¡No subas a ese avión!

Kang Min-ho estaba a pocos minutos de abordar el vuelo que podía cambiar definitivamente el futuro de su empresa.

El presidente del poderoso Grupo Kang viajaría desde Seúl hasta Singapur para firmar un acuerdo valorado en cientos de millones de dólares.

Durante meses había trabajado en secreto para cerrar aquella negociación.

Aquella mañana llegó al Aeropuerto Internacional de Incheon acompañado únicamente por su asistente.

Su esposa, Han Seo-jin, se había despedido de él en casa.

—Regresa pronto —le había dicho.

—En dos días estoy contigo.

Parecía un viaje completamente normal.

Hasta que Seo-jin recibió un mensaje.

Estaba desayunando cuando su teléfono vibró.

Miró la pantalla.

El remitente era su esposo.

MIN-HO.

Pensó que probablemente había olvidado algo.

Abrió el mensaje.

Y dejó caer la taza.

Solo decía:

“SI SUBE AL AVIÓN, NO REGRESA.”

Seo-jin leyó la frase tres veces.

Inmediatamente llamó a Min-ho.

No respondió.

Volvió a intentarlo.

Nada.

—Min-ho… contesta.

Tercera llamada.

Cuarta.

Quinta.

Silencio.

Seo-jin tomó las llaves y salió corriendo.


En el aeropuerto, Min-ho esperaba tranquilamente frente a la puerta de embarque.

Su asistente revisó la hora.

—Señor Kang, comenzarán a abordar en cinco minutos.

Min-ho guardó unos documentos.

—Perfecto.

Entonces escuchó gritos detrás.

—¡MIN-HO!

Giró.

Seo-jin corría hacia él.

—¿Seo-jin?

Ella llegó completamente agitada.

—¡NO SUBAS A ESE AVIÓN!

Varias personas miraron.

Min-ho la sostuvo por los hombros.

—¡¿Qué pasa?!

Seo-jin mostró su teléfono.

—¡Me enviaron esto desde tu número!

Min-ho leyó el mensaje.

Su expresión cambió.

—Yo no envié eso.

—¡Viene de tu teléfono!

Min-ho metió inmediatamente la mano en el bolsillo de su chaqueta.

Nada.

Revisó el pantalón.

Después su maletín.

Su rostro palideció.

—Mi teléfono…

—¿Qué?

—No está.

Min-ho miró alrededor.

Entonces vio a un hombre con gorra caminando rápidamente detrás de ellos.

Llevaba un teléfono en la mano.

La funda era inconfundible.

—¡ESE HOMBRE TIENE MI TELÉFONO!

El desconocido escuchó.

Y comenzó a correr.

—¡DETÉNGANLO!

Min-ho salió detrás de él.

Dos agentes de seguridad reaccionaron.

El hombre atravesó una zona comercial y empujó a varias personas antes de llegar a unas escaleras.

Min-ho casi consiguió alcanzarlo.

Pero el desconocido lanzó el teléfono al suelo.

¡CRASH!

La pantalla quedó destrozada.

Después cruzó una puerta de emergencia.

Cuando seguridad llegó al otro lado, había desaparecido.

Min-ho recogió el dispositivo.

—Es el mío.

Seo-jin llegó corriendo.

—¿Quién era?

—No tengo idea.

Uno de los agentes pidió el teléfono.

—Necesitamos revisar las cámaras.

Min-ho miró hacia la puerta de embarque.

Su vuelo comenzaba a abordar.

Seo-jin agarró su brazo.

—No vas a subir.

—Todavía no sabemos si la amenaza es real.

—¡Alguien robó tu teléfono y me escribió que no regresarías!

Min-ho permaneció en silencio.

Ella tenía razón.

Entonces su asistente llegó.

—Señor Kang, tenemos otro problema.

—¿Qué ocurrió?

—El hombre que huyó llevaba una credencial de nuestra empresa.

Min-ho frunció el ceño.

—¿Estás seguro?

El asistente mostró una fotografía tomada por una cámara del aeropuerto.

Aunque el rostro estaba parcialmente cubierto, en su chaqueta aparecía una tarjeta.

GRUPO KANG — SEGURIDAD EJECUTIVA.

Seo-jin miró a su esposo.

—Alguien de tu propia empresa.

Min-ho llamó inmediatamente al jefe de seguridad corporativa.

—Necesito identificar a este hombre.

Envió la fotografía.

Treinta segundos después recibió respuesta.

—Señor Kang… esa credencial pertenece a Lee Dong-wook.

—¿Quién es?

Silencio.

—Era uno de nuestros empleados de seguridad.

—¿Era?

—Murió hace seis meses.

Min-ho dejó de respirar.

—Repítelo.

—Lee Dong-wook murió en un accidente.

Seo-jin escuchó.

