Cuando Kang Min-jae abrió los ojos en una habitación privada del Hospital Central de Seúl, apenas podía recordar cómo había llegado allí.
Intentó incorporarse.
Un dolor intenso atravesó su cuerpo.
—No se mueva, señor Kang —dijo una enfermera—. Sufrió un accidente grave.
Entonces comenzaron a regresar los recuerdos.
La carretera.
La lluvia.
Una curva.
Su pie presionando desesperadamente el freno.
Y nada.
El automóvil no respondió.
Min-jae perdió el control y atravesó una barrera antes de terminar contra un árbol.
Había sobrevivido por centímetros.
—¿Cuánto tiempo llevo aquí?
—Casi dos días.
Las puertas se abrieron.
Su esposa, Han Seo-yeon, entró corriendo.
Tenía los ojos hinchados de tanto llorar.
—¡Min-jae!
Corrió hacia la cama y trató de abrazarlo.
Pero él la apartó bruscamente.
—¡NO ME TOQUES!
Seo-yeon quedó paralizada.
Min-jae la miraba con una mezcla de rabia y miedo.
—¡TÚ CORTASTE LOS FRENOS!
—¡¿Estás loco?!
—Sé perfectamente lo que ocurrió.
—¡Llevo dos días sin separarme de este hospital!
Antes de que Min-jae pudiera responder, entró su hermano menor, Kang Tae-ho.
Llevaba un teléfono.
—Ella tiene razón en una cosa.
Seo-yeon lo miró.
—¿En qué?
—Los frenos fueron manipulados.
Min-jae cerró los puños.
Seo-yeon retrocedió.
—¿Qué?
Tae-ho colocó el teléfono frente a ellos.
—Revisé las cámaras del garaje.
Reprodujo una grabación.
A las 2:13 de la madrugada, una mujer entraba al garaje de la mansión Kang.
Llevaba una gorra y ropa oscura.
Se acercaba al automóvil de Min-jae.
Abría el capó.
Después se agachaba junto a una de las ruedas.
Min-jae señaló la pantalla.
—¡Ahí estás!
Seo-yeon observó aterrada.
La mujer tenía su misma altura.
Su mismo cabello.
Incluso parecía tener exactamente su rostro.
—¡Esa no soy yo!
Tae-ho congeló la imagen.
—Entonces explícame esto.
Amplió el rostro.
Seo-yeon dejó de respirar.
La mujer de la grabación era prácticamente idéntica a ella.
—No puede ser…
Min-jae la miró.
—¿Todavía vas a negarlo?
—¡Claro que voy a negarlo! ¡Nunca bajé al garaje esa noche!
Tae-ho preguntó:
—¿Puedes demostrarlo?
Seo-yeon pensó.
—Sí.
Sacó su teléfono.
—A esa hora estaba hablando con mi madre.
Buscó el historial.
Pero la llamada no aparecía.
Seo-yeon frunció el ceño.
—No entiendo.
—Conveniente —respondió Tae-ho.
—¡Yo hice esa llamada!
Min-jae cerró los ojos.
—Seo-yeon, basta.
Aquellas palabras le dolieron más que cualquier acusación.
—¿Realmente crees que intenté matarte?
Min-jae no respondió.
Seo-yeon comprendió la respuesta.
Las lágrimas aparecieron en sus ojos.
—Después de nueve años juntos… ¿eso piensas de mí?
Antes de que Min-jae pudiera hablar, entró un detective.
—Señor Kang, tenemos el informe preliminar.
Colocó varias fotografías sobre la mesa.
—No fue una avería. Alguien manipuló deliberadamente el sistema de frenos.
Seo-yeon miró a Min-jae.
—Pero yo no fui.
El detective observó la grabación.
—Necesitamos interrogarla.
Seo-yeon asintió.
—Pregunte lo que quiera.
Entonces el detective mostró otra fotografía.
—Encontramos esto cerca del automóvil.
Era un pendiente.
Seo-yeon llevó inmediatamente una mano a su oreja.
Le faltaba uno.
Tae-ho sonrió.
—¿También dirás que no es tuyo?
Seo-yeon tomó la fotografía.
—Sí es mío.
Min-jae quedó destrozado.
—Seo-yeon…
—¡Pero desapareció hace una semana!
—¿Qué?
—Tenía el par cuando fuimos a la cena de aniversario de tu padre. Al regresar descubrí que había perdido uno.
Tae-ho soltó una risa.
—¿Y casualmente aparece debajo del automóvil?
Seo-yeon lo miró.
