¡Esa mujer no es tu esposa!

La celebración por el décimo aniversario de matrimonio de Kang Ji-hoon y Han Seo-yeon parecía perfecta.

El gran salón de la mansión Kang estaba lleno de invitados.

Empresarios.

Familiares.

Amigos.

Ejecutivos del poderoso Grupo Kang.

En el centro del salón había una enorme fotografía de Ji-hoon y Seo-yeon tomada el día de su boda.

Durante diez años habían sido considerados una de las parejas más estables de su círculo social.

Seo-yeon realmente lo creía.

Aquella noche tomó la mano de su esposo.

—Diez años.

Ji-hoon sonrió.

—Y todavía elegiría casarme contigo.

Seo-yeon apoyó la cabeza sobre su hombro.

—¿Incluso después de todo lo que hemos pasado?

—Especialmente después de eso.

Los invitados comenzaron a aplaudir.

Entonces las puertas de la mansión se abrieron violentamente.

Una anciana entró corriendo.

—¡JI-HOON!

La sonrisa desapareció del rostro del hombre.

Seo-yeon lo notó inmediatamente.

—¿La conoces?

Ji-hoon no respondió.

La anciana avanzó directamente hacia él.

¡PLAF!

Lo abofeteó.

Todo el salón quedó en silencio.

—¡DILE QUIÉN ES REALMENTE TU ESPOSA!

Seo-yeon abrió los ojos.

—¡¿Quién es usted?!

La anciana sacó una fotografía antigua y la arrojó sobre la mesa.

—¡Su madre!

Seo-yeon quedó confundida.

—¿Mi madre?

Tomó la fotografía.

Era una boda.

Ji-hoon aparecía mucho más joven, vestido de novio.

Pero Seo-yeon no era la mujer que estaba junto a él.

Había otra.

Seo-yeon sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.

—Ji-hoon…

Él intentó tomar la fotografía.

—Dame eso.

Seo-yeon retrocedió.

—¡¿QUIÉN ES ELLA?!

La anciana respondió antes que él.

—La mujer que te dijo que estaba muerta.

Seo-yeon miró a su esposo.

—¿Estuviste casado?

Ji-hoon guardó silencio.

—¡RESPÓNDEME!

Finalmente habló:

—Sí.

Seo-yeon sintió que algo se rompía dentro de ella.

—Durante diez años me dijiste que nunca habías estado casado.

—Porque ese matrimonio terminó antes de conocerte.

La anciana soltó una carcajada amarga.

—¿Terminó?

Ji-hoon la miró furioso.

—No sabes nada.

—Sé que mi hija nunca firmó un divorcio.

Silencio absoluto.

Seo-yeon giró lentamente hacia la anciana.

—¿Qué acaba de decir?

—Soy Yoon Mi-ja.

Señaló a la mujer de la fotografía.

—Ella es mi hija, Yoon Ha-rin.

Después miró a Ji-hoon.

—Y legalmente sigue siendo su esposa.

Seo-yeon dejó caer la fotografía.

—No.

Ji-hoon se acercó.

—Seo-yeon, escúchame.

—¡NO ME TOQUES!

Los invitados comenzaron a murmurar.

Seo-yeon tenía una sola pregunta.

—¿Está viva?

Ji-hoon no respondió.

—¡¿ESTÁ VIVA?!

—No lo sé.

Mi-ja golpeó la mesa.

—¡Mentiroso!

—¡Su automóvil cayó al río hace doce años!

—¡Pero nunca encontraron su cuerpo!

Seo-yeon miró a Ji-hoon.

—Me dijiste que una antigua novia había muerto en un accidente.

—Creí que había muerto.

—¡Nunca dijiste que era tu esposa!

Ji-hoon bajó la mirada.

No tenía defensa.


Seo-yeon quiso terminar la celebración inmediatamente.

Pero Mi-ja no había ido únicamente para revelar un matrimonio secreto.

Sacó un sobre.

—Hay algo más.

Ji-hoon palideció.

—No.

Seo-yeon lo miró.

—¿Qué contiene?

Mi-ja colocó una carta sobre la mesa.

—Esto llegó a mi casa hace tres días.

Seo-yeon la abrió.

Solo había una frase:

“MAMÁ, ESTOY VIVA.”

Seo-yeon levantó lentamente la mirada.

—¿Ha-rin?

Mi-ja asintió.

—Reconocería la letra de mi hija en cualquier lugar.