—Entonces alguien está utilizando su identidad.

Min-ho miró nuevamente la fotografía.

Aquello ya no parecía un simple robo.

Alguien había preparado todo.


La policía aeroportuaria comenzó a revisar las cámaras.

El vuelo seguía esperando.

Min-ho llamó a los ejecutivos que lo recibirían en Singapur.

—Tendremos que retrasar la reunión.

Pero antes de terminar la llamada, su asistente entró corriendo.

—Señor Kang.

—¿Qué?

—Encontraron algo en su equipaje.

Seo-jin palideció.

—¿Qué cosa?

Un agente colocó sobre una mesa un pequeño dispositivo electrónico.

—Estaba escondido dentro del revestimiento del maletín.

Min-ho lo observó.

—¿Qué es?

—Un rastreador.

Seo-jin se llevó una mano a la boca.

—¿Alguien quería saber dónde estaba?

El agente negó.

—Probablemente dónde estaría su equipaje.

Aquella diferencia era importante.

Min-ho miró su maleta.

—¿Por qué rastrearían un maletín que iba conmigo?

Nadie respondió.

Entonces Seo-jin recordó algo.

—¿Qué llevas dentro?

—Documentos.

—¿Qué documentos?

Min-ho dudó.

—Los contratos para la negociación.

—¿Solamente eso?

Silencio.

Seo-jin lo conocía demasiado bien.

—Min-ho.

Finalmente él abrió un compartimiento oculto.

Sacó una memoria cifrada.

—También esto.

Su esposa frunció el ceño.

—¿Qué contiene?

—Pruebas.

—¿Pruebas de qué?

Min-ho miró a los agentes antes de responder.

—Durante los últimos ocho meses alguien ha estado desviando dinero del Grupo Kang.

—¿Cuánto?

—Más de quinientos millones de dólares.

Seo-jin abrió los ojos.

—¿Y descubriste quién?

—Creo que sí.

—¿Quién?

Min-ho bajó la voz.

—Mi vicepresidente.

Kang Tae-sung.

Su propio hermano.

Seo-jin quedó inmóvil.

—¿Tu hermano está robando la empresa?

—Todavía necesitaba demostrarlo.

—¿Por eso viajabas?

Min-ho asintió.

—La empresa de Singapur controla una de las cuentas utilizadas para mover el dinero. Esta memoria contiene la información que necesitaba entregarles.

Seo-jin miró el rastreador.

—Entonces quizá no querían impedir que subieras al avión.

Min-ho comprendió inmediatamente.

—Querían encontrar la memoria.

El asistente intervino.

—Pero entonces ¿por qué enviar la amenaza?

Nadie sabía la respuesta.

Hasta que Min-ho observó nuevamente el mensaje.

“SI SUBE AL AVIÓN, NO REGRESA.”

—Quizás quien escribió esto no está intentando matarme.

Seo-jin lo miró.

—¿Qué quieres decir?

—Quizás intentaba salvarme.


Las cámaras finalmente encontraron al hombre.

Había entrado al aeropuerto tres horas antes.

Pero no estaba solo.

Una mujer lo acompañaba.

Seo-jin se acercó al monitor.

—Amplíen.

El agente congeló la imagen.

La mujer llevaba gafas oscuras.

Min-ho quedó completamente inmóvil.

—No puede ser.

—¿La conoces? —preguntó Seo-jin.

Min-ho no respondió.

—¡Min-ho!

—Es Yoon Ha-rin.

Seo-jin frunció el ceño.

—¿Quién?

—Mi antigua secretaria.

—Nunca escuché ese nombre.

—Porque desapareció hace cuatro años.

Seo-jin lo miró.

—¿Desapareció?

—Una noche salió de la empresa y nunca regresó.

—¿La policía investigó?

—Sí.

—¿Qué encontraron?

Min-ho bajó la mirada.

—Su automóvil apareció abandonado junto al río Han.

Seo-jin volvió a mirar la pantalla.

La mujer parecía estar viva.

—¿Por qué una persona desaparecida hace cuatro años estaría robando tu teléfono?

Min-ho recordó algo.

—Porque Ha-rin fue la primera persona que me advirtió sobre Tae-sung.

Silencio.

—¿Qué?

—Antes de desaparecer me dijo que mi hermano estaba haciendo movimientos extraños dentro de la empresa.

—¿Y no le creíste?

Min-ho negó lentamente.

—Pensé que había cometido un error.

Ahora comprendía que probablemente no había cometido ninguno.


Entonces ocurrió algo todavía más extraño.

El vuelo de Min-ho cerró sus puertas.

El avión comenzó a alejarse de la terminal.

Seo-jin respiró aliviada.

—Ya está.

Min-ho observó por la ventana.

—¿Qué?

—No subiste.

