Han Seo-ah llegó corriendo al Hospital Central de Seúl después de recibir una llamada que la dejó aterrada. Su madre, Yoon Mi-ra, había sufrido un grave accidente y permanecía hospitalizada.
Durante sus veintisiete años de vida, Mi-ra había sido todo para ella. La había criado, acompañado durante sus estudios y protegido incluso cuando la poderosa familia Han rechazaba cada una de sus decisiones.
Por eso, cuando Seo-ah entró a la habitación y vio a su madre conectada a los equipos médicos, corrió inmediatamente hacia la cama.
—¡Mamá! ¡Despierta! ¡Por favor!
Antes de que pudiera tocarla, alguien la agarró con fuerza del brazo.
Era su padre, Han Tae-sung, presidente del poderoso Grupo Han.
—¡No la llames mamá!
Seo-ah se giró confundida.
—¡¿Qué estás diciendo?!
Tae-sung señaló a la mujer inconsciente.
—Esa mujer no es tu madre.
Seo-ah soltó una pequeña risa nerviosa.
Pensó que su padre estaba reaccionando así por el miedo y la desesperación.
—Papá, ¿qué te pasa?
Pero Tae-sung no estaba bromeando.
—Esa mujer te secuestró cuando eras bebé.
Seo-ah quedó completamente inmóvil.
—Eso es mentira.
—Tenías apenas tres meses cuando desapareciste. Durante meses contraté investigadores para encontrarte. Nunca pude hacerlo porque ella cambió tu nombre y desapareció de Seúl.
Seo-ah retrocedió.
Cada palabra parecía más absurda que la anterior.
—Mamá me enseñó fotografías de cuando nací.
—Fotografías falsas.
—Tengo documentos.
—También fueron falsificados.
Seo-ah negó con la cabeza.
—¡Basta!
Las lágrimas comenzaron a recorrer su rostro.
—¿Quieres que crea que durante veintisiete años viví con una secuestradora?
Tae-sung abrió una carpeta que llevaba bajo el brazo.
Sacó varios documentos.
—Hace una semana encontré esto dentro de una caja de seguridad de Mi-ra.
Era una denuncia de desaparición fechada veintisiete años atrás.
La fotografía mostraba a una bebé.
Debajo aparecía un nombre:
Han Seo-ah.
La joven sintió que las piernas comenzaban a temblarle.
Entonces escuchó una voz débil detrás de ella.
—Está… mintiendo.
Seo-ah giró inmediatamente.
Mi-ra había abierto los ojos.
—¡Mamá!
Intentó acercarse, pero Tae-sung volvió a interponerse.
Mi-ra hizo un enorme esfuerzo por incorporarse.
—No le creas.
Tae-sung perdió la calma.
—¡Cállate!
—¡Tiene derecho a saberlo!
—¡Después de lo que hiciste, no tienes derecho a decir nada!
Seo-ah explotó.
—¡LOS DOS CÁLLENSE!
El silencio invadió la habitación.
Miró primero a su padre.
Después a la mujer que la había criado.
—Quiero la verdad.
Mi-ra comenzó a llorar.
—Sí, Seo-ah. No soy tu madre biológica.
Aquella confesión destrozó a la joven.
Tae-sung señaló inmediatamente a Mi-ra.
—¿Ves? Finalmente lo admite.
Pero Mi-ra continuó:
—Aunque tampoco te secuestré.
El rostro del empresario cambió.
—No sigas.
Mi-ra lo ignoró.
—Hace veintisiete años trabajaba como enfermera en el hospital donde naciste.
Seo-ah permanecía paralizada.
—Aquella noche escuché una discusión dentro de una habitación privada.
Mi-ra miró directamente a Tae-sung.
—Tu padre estaba allí.
—¡Cállate! —gritó él.
—Y también estaba tu verdadera madre.
Seo-ah sintió que el corazón se le detenía.
—¿Mi verdadera madre?
Mi-ra asintió.
—Ella quería marcharse contigo.
Tae-sung golpeó la barandilla de la cama.
—¡No sabes lo que estás diciendo!
Mi-ra comenzó a respirar con dificultad.
—Tu padre había descubierto que tu madre planeaba divorciarse. Si se marchaba contigo, podía perder una parte enorme de las acciones familiares.
Seo-ah miró lentamente a su padre.
—¿Qué hiciste?
—Nada. Esa mujer está manipulándote.
Mi-ra levantó una mano temblorosa y señaló su bolso.
—Busca dentro.
Seo-ah encontró una pequeña llave.
—¿Qué abre?
—Una caja de seguridad.
—¿Qué hay dentro?
Mi-ra miró a Tae-sung.
Por primera vez, el poderoso empresario parecía realmente asustado.
—Una grabación de aquella noche.
Tae-sung avanzó hacia la cama.
—¡Dámela!
Seo-ah se interpuso.
—¡No la toque!
Su padre quedó sorprendido.
Era la primera vez que su hija le hablaba de aquella manera.
Mi-ra tomó aire.
—Tu verdadera madre me entregó esa llave antes de desaparecer.
Seo-ah comenzó a llorar.
—Entonces… ¿está viva?
Mi-ra permaneció en silencio.
Aquello fue suficiente para aumentar todavía más el miedo de Seo-ah.
—¡Dígame dónde está!
Tae-sung habló rápidamente:
—Murió hace muchos años.
Mi-ra giró lentamente la cabeza.
—Otra mentira.
Seo-ah miró a su padre.
—¿Qué?
Mi-ra apretó la mano de la joven.
—Tu verdadera madre está viva.
Tae-sung palideció.
—¡No!
—Y durante veintisiete años él se aseguró de que nunca pudieras encontrarla.
Seo-ah sintió que todo lo que conocía sobre su vida acababa de derrumbarse.
Miró al hombre al que siempre había llamado padre.
—¿Dónde está mi madre?
Tae-sung no respondió.
Entonces Mi-ra pronunció una última frase:
—Abre esa caja de seguridad… y descubrirás por qué tu padre tenía más miedo de que encontraras a tu madre que de perder todo su imperio.
Seo-ah apretó la llave entre sus dedos.
Su padre la observó con auténtico terror.
Por primera vez comprendió que aquella pequeña llave podía abrir algo mucho más peligroso que una caja.
Podía abrir los veintisiete años de secretos sobre los que había construido toda su familia.