Ji-hoon tomó la carta.

Sus manos comenzaron a temblar.

—¿Dónde estaba?

—Dentro de mi buzón.

—¿Alguna cámara?

—Sí.

Mi-ja sacó su teléfono.

Reprodujo una grabación.

A las 2:17 de la madrugada, una mujer con el rostro parcialmente cubierto se acercaba a la casa.

Depositaba el sobre.

Antes de marcharse miraba directamente hacia la cámara.

Ji-hoon dejó de respirar.

—Es ella.

Seo-yeon sintió miedo.

—¿Estás seguro?

—Completamente.

Su primera esposa estaba viva.


Seo-yeon salió al jardín.

Ji-hoon la siguió.

—Déjame explicarlo.

—¿Explicar qué?

Ella giró llorando.

—¿Que quizás llevo diez años casada con un hombre que ya tenía esposa?

—Yo creía que Ha-rin estaba muerta.

—¡Pero ocultaste el matrimonio!

—Porque quería olvidarlo.

Seo-yeon negó.

—No.

—¿Qué?

—Hay otra razón.

Ji-hoon permaneció en silencio.

Seo-yeon lo conocía demasiado bien.

—¿Qué ocurrió realmente entre ustedes?

—Nada.

—¡Deja de mentirme!

Entonces Mi-ja apareció detrás.

—Yo puedo responder.

Ji-hoon cerró los ojos.

—No lo hagas.

Mi-ja ignoró la advertencia.

—Mi hija desapareció tres días después de descubrir que estaba embarazada.

Seo-yeon quedó inmóvil.

—¿Embarazada?

Ji-hoon miró hacia el suelo.

—¿Era tu hijo?

—Sí.

Seo-yeon retrocedió.

Ya no sabía cuál de las revelaciones dolía más.

—¿Tienes un hijo?

—Nunca supe si nació.

Mi-ja sacó otra fotografía.

Mostraba a Ha-rin embarazada.

—Tenía casi cinco meses.

Ji-hoon tomó la imagen.

Era evidente que nunca la había visto.

—¿Por qué nunca me dijiste esto?

—Porque Ha-rin me pidió que no lo hiciera.

—¿Por qué?

Mi-ja respondió:

—Porque tenía miedo de ti.

Ji-hoon quedó helado.

—Eso es mentira.

—Entonces explica por qué me dejó esta carta antes de desaparecer.

Sacó otro documento.

Ji-hoon intentó arrebatárselo.

Seo-yeon lo detuvo.

—¡Basta!

Tomó la carta.

Era de Ha-rin.

“Mamá, si algo me ocurre, no permitas que Ji-hoon encuentre al bebé.”

Seo-yeon levantó la mirada.

—¿Qué le hiciste?

—¡Nada!

—¡TU PROPIA ESPOSA TE TENÍA MIEDO!

Ji-hoon golpeó la mesa.

—¡PORQUE DESCUBRIÓ ALGO SOBRE MI FAMILIA!

Silencio.

Finalmente había dicho algo diferente.

Seo-yeon se acercó.

—¿Qué descubrió?

Ji-hoon respiró profundamente.

—Que mi padre estaba utilizando el Grupo Kang para mover dinero ilegalmente.

Mi-ja frunció el ceño.

—¿Qué tiene eso que ver con Ha-rin?

—Ella era auditora.

Seo-yeon recordó que Ji-hoon siempre había dicho que su primera novia trabajaba en finanzas.

Otra verdad escondida dentro de una mentira.

—Ha-rin encontró cuentas secretas.

—¿Y?

—Una de ellas estaba a mi nombre.

Seo-yeon abrió los ojos.

—¿Tú participabas?

—¡No!

Ji-hoon negó.

—Mi padre utilizaba mi identidad.

—¿Ha-rin te creyó?

—Al principio no.

—¿Y después?

—Nunca tuvimos oportunidad de aclararlo.

Tres días más tarde desapareció.


Entonces el teléfono de Mi-ja sonó.

Número desconocido.

Contestó.

—¿Hola?

Silencio.

Después se escuchó una voz femenina.

—Mamá.

Mi-ja dejó de respirar.

—¿Ha-rin?

Ji-hoon levantó la cabeza.

Seo-yeon quedó inmóvil.

—Mamá, no digas nada.

Mi-ja comenzó a llorar.

—¡¿DÓNDE ESTÁS?!

—Estoy bien.

—¡Llevo doce años buscándote!