En ese instante, el teléfono de Seo-jin vibró.

Otro mensaje desde el número de Min-ho.

Pero el teléfono robado estaba destruido sobre una mesa frente a ellos.

Seo-jin palideció.

—Eso es imposible.

Abrió el mensaje.

“BIEN. AHORA SALGAN DEL AEROPUERTO.”

Min-ho miró inmediatamente alrededor.

—Nos están observando.

Llegó otro.

“NO CONFÍEN EN SEGURIDAD.”

Min-ho levantó lentamente la mirada hacia los agentes.

Uno de ellos estaba hablando discretamente por teléfono.

El mensaje continuó:

“EL HOMBRE QUE BUSCAN ESTÁ EN EL ESTACIONAMIENTO B4.”

Min-ho tomó la mano de su esposa.

—Vamos.

—¿A dónde?

—A descubrir quién está haciendo esto.


Llegaron al estacionamiento acompañados únicamente por el asistente.

Nivel B4.

Casi vacío.

—¿Hola? —gritó Min-ho.

Nada.

Entonces se encendieron las luces de un automóvil.

El mismo hombre que había robado su teléfono salió lentamente.

Min-ho avanzó.

—¡¿Quién eres?!

El desconocido se quitó la gorra.

Min-ho quedó sorprendido.

No era Lee Dong-wook.

Era un joven que no conocía.

—Me llamo Park Joon-ho.

—¿Por qué utilizas la credencial de un muerto?

—Porque esa era la única manera de entrar a las zonas privadas del aeropuerto.

—¿Quién te envió?

Una segunda puerta del automóvil se abrió.

Yoon Ha-rin salió.

Min-ho quedó sin palabras.

—Ha-rin…

—Ha pasado mucho tiempo, presidente Kang.

—Creí que estabas muerta.

—Eso era exactamente lo que su hermano necesitaba que creyera.

Seo-jin preguntó:

—¿Usted envió los mensajes?

—Sí.

—¿Por qué robar el teléfono?

—Porque el suyo está intervenido.

Min-ho miró el dispositivo destrozado.

—¿Por quién?

Ha-rin respondió:

—Tae-sung escucha prácticamente todas sus conversaciones.

Min-ho apretó los puños.

—Entonces tenías razón hace cuatro años.

—Solo descubrí una parte.

Ha-rin sacó una carpeta.

—Su hermano está robando dinero.

—Lo sé.

—Pero ese no es el verdadero problema.

Min-ho frunció el ceño.

—¿Entonces cuál es?

—Tae-sung no controla la operación.

Min-ho quedó sorprendido.

—¿Quién la controla?

Ha-rin miró a Seo-jin.

Su expresión cambió.

—No podemos hablar aquí.

Seo-jin notó inmediatamente aquella mirada.

—¿Por qué me mira así?

Ha-rin guardó silencio.

—¿Qué sabe de mí?

—Más de lo que debería.

Min-ho se interpuso.

—Habla.

Ha-rin respiró profundamente.

—La persona detrás de todo sabía exactamente qué vuelo tomaría, qué documentos llevaría y a qué hora saldría de casa.

—Mi hermano podía saberlo.

—No.

Ha-rin negó.

—La reserva cambió anoche.

Min-ho recordó.

Era cierto.

Originalmente debía viajar por la tarde, pero decidió adelantar el vuelo durante la cena.

Solamente tres personas escucharon el cambio.

Min-ho.

Su asistente.

Y Seo-jin.

Min-ho miró lentamente a su esposa.

Ella retrocedió.

—No me mires así.

—Yo no dije nada.

—Pero lo estás pensando.

Ha-rin intervino:

—Ella tampoco filtró la información.

Seo-jin respiró aliviada.

—Entonces ¿quién?

Ha-rin sacó una pequeña fotografía.

—Había una cuarta persona dentro de su casa anoche.

Min-ho tomó la imagen.

Era una captura de una cámara exterior.

Mostraba a un hombre entrando por una puerta lateral de la mansión.

Seo-jin reconoció la chaqueta.

—No…

Min-ho amplió el rostro.

Su expresión cambió.

—Tae-sung.

Su hermano había estado dentro de su casa.

—¿Cómo entró sin activar la alarma?

Seo-jin quedó en silencio.

Min-ho la miró.

—¿Quién conoce el código además de nosotros?

—Tu madre.

Aquella respuesta hizo que todos se callaran.

Ha-rin cerró los ojos.

—Ahí está el problema.

Min-ho sintió un escalofrío.

—¿Qué quieres decir?

—Durante cuatro años pensé que Tae-sung dirigía todo.

Ha-rin abrió la carpeta.

Dentro había transferencias, grabaciones y fotografías.

—Estaba equivocada.

Colocó una fotografía sobre el capó del automóvil.

Min-ho la tomó.