—Alguien lo colocó allí.
—¿Quién?
—Eso quiero descubrir.
El detective pidió revisar nuevamente la grabación.
Esta vez la proyectaron en el televisor de la habitación.
Seo-yeon observó cada movimiento.
De repente señaló la pantalla.
—¡Deténgalo!
Congelaron la imagen.
—Amplíe su mano izquierda.
El detective lo hizo.
Seo-yeon se acercó.
—Esa mujer no soy yo.
Tae-ho perdió la paciencia.
—¡Tiene tu cara!
—Pero lleva el anillo en la mano izquierda.
Todos miraron.
—¿Y?
Seo-yeon levantó sus manos.
—Yo tengo una lesión antigua en ese dedo. Desde adolescente no puedo usar anillos ahí.
Min-jae recordó que era cierto.
—Entonces… ¿quién es?
Seo-yeon miró fijamente a la mujer de la pantalla.
Había algo perturbadoramente familiar en ella.
No era solamente un parecido.
Era como mirarse en un espejo.
Entonces Min-jae recordó algo.
—Tu madre.
Seo-yeon giró.
—¿Qué?
—Cuando nos casamos, tu madre dijo algo sobre otra hija.
Seo-yeon quedó inmóvil.
—No.
—¿Qué ocurre?
Ella retrocedió.
—Mi madre tuvo gemelas.
Tae-ho abrió los ojos.
—¿Tienes una hermana gemela?
—No.
—Acabas de decir…
—Una murió al nacer.
Silencio.
Seo-yeon había escuchado aquella historia toda su vida.
Su madre había dado a luz a dos niñas.
Una sobrevivió.
La otra supuestamente murió pocas horas después.
El detective preguntó:
—¿Existe certificado de defunción?
—Supongo.
—¿Lo ha visto?
Seo-yeon abrió la boca.
No pudo responder.
Nunca lo había visto.
Min-jae la observó.
—Llama a tu madre.
Seo-yeon marcó inmediatamente.
Nada.
Volvió a llamar.
Teléfono apagado.
—Eso no es normal.
Tae-ho cruzó los brazos.
—¿Ahora también desapareció tu madre?
Seo-yeon lo ignoró.
Llamó a la empleada que trabajaba en casa de su madre.
La mujer respondió aterrada.
—Señorita Seo-yeon…
—¿Dónde está mi madre?
Silencio.
—¡RESPONDA!
—No lo sé.
Seo-yeon sintió un escalofrío.
—¿Cómo que no lo sabe?
—Esta mañana encontré la puerta abierta. Su habitación estaba vacía.
Min-jae escuchó desde la cama.
—Pregúntale si ocurrió algo extraño.
Seo-yeon lo hizo.
La empleada dudó.
—Ayer recibió una visita.
—¿Quién?
—Pensé que era usted.
Seo-yeon dejó de respirar.
—¿Qué?
—Una mujer idéntica a usted.
La habitación quedó en absoluto silencio.
—¿Está segura?
—Completamente. Incluso la llamé señorita Seo-yeon.
—¿Qué hizo mi madre cuando la vio?
La empleada respondió:
—Comenzó a llorar.
Seo-yeon sintió que las piernas le fallaban.
—¿Escuchó lo que dijeron?
—Solo una frase.
—¿Cuál?
La mujer respiró profundamente.
—Su madre dijo: “Me dijeron que habías muerto.”
La llamada terminó.
Nadie habló durante varios segundos.
Min-jae miró la grabación nuevamente.
—Tu hermana está viva.
Seo-yeon negó lentamente.
—Si realmente es mi hermana… ¿por qué intentaría matarte?
Nadie tenía respuesta.
Hasta que Tae-ho habló:
—Quizás no intentaba matarlo por algo relacionado contigo.
Todos lo miraron.
—¿Qué quieres decir?
Tae-ho sacó una carpeta.
—Min-jae iba a hacer algo importante el día del accidente.
Su hermano frunció el ceño.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque encontré esto en tu oficina.
Era un informe interno del Grupo Kang.
Min-jae lo reconoció.
Su expresión cambió.
—No debías tener eso.
Seo-yeon preguntó:
—¿Qué contiene?
Min-jae guardó silencio.
—¡Casi te matan! Ya no puedes seguir ocultándome cosas.
Finalmente habló.
—Descubrí que alguien lleva años desviando dinero de la empresa.
—¿Cuánto?
—Casi trescientos millones de dólares.
Seo-yeon abrió los ojos.
—¿Quién?
—Todavía no estaba seguro.