—Lo sé.

—¡Ji-hoon está aquí!

Silencio.

La respiración de Ha-rin cambió.

—¿También está Seo-yeon?

Seo-yeon abrió los ojos.

¿Cómo sabía su nombre?

Mi-ja activó el altavoz.

—Sí.

Ha-rin dijo:

—Seo-yeon, tienes que salir de esa casa.

—¿Por qué?

—Porque estás en peligro.

Ji-hoon tomó el teléfono.

—¡Ha-rin! ¿Dónde está nuestro hijo?

Silencio.

—¡RESPÓNDEME!

Ha-rin comenzó a llorar.

—Está vivo.

Ji-hoon quedó completamente paralizado.

—¿Tengo un hijo?

—Sí.

—¿Dónde está?

—Más cerca de lo que imaginas.

La llamada terminó.


Ji-hoon ordenó a seguridad rastrear el número.

Imposible.

Pero Seo-yeon estaba pensando en otra cosa.

—Ella sabía que estábamos aquí.

Ji-hoon la miró.

—¿Qué?

—Ha-rin sabía que yo estaba en esta casa.

Seo-yeon observó las ventanas.

—Alguien está vigilándonos.

Revisaron las cámaras.

Encontraron un automóvil estacionado a varias calles.

Había permanecido allí durante horas.

Cuando seguridad llegó, estaba vacío.

Dentro encontraron fotografías.

Decenas.

Ji-hoon entrando a su empresa.

Seo-yeon haciendo compras.

Mi-ja saliendo de casa.

Y una fotografía de un joven.

Aproximadamente once años.

Ji-hoon la tomó.

Sus manos comenzaron a temblar.

—Tiene mis ojos.

Mi-ja comenzó a llorar.

—Mi nieto.

Detrás de la fotografía había una dirección.


Llegaron hasta una pequeña casa en las afueras de Seúl.

La puerta estaba abierta.

—¡Ha-rin!

Ji-hoon entró primero.

Nada.

Seo-yeon encontró una habitación infantil.

Había fotografías del mismo niño.

Cumpleaños.

Escuela.

Vacaciones.

Pero ninguna mostraba claramente a Ha-rin.

Entonces Mi-ja encontró una caja.

Dentro había un certificado de nacimiento.

MADRE: YOON HA-RIN.

Ji-hoon buscó inmediatamente el nombre del padre.

Se quedó inmóvil.

—¿Qué ocurre? —preguntó Seo-yeon.

Él giró el documento.

El espacio correspondiente al padre no decía Kang Ji-hoon.

Decía:

KANG MIN-HO.

Seo-yeon frunció el ceño.

—¿Quién es Kang Min-ho?

Ji-hoon no respondió.

Mi-ja tampoco.

Seo-yeon los miró.

—¿Quién?

Finalmente Ji-hoon habló.

—Mi hermano mayor.

—Nunca dijiste que tenías un hermano.

—Porque murió hace trece años.

Mi-ja negó lentamente.

—No murió.

Ji-hoon giró violentamente.

—¿Qué?

—Min-ho desapareció un año antes que Ha-rin.

Ji-hoon tomó el certificado.

—Entonces…

Seo-yeon terminó la frase:

—Quizás ese niño no es tuyo.

Ji-hoon parecía destruido.

Pero Mi-ja negó.

—Hay algo que no encaja.

—¿Qué?

—Ha-rin me juró que el bebé era de Ji-hoon.

Seo-yeon miró nuevamente el documento.

—Entonces alguien cambió el nombre.


Encontraron una computadora dentro de la casa.

Solo contenía un video.

Ha-rin aparecía frente a la cámara.

—Si están viendo esto, significa que encontraron la casa.

Ji-hoon se acercó.

—Hace doce años descubrí que el padre de Ji-hoon estaba robando dinero.

La grabación continuó.

—Pero después descubrí algo peor.

Apareció una fotografía de Kang Min-ho.

—Min-ho no murió.

Ji-hoon apretó los puños.

—Su padre lo obligó a desaparecer después de descubrir las mismas cuentas que yo.

Seo-yeon comenzó a comprender.

Ha-rin continuó:

—Min-ho me ayudó a escapar.

—Por eso aparece como padre —dijo Seo-yeon.

La grabación confirmó:

—Registramos al niño como hijo de Min-ho para que nadie descubriera que era heredero directo de Ji-hoon.

Ji-hoon cerró los ojos.

Tenía un hijo.