Aparecía Tae-sung reunido en secreto con una mujer.

Min-ho reconoció inmediatamente a la persona.

—Mamá…

Era Chairwoman Kang Mi-sook, la mujer que oficialmente llevaba cinco años retirada de la compañía.

Seo-jin levantó la mirada.

—¿Tu propia madre?

Ha-rin asintió.

—Tae-sung recibe órdenes de ella.

Min-ho retrocedió.

—Eso no tiene sentido.

—Lo tendrá cuando vea esto.

Ha-rin mostró un antiguo documento.

Era el testamento del padre de Min-ho.

Según el documento conocido por la familia, Min-ho había heredado el control del Grupo Kang.

Pero aquella copia tenía una cláusula adicional.

Min-ho comenzó a leer.

Su rostro cambió.

—¿Qué dice? —preguntó Seo-jin.

Min-ho apenas consiguió responder.

—Si yo muero sin descendencia reconocida…

Miró a su esposa.

—Mis acciones pasan a Tae-sung.

Seo-jin abrió los ojos.

—Pero nosotros tenemos una hija.

Ha-rin la miró.

—Ese es precisamente el problema.

Min-ho sintió que el corazón se detenía.

—¿Qué estás diciendo?

Ha-rin sacó otro documento.

Era una prueba genética.

Min-ho intentó tomarla.

—¿De quién es esto?

Ha-rin no respondió inmediatamente.

—¡¿DE QUIÉN?!

Finalmente habló:

—De su hija.

Seo-jin palideció.

—Eso es imposible.

Min-ho abrió el informe.

Leyó el resultado.

Volvió a leerlo.

Sus manos comenzaron a temblar.

—No…

Seo-jin intentó acercarse.

—Min-ho…

Él retrocedió.

—La prueba dice que no soy su padre.

Seo-jin quedó completamente destruida.

—¡Yo nunca te engañé!

—Entonces explícame esto.

—¡No puedo!

Ha-rin intervino:

—Porque el resultado también fue manipulado.

Min-ho levantó la mirada.

—¿Qué?

—Su madre necesitaba que legalmente pareciera que usted no tenía descendencia.

Todo comenzaba a encajar.

Si Min-ho moría y su hija era declarada legalmente ajena a él, Tae-sung podía reclamar el paquete de acciones.

Seo-jin preguntó:

—Entonces ¿el avión…?

Ha-rin asintió.

—Alguien esperaba que el presidente Kang abordara ese vuelo.

Min-ho miró hacia el techo del estacionamiento.

Sobre ellos, el avión ya había despegado.

Entonces Ha-rin recibió una llamada.

Contestó.

Su rostro cambió.

—¿Qué?

Todos la miraron.

—Repítelo.

Colgó.

Min-ho se acercó.

—¿Qué ocurrió?

Ha-rin permaneció en silencio durante varios segundos.

—El vuelo acaba de solicitar regresar a Incheon.

Seo-jin palideció.

—¿Por qué?

—Detectaron una falla grave poco después del despegue.

Min-ho dejó de respirar.

El mensaje regresó inmediatamente a su mente:

“SI SUBE AL AVIÓN, NO REGRESA.”

Pero Ha-rin todavía no había terminado.

—Hay algo más.

—¿Qué?

—La policía encontró a un pasajero viajando con documentación falsa.

Min-ho frunció el ceño.

—¿Quién?

Ha-rin mostró una fotografía enviada desde el avión.

Min-ho sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

Era Tae-sung.

Su hermano estaba dentro del vuelo que él debía tomar.

Seo-jin lo miró aterrada.

—¿Qué hacía allí?

Min-ho no respondió.

Entonces llegó un nuevo mensaje al teléfono de Ha-rin.

Una sola frase:

“MIN-HO NO ERA EL OBJETIVO.”

Todos quedaron inmóviles.

Un segundo mensaje apareció:

“TAE-SUNG SÍ.”

Min-ho miró hacia la pista.

Durante toda la mañana había creído que alguien intentaba impedir que llegara vivo a Singapur.

Ahora comprendía que la amenaza podía significar algo completamente diferente.

Quizás alguien robó su teléfono para salvarlo.

Quizás la falla del avión no estaba destinada a él.

Y quizás su hermano había abordado aquel vuelo porque sabía algo que nadie más debía descubrir.

Min-ho miró a Ha-rin.

—Si Tae-sung era el verdadero objetivo…

Hizo una pausa.

—¿Quién quiere matarlo?

Ha-rin no respondió.

Porque en ese instante recibió una fotografía.

Mostraba a la madre de Min-ho entrando apresuradamente al aeropuerto.

Debajo aparecía un último mensaje:

“Pregúntenle a ella por qué necesitaba que sus dos hijos estuvieran en el mismo avión.”

By yhq9q

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