

Elena lo miró.

—¿De verdad es tu hijo?

Gabriel bajó la cabeza.

—Sí.

Elena sintió que aquella respuesta dolía más que cualquier otra cosa ocurrida durante el funeral.

—¿Y pensabas decírmelo algún día?

—Su madre murió hace cuatro años. Yo descubrí que Samuel existía después.

—¿Por qué lo escondiste?

Gabriel miró a Mauricio.

—Porque alguien intentó encontrarlo.

Mauricio abrió los ojos.

—Yo nunca…

—No estoy hablando de ti.

Gabriel miró al anciano que había acompañado al niño.

—Don Ernesto.

El hombre levantó la cabeza.

—Dígales lo que me contó.

Ernesto permaneció callado.

—Ahora.

El anciano respiró profundamente.

—La madre de Samuel trabajaba para el padre de ustedes.

Mauricio frunció el ceño.

—¿Qué?

—Antes de morir, don Ferrer le entregó algo.

Gabriel preguntó:

—¿Qué cosa?

Ernesto sacó una llave antigua.

—Esto.

Gabriel la tomó.

—¿Qué abre?

—Una caja de seguridad.

—¿Dónde?

—En un banco privado.

Mauricio comenzó a caminar hacia ellos.

—¿Qué hay dentro?

Ernesto respondió:

—La verdadera herencia de su padre.

Los hermanos se miraron.

Gabriel soltó una carcajada incrédula.

—Nosotros recibimos la herencia hace once años.

Ernesto negó.

—Recibieron exactamente lo que alguien quería que recibieran.

Silencio.

—Su padre descubrió que una persona muy cercana estaba utilizando sus empresas para mover cientos de millones.

Gabriel apretó la llave.

—Dime el nombre.

Ernesto miró hacia los invitados.

—No puedo.

—¿Por qué?

El anciano señaló al niño.

—Porque esa persona sabe que Samuel existe.

Gabriel inmediatamente colocó al pequeño detrás de él.

—Entonces todo esto era por la llave.

Ernesto asintió.

—La falsa acusación contra Elena…

Gabriel miró a su esposa.

—El dinero desaparecido…

Mauricio continuó:

—Mi orden para matarte…

Gabriel lo miró.

—Todo estaba diseñado para que nosotros nos destruyéramos entre nosotros.

Mauricio asintió.

—Exactamente.

Entonces Elena habló.

—Hay algo que no encaja.

Todos la miraron.

—¿Qué?

Elena señaló la llave.

—Si alguien lleva once años buscando eso…

Miró al niño.

—¿cómo sabía que Samuel la tenía?

Ernesto palideció.

Gabriel lo notó.

—Ernesto.

El anciano retrocedió.

—¿Cómo lo sabía? —repitió Gabriel.

Nada.

Gabriel se acercó.

—Solo cuatro personas sabían que Samuel estaría aquí hoy.

Elena abrió los ojos.

Mauricio también comprendió.

Gabriel miró fijamente al anciano.

—Tú.

Ernesto comenzó a retroceder.

—Gabriel, escucha…

—Tú trajiste al niño.

—Puedo explicarlo.

—Tú tenías la llave.

—No es lo que parece.

Gabriel perdió la paciencia.

—¡ENTONCES EXPLÍCAME QUÉ ESTÁ PASANDO!

Ernesto miró hacia las puertas.

Demasiado tarde.

Estaban bloqueadas.

El anciano respiró profundamente.

Y comenzó a reír.

Mauricio frunció el ceño.

—¿Qué te causa gracia?

Ernesto levantó la mirada.

Su expresión había cambiado completamente.

—Que después de once años…

Hizo una pausa.

—…los hijos de Arturo Ferrer siguen siendo igual de fáciles de manipular.

Gabriel quedó helado.

—¿Conocías a nuestro padre?

Ernesto sonrió.

—Mucho mejor que ustedes.

Entonces ocurrió algo inesperado.

El niño habló.

—Papá…

Gabriel giró.

Samuel estaba mirando hacia el ataúd.

—¿Qué pasa?

El pequeño señaló el interior.

—Hay algo ahí.

Gabriel se acercó.

Dentro del ataúd vacío había aparecido un teléfono.

Nadie lo había visto antes.

La pantalla se encendió.

LLAMADA ENTRANTE.

Número desconocido.

Gabriel respondió.

—¿Quién habla?

Silencio.

Después una voz masculina dijo:

—Te queda bien estar vivo.

Gabriel palideció.

Conocía esa voz.

—No…

Mauricio se acercó.

—¿Quién es?

Gabriel no respondió.

La voz continuó:

—Llevas once años administrando algo que nunca fue tuyo.

Gabriel comenzó a temblar.

—Eso es imposible.

El hombre se rio.

—Abre la caja de seguridad.

—¿Quién eres?

—Sabes perfectamente quién soy.

Gabriel apretó el teléfono.

—Mi padre está muerto.

La voz respondió:

—Entonces…

Hizo una pausa.

—¿quién está hablando contigo?

La llamada terminó.

Gabriel dejó caer lentamente el teléfono.

Elena corrió hacia él.

—¿Quién era?

Gabriel levantó la mirada.

—Mi padre.

Mauricio comenzó a reír nerviosamente.

—Nuestro padre lleva once años muerto.

Gabriel miró la llave que tenía en la mano.

—Eso creíamos.

Entonces el teléfono recibió un mensaje.

Una fotografía.

Gabriel la abrió.

Era una imagen tomada hacía apenas unos minutos.

Mostraba el interior de la iglesia.

A Gabriel.

A Mauricio.

A Elena.

Al niño.

Todos estaban siendo observados.

Debajo había solamente una frase:

“EL FUNERAL EQUIVOCADO ACABA DE TERMINAR.”

Gabriel levantó la mirada hacia las cámaras de la iglesia.

Había fingido su propia muerte para descubrir quién quería matarlo.

Pero acababa de descubrir algo mucho peor.

El hombre cuyo imperio había heredado once años atrás quizá jamás había muerto.

Y si aquella voz realmente pertenecía a su padre…

entonces Gabriel no había preparado una trampa.

Había entrado directamente en una.

🔥 CONTINUARÁ…

By yhq9q

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