El funeral de Mi-Sook estaba a punto de terminar.
La lluvia golpeaba suavemente los enormes ventanales de la funeraria mientras familiares, empresarios y viejos conocidos guardaban silencio frente al ataúd de una de las mujeres más poderosas de Seúl.
Mi-Sook había muerto a los 58 años.
Al menos, eso decía el informe.
Su hijo mayor, Do-Yun, permanecía junto al ataúd con expresión seria. A pocos metros estaba Soo-Jin, la hija mayor, intentando contener las lágrimas.
Pero faltaba alguien.
La hija menor.
Ha-Eun.
Los empleados comenzaron a cerrar el ataúd.
Y entonces las puertas de la funeraria se abrieron violentamente.
—¡NO LA ENTIERREN!
Todos se giraron.
Ha-Eun entró corriendo, completamente empapada por la lluvia.
—¡Mamá no murió naturalmente!
Do-Yun caminó rápidamente hacia ella y la agarró del brazo.
—¡Deja de hacer el ridículo! ¡Estamos enterrando a nuestra madre!
Ha-Eun se soltó.
¡PLAF!
La bofetada resonó por toda la sala.
—¡Mamá me llamó después de la hora en que ustedes dicen que murió!
Nadie dijo una palabra.
Ha-Eun sacó su teléfono.
—La hora oficial de su muerte fue a las 10:40 de la noche.
Levantó la pantalla.
—Esta llamada llegó a las 11:17.
Soo-Jin palideció.
—Eso… no puede ser.
—Escúchalo tú misma.
Ha-Eun reprodujo el último audio.
La voz débil de Mi-Sook llenó la funeraria:
—Ha-Eun… si escuchas esto, no confíes en tus hermanos.
El silencio se volvió insoportable.
Ha-Eun miró directamente a Do-Yun.
Después a Soo-Jin.
—Ahora díganme qué le hicieron a mamá.
El abogado detuvo el funeral
—¡Nadie toque ese ataúd!
Era el abogado Kim, asesor de Mi-Sook durante más de veinte años.
Do-Yun perdió la paciencia.
—¡Usted no puede detener el funeral!
Kim sacó una carpeta de su maletín.
—Su madre me dejó instrucciones específicas para una situación como esta.
Soo-Jin lo miró sorprendida.
—¿Qué instrucciones?
Kim abrió la carpeta.
—Si existía cualquier duda sobre las circunstancias de su muerte, debía suspenderse inmediatamente el entierro.
Ha-Eun quedó inmóvil.
—¿Mamá esperaba que algo le ocurriera?
Kim tardó unos segundos en responder.
—Durante las últimas semanas, su madre estaba convencida de que alguien cercano quería quitarla del control de su empresa.
Do-Yun golpeó una mesa.
—¡Esto es absurdo!
Kim lo miró.
—Entonces no tendrá ningún problema con una investigación.
Do-Yun guardó silencio.
Faltaban 43 minutos
Horas después, Ha-Eun y el abogado Kim llegaron a la mansión de Mi-Sook.
Querían revisar las cámaras de seguridad correspondientes a la noche de su muerte.
Encontraron algo extraño.
La grabación mostraba a Mi-Sook entrando en su habitación a las 9:52.
A las 10:03, Soo-Jin aparecía entrando detrás de ella.
Después…
la imagen saltaba directamente a las 10:46.
Ha-Eun miró la pantalla.
—¿Qué pasó con esos minutos?
El encargado de seguridad tragó saliva.
—Fueron eliminados.
—¿Cuántos?
—Cuarenta y tres minutos.
Ha-Eun miró a Kim.
Soo-Jin había estado dentro de aquella habitación durante el periodo eliminado.
«Yo no la maté»
Ha-Eun encontró a su hermana en el pasillo.
—¡Tú fuiste la última persona que estuvo con mamá!
Soo-Jin retrocedió.
—No sabes lo que ocurrió.
—Entonces explícamelo.
Soo-Jin comenzó a llorar.
—Mamá me llamó esa noche porque había descubierto algo.
Ha-Eun se acercó.
—¿Qué?
Soo-Jin miró alrededor antes de responder.
—Alguien llevaba meses sacando dinero de la empresa utilizando su autorización.
Ha-Eun quedó helada.
—¿Quién?