Había estado vivo durante once años.

—Pero hay algo que nunca pude contarle a Ji-hoon.

Todos escucharon atentamente.

—Su padre no era quien controlaba realmente las cuentas.

Silencio.

—Alguien más daba las órdenes.

La imagen comenzó a fallar.

Ji-hoon golpeó la computadora.

—¡Vamos!

Ha-rin reapareció.

—Esa persona todavía está cerca de él.

La grabación terminó.


En ese momento escucharon un ruido abajo.

Ji-hoon salió corriendo.

—¡¿Quién está ahí?!

Una figura intentó escapar por la puerta.

Ji-hoon consiguió alcanzarla.

La sujetó.

Era un joven.

El mismo de las fotografías.

El muchacho lo miró aterrorizado.

Ji-hoon soltó lentamente su brazo.

—¿Cómo te llamas?

Joon-seo.

—¿Quién es tu madre?

El joven respondió:

—Ha-rin.

Ji-hoon sintió que las piernas casi le fallaban.

—Yo soy…

El muchacho retrocedió.

—Sé quién eres.

—¿Qué te dijo tu madre sobre mí?

Joon-seo lo miró.

—Que eres mi padre.

Ji-hoon comenzó a llorar.

Intentó acercarse.

Pero el niño retrocedió.

—No.

—Joon-seo…

—Mamá dijo que no debía confiar en ti hasta que descubrieras la verdad.

—¿Qué verdad?

El muchacho sacó una llave.

—La razón por la que desapareció.


La llave pertenecía a una caja de seguridad.

Dentro encontraron documentos antiguos del Grupo Kang.

Transferencias.

Fotografías.

Grabaciones.

Y una lista de nombres.

Ji-hoon revisó cada página.

Hasta que Seo-yeon encontró algo extraño.

—Mi nombre está aquí.

Ji-hoon giró.

—¿Qué?

Seo-yeon mostró un documento fechado quince años atrás.

Su nombre completo aparecía junto al de Ha-rin.

—Eso es imposible. Yo no conocía a Ha-rin.

Mi-ja tomó el documento.

Su rostro cambió.

—Pero ella sí te conocía.

—¿Qué?

Mi-ja comenzó a llorar.

—Hay algo que nunca te conté.

Seo-yeon retrocedió.

—¿Sobre mí?

La anciana asintió.

—Ha-rin no era mi única hija.

Silencio.

Seo-yeon dejó de respirar.

—Tuve otra.

Ji-hoon miró a su esposa.

—¿Qué está diciendo?

Mi-ja observó directamente a Seo-yeon.

—Una bebé que me quitaron al nacer.

Seo-yeon negó.

—No.

—Me dijeron que había muerto.

—¡NO!

Mi-ja sacó la antigua fotografía de boda.

Giró la imagen.

Detrás había dos nombres escritos.

Ha-rin y Seo-yeon.

Seo-yeon sintió que el mundo desaparecía bajo sus pies.

—¿Está diciendo que…?

Mi-ja comenzó a llorar.

—Creo que tú eres mi hija.

Ji-hoon quedó inmóvil.

Joon-seo observó a ambas.

Seo-yeon miró a la mujer de la fotografía.

Por primera vez reparó realmente en su rostro.

Los ojos.

La forma de la nariz.

La sonrisa.

Se parecían demasiado.

—Entonces Ha-rin…

Mi-ja respondió:

—Podría ser tu hermana mayor.


Ji-hoon parecía incapaz de procesarlo.

Su esposa actual podía ser hermana de su primera esposa.

Seo-yeon miró los documentos.

—¿Quién me separó de usted?

Mi-ja señaló el nombre que aparecía repetidamente en las transferencias.

Kang Dae-sung.

El padre de Ji-hoon.

Seo-yeon levantó la mirada.

—¿Por qué?

Nadie respondió.

Hasta que Joon-seo habló.

—Mi mamá sí sabe.

Todos lo miraron.

—¿Dónde está?

El muchacho señaló hacia la puerta.

—Esperando saber si finalmente podían confiar entre ustedes.

Una mujer apareció.

Ji-hoon dejó de respirar.

Mi-ja comenzó a llorar.

—Ha-rin…

Doce años después de su desaparición, Ha-rin estaba frente a ellos.

Ji-hoon dio un paso.

—¿Por qué?

Ella levantó una mano.

—Antes de preguntarme por qué desaparecí, pregúntale a Seo-yeon algo.