Tae-ho dejó caer varios documentos sobre la cama.
—Pero todas las transferencias terminan relacionadas con la misma persona.
Seo-yeon tomó una hoja.
Allí aparecía un nombre.
Han Soo-jin.
Era su madre.
—Esto es imposible.
Min-jae habló:
—Por eso iba a verla aquella mañana.
Seo-yeon levantó la mirada.
—¿Ibas a enfrentar a mi madre?
—Sí.
—¿Y sufriste el accidente antes de llegar?
Min-jae asintió.
Todo comenzaba a conectarse.
La hermana gemela supuestamente muerta.
La desaparición de su madre.
Los millones desviados.
Y el intento de asesinato.
Entonces el detective recibió una llamada.
Su expresión cambió mientras escuchaba.
—¿Está seguro?
Colgó.
—Encontraron a su madre.
Seo-yeon corrió hacia él.
—¿Dónde?
—En una estación de tren.
—¿Está bien?
—Sí. Pero está aterrada.
—Quiero hablar con ella.
El detective levantó una mano.
—Hay algo más.
—¿Qué?
—No estaba sola.
Seo-yeon sintió que su corazón se detenía.
—¿Con quién?
El detective giró el teléfono.
Había una fotografía tomada por los agentes.
Han Soo-jin aparecía sentada en un banco.
Junto a ella había una mujer.
Seo-yeon.
O alguien exactamente igual a Seo-yeon.
Min-jae intentó incorporarse.
—Es ella.
Seo-yeon observó la imagen.
Por primera vez veía claramente el rostro de aquella desconocida.
Era idéntica.
Pero entonces notó algo.
La mujer llevaba un collar.
Seo-yeon reconoció el colgante inmediatamente.
Había visto la otra mitad durante toda su infancia.
Su madre la guardaba dentro de una pequeña caja y jamás permitía que nadie la tocara.
Seo-yeon llamó inmediatamente al detective que estaba con ellas.
—Póngame con mi madre.
Segundos después escuchó su voz.
—Seo-yeon…
—Mamá, dime la verdad.
Silencio.
—¿Quién es esa mujer?
Su madre comenzó a llorar.
—Tu hermana.
Seo-yeon cerró los ojos.
—Me dijiste que había muerto.
—Eso fue lo que me hicieron creer.
—¿Quién?
Soo-jin tardó varios segundos en responder.
—La familia Kang.
Min-jae abrió los ojos.
Tae-ho quedó completamente inmóvil.
Seo-yeon miró a su esposo.
—¿Qué acaba de decir?
Su madre continuó:
—Hace veintinueve años, alguien de la familia de tu esposo se llevó a tu hermana del hospital.
Min-jae negó.
—Eso es imposible.
Seo-yeon preguntó:
—¿Por qué harían algo así?
Su madre lloró.
—Porque tu hermana no fue criada como una hija.
—Entonces ¿para qué la querían?
La respuesta dejó a todos helados.
—Para convertirla en alguien que pudiera reemplazarte algún día.
Min-jae miró inmediatamente a Tae-ho.
Tae-ho retrocedió.
—No me mires a mí. Yo no sabía nada.
Entonces el teléfono de Tae-ho vibró.
Un mensaje.
Lo abrió.
Su expresión cambió.
—¿Qué ocurre? —preguntó Min-jae.
Tae-ho levantó lentamente el dispositivo.
Había recibido una fotografía tomada desde el exterior del hospital.
Mostraba exactamente la habitación donde estaban.
Alguien los observaba.
Debajo había una frase:
“La mujer del garaje no era el verdadero objetivo.”
Min-jae palideció.
Seo-yeon tomó el teléfono.
Llegó un segundo mensaje:
“Pregunten quién debía estar realmente dentro de ese automóvil.”
Seo-yeon levantó lentamente la mirada.
Min-jae recordó entonces algo que había olvidado desde el accidente.
Aquella mañana, originalmente él no debía conducir.
El automóvil estaba reservado para otra persona.
Su hermano.
Min-jae miró a Tae-ho.
—Ese coche era para ti.
Tae-ho dejó de respirar.
El intento de asesinato acababa de cambiar completamente.
Quizás Seo-yeon nunca había sido la responsable.
Quizás Min-jae ni siquiera había sido el objetivo.
Y mientras los tres intentaban comprenderlo, una sola pregunta quedó suspendida en la habitación:
Si los frenos estaban destinados a matar a Tae-ho… ¿quién necesitaba eliminarlo y por qué utilizó el rostro de Seo-yeon para hacerlo?