Soo-Jin sacó su teléfono.
—Mamá sospechaba de Do-Yun.
Ha-Eun recordó inmediatamente el mensaje:
«No confíes en tus hermanos».
—¿Entonces por qué también me advirtió sobre ti?
Soo-Jin bajó la mirada.
—Porque yo le mentí.
El secreto de Soo-Jin
Soo-Jin confesó que había descubierto las transferencias semanas antes.
Pero no denunció inmediatamente a Do-Yun.
Intentó protegerlo.
—Es nuestro hermano —dijo entre lágrimas—. Pensé que podría hacer que devolviera el dinero antes de que mamá lo descubriera.
Ha-Eun la miró decepcionada.
—Por eso mamá dejó de confiar en ti.
Soo-Jin asintió.
Pero todavía faltaba responder la pregunta más importante.
—¿Qué ocurrió dentro de la habitación?
Soo-Jin respiró profundamente.
—Discutimos. Mamá se sintió mal y me ordenó buscar su medicamento.
—¿Y después?
—Cuando regresé, Do-Yun estaba dentro.
Ha-Eun quedó inmóvil.
El medicamento había desaparecido
Las dos hermanas corrieron hacia la habitación de Mi-Sook.
Revisaron el cajón donde guardaba sus medicamentos.
Estaba vacío.
Soo-Jin señaló el lugar.
—Estaban aquí.
Kim examinó el cajón.
—Entonces alguien los retiró.
De repente escucharon una voz detrás.
—¿Qué están buscando?
Era Do-Yun.
Ha-Eun se giró.
—El medicamento de mamá.
Do-Yun respondió tranquilamente:
—Quizás ella lo movió.
Soo-Jin lo enfrentó.
—Yo te vi dentro de esta habitación.
La expresión de Do-Yun cambió.
—Ten cuidado con lo que estás insinuando.
Ha-Eun sacó su teléfono.
—Mamá también dejó un mensaje.
Por primera vez, Do-Yun pareció nervioso.
Pero había algo todavía más extraño
El abogado Kim recibió una llamada desde la funeraria.
Contestó.
Su rostro cambió inmediatamente.
—¿Está seguro?
Ha-Eun se acercó.
—¿Qué pasó?
Kim colgó lentamente.
—Tenemos que regresar.
—¿Por qué?
El abogado miró a las dos hermanas.
—Porque encontraron algo dentro del ataúd.
La pulsera
Cuando regresaron, un investigador les mostró una pequeña pulsera médica encontrada debajo del cuerpo de Mi-Sook.
Ha-Eun la reconoció.
—Mamá nunca usó eso.
El investigador respondió:
—Precisamente.
Giró la pulsera.
Había un número de identificación.
Kim revisó sus documentos.
El número no pertenecía a Mi-Sook.
Soo-Jin quedó confundida.
—Entonces ¿de quién es?
El investigador levantó la mirada.
—De una mujer que ingresó esa misma noche a una clínica privada situada a veinte minutos de la mansión.
Ha-Eun sintió un escalofrío.
—¿Qué tiene que ver esa mujer con nuestra madre?
El investigador respondió:
—Eso estamos intentando averiguar.
Una última grabación
La clínica tenía una cámara exterior.
Ha-Eun, Soo-Jin y Kim revisaron las imágenes.
A las 11:06 de aquella noche apareció un automóvil negro.
Una mujer bajó del asiento trasero acompañada por dos personas.
La imagen era borrosa.
Kim detuvo el video.
—Amplíelo.
El técnico acercó la imagen.
Ha-Eun dejó caer su teléfono.
La mujer llevaba el mismo abrigo que Mi-Sook había usado aquella tarde.
Soo-Jin susurró:
—No puede ser…
Ha-Eun se acercó a la pantalla.
La grabación era demasiado oscura para distinguir perfectamente el rostro.
Pero algo sí estaba claro:
once minutos antes de aquella misteriosa llamada de las 11:17, una mujer con la apariencia de Mi-Sook había llegado viva a esa clínica.
Ha-Eun miró al abogado.
—Si esa mujer era mamá…
Pausa.
—¿A quién estuvimos a punto de enterrar?
Y detrás de ellas, sin que ninguna lo notara, alguien acababa de abrir lentamente la puerta de la sala de seguridad.
FIN.