Seo-yeon frunció el ceño.

—¿Qué?

Ha-rin se acercó lentamente.

La observó durante varios segundos.

Después sacó una pequeña fotografía de dos bebés.

—¿Nunca te preguntaste por qué no existen fotografías tuyas antes de los seis meses?

Seo-yeon palideció.

Era verdad.

Ha-rin continuó:

—Porque Han Seo-yeon no fue el nombre con el que naciste.

—Entonces ¿cómo me llamaba?

Ha-rin respondió:

Yoon Seo-ah.

Mi-ja comenzó a llorar.

Seo-yeon retrocedió.

—¿Quién me llevó?

Ha-rin miró a Ji-hoon.

—Su padre.

—¿Por qué mi padre robaría una bebé?

Ha-rin sacó el último documento.

—Porque nuestra madre no era una mujer cualquiera.

Mi-ja cerró los ojos.

Ji-hoon tomó el documento.

Era un antiguo registro de accionistas.

La familia Yoon había poseído una parte enorme del Grupo Kang.

Ha-rin explicó:

—Cuando nuestro padre murió, sus acciones debían dividirse entre sus hijas.

Seo-yeon comprendió.

—Entre nosotras.

—Sí.

—¿Y si todos creían que yo estaba muerta?

—Tu parte podía ser controlada por otra persona.

Ji-hoon miró el documento.

—Mi padre.

Ha-rin asintió.

Durante décadas, Kang Dae-sung había construido parte de su imperio sobre una identidad borrada.

Pero Seo-yeon todavía tenía una pregunta.

—¿Por qué regresaste precisamente hoy?

Ha-rin miró hacia Ji-hoon.

—Porque hoy se cumplen diez años de su matrimonio.

—¿Y?

—Mañana entra en vigor una cláusula del antiguo fideicomiso Yoon.

Seo-yeon sintió miedo.

—¿Qué cláusula?

Ha-rin sacó otro documento.

—Si la segunda hija de Mi-ja sigue legalmente desaparecida al cumplirse este plazo…

Miró directamente a Seo-yeon.

—Todas sus acciones pasan definitivamente a la familia Kang.

Ji-hoon palideció.

—Entonces tenemos hasta mañana para demostrar quién es Seo-yeon.

—Exactamente.

Seo-yeon miró a su esposo.

Después a Ha-rin.

Después a la mujer que podía ser su verdadera madre.

Todo lo que había creído durante años estaba derrumbándose.

Pero entonces Ji-hoon encontró algo escrito al final del documento.

—Esperen.

Ha-rin se acercó.

—¿Qué?

Ji-hoon leyó nuevamente.

Su expresión cambió.

—Aquí dice que la transferencia solo puede ejecutarse con la autorización del actual representante de la familia Yoon.

Mi-ja frunció el ceño.

—Yo soy la representante.

Ji-hoon negó.

—No según esto.

—¿Entonces quién?

Ji-hoon levantó lentamente la mirada.

—Su esposo.

Mi-ja dejó de respirar.

—Eso es imposible.

Seo-yeon preguntó:

—¿Mi verdadero padre?

Mi-ja comenzó a temblar.

—Él murió hace treinta años.

Ha-rin miró el documento.

Después miró a su madre.

—Mamá…

—¿Qué?

—No dice que murió.

Silencio.

—Dice que renunció a sus derechos y desapareció.

Mi-ja quedó completamente inmóvil.

Seo-yeon sintió un nuevo escalofrío.

Habían encontrado a Ha-rin.

Habían descubierto a Joon-seo.

Seo-yeon acababa de descubrir que quizá toda su identidad era falsa.

Pero la persona que podía decidir el destino de todo el patrimonio familiar…

podía seguir viva.

Y entonces el teléfono de Ha-rin vibró.

Un mensaje.

Lo abrió.

Solo contenía una fotografía tomada hacía pocos minutos.

Mostraba a un anciano parado frente a la mansión Kang.

Debajo había cuatro palabras:

“DÍGANLES QUE HE VUELTO.”

Mi-ja vio el rostro.

Dejó caer el teléfono.

—Es él.

Seo-yeon la miró.

—¿Quién?

La anciana respondió entre lágrimas:

—Tu verdadero padre.

Y Ji-hoon comprendió que la aparición de su primera esposa no había destruido únicamente su aniversario.

Había despertado una guerra familiar que llevaba treinta años esperando para comenzar.

By yhq9q

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