—¿Tú controlas el 51 %?
Min-jun miró a su esposa como si acabara de conocerla.
Seo-yeon sostuvo su mirada.
—Sí.
La señora Kang soltó una carcajada.
—¡MENTIRA! Mi esposo fundó esta empresa.
El abogado abrió la carpeta.
—No exactamente.
La sala quedó en silencio.
—¿Qué significa eso? —preguntó Min-jun.
—Su padre tenía el 35 %.
—¿Y el resto?
El abogado miró a Seo-yeon.
—Pertenecía a la familia de su esposa.
La suegra palideció.
—¡Eso es imposible!
Seo-yeon se acercó.
—Usted sabía que mi padre era socio del suyo.
—¡Era un empleado!
El abogado negó.
—Era el accionista mayoritario.
Min-jun miró a su madre.
—¿Por qué nunca me dijiste esto?
—Porque no importa.
Seo-yeon soltó una pequeña risa.
—Claro que importa.
Puso otro documento sobre la mesa.
—Especialmente porque alguien falsificó la firma de mi padre para quitarle sus acciones.
La sonrisa de la suegra desapareció.
Min-jun lo notó.
—Mamá…
—¡No me mires así!
—¿Tú sabías?
—Tu padre manejaba esos asuntos.
Seo-yeon se acercó.
—Entonces quizá quiera explicarnos esto.
Sacó una fotografía.
En ella aparecía la señora Kang firmando documentos junto a un notario.
Min-jun quedó helado.
—¿Qué estabas firmando?
La mujer retrocedió.
—No recuerdo.
El abogado respondió:
—La transferencia fraudulenta.
Silencio absoluto.
—¿QUÉ? —gritó Min-jun.
Su madre golpeó la mesa.
—¡LO HICIMOS PARA SALVAR LA EMPRESA!
Seo-yeon quedó inmóvil.
—Entonces lo admite.
La mujer comprendió demasiado tarde lo que acababa de decir.
—Yo…
Seo-yeon negó.
—No diga nada más.
Miró al abogado.
—Guarde constancia de todo.
Min-jun se acercó a su esposa.
—Seo-yeon, ¿desde cuándo sabes esto?
—Desde hace seis meses.
—¿Seis meses?
—Cuando murió mi padre encontré sus documentos.
—¿Y compraste acciones en secreto?
—Recuperé acciones.
La señora Kang gritó:
—¡TÚ NO RECUPERASTE NADA! ¡NOS LAS ROBASTE!
Seo-yeon giró lentamente.
—¿Quiere hablar de robos?
Silencio.
—Mi padre perdió su empresa.
Se acercó otro paso.
—Perdió su casa.
Otro.
—Y murió creyendo que jamás podría demostrar lo que ustedes hicieron.
Min-jun bajó la mirada.
—Yo no sabía nada.
Seo-yeon lo miró.
—Lo sé.
Él respiró aliviado.
—Entonces podemos arreglar esto.
—No terminé.
Seo-yeon sacó otra carpeta.
—Tú quizá no sabías lo que hicieron hace veinte años.
La dejó frente a él.
—Pero sí sabes lo que hiciste hace tres meses.
Min-jun dejó de respirar.
Su madre lo miró.
—¿De qué está hablando?
Seo-yeon abrió el documento.
—Una transferencia de ocho millones.
La señora Kang miró a su hijo.
—Min-jun…
—Fue una operación de la empresa.
Seo-yeon negó.
—El dinero terminó en una cuenta personal.
—¡Puedo explicarlo!
—Perfecto.
Seo-yeon cruzó los brazos.
—Todos estamos escuchando.
Min-jun guardó silencio.
—Eso pensé.
La madre corrió hacia él.
—¿Tomaste ocho millones?
—Pensaba devolverlos.
Seo-yeon soltó una carcajada amarga.
—Exactamente las mismas palabras que usó tu padre hace veinte años.
Min-jun golpeó la mesa.
—¡YO NO SOY MI PADRE!
—Entonces dime dónde está el dinero.
Nada.
—¿Dónde está?
Min-jun finalmente respondió:
—Se lo entregué a alguien.
—¿A quién?
—A tu hermano.
Seo-yeon quedó congelada.
—Yo no tengo hermano.
—Sí tienes.
Silencio.
—¿Qué acabas de decir?
Min-jun sacó su teléfono.
Mostró una fotografía.
Un hombre desconocido aparecía frente a las oficinas de la empresa.
Seo-yeon negó.
—No sé quién es.
El abogado miró la fotografía.
Y palideció.
—Yo sí.
Todos giraron.
—¿Quién?
El abogado respondió:
—Han Joon-ho.
Seo-yeon frunció el ceño.
—Ese era el nombre de mi hermano.
Silencio.
—Murió cuando yo tenía ocho años.
El abogado negó lentamente.
—No murió.
Seo-yeon se quedó sin palabras.
—¿Cómo sabe eso?
El abogado abrió su maletín.
—Porque su padre me hizo preparar esto antes de morir.
Sacó un sobre cerrado.
En el frente decía:
“PARA SEO-YEON — SOLO CUANDO RECUPERE EL CONTROL DE LA EMPRESA.”
Seo-yeon comenzó a temblar.
—¿Por qué nunca me lo entregó?
—Porque hasta hoy usted no tenía el 51 %.
Seo-yeon rompió el sello.
Dentro había una carta y una fotografía.
Leyó en voz alta:
—“Hija, si estás leyendo esto, significa que recuperaste lo que nos quitaron…”
Se detuvo.
Min-jun se acercó.
—Continúa.
Seo-yeon siguió:
—“Pero antes de confiar en nadie dentro de esa empresa, debes saber una cosa.”
Sus manos comenzaron a temblar.
—“Tu hermano está vivo.”
Silencio absoluto.
Seo-yeon miró a Min-jun.
—¿Dónde está?
—No lo sé.
—¡LE ENTREGASTE OCHO MILLONES!
—Porque me amenazó.
—¿Con qué?
Min-jun miró a su madre.
—Con revelar quién falsificó realmente la firma de tu padre.
La señora Kang quedó blanca.
Seo-yeon miró hacia ella.
—Pensé que ya lo sabíamos.
Min-jun negó.
—Mi madre no falsificó la firma.
La suegra susurró:
—Hijo, cállate.
—¿Entonces quién fue? —preguntó Seo-yeon.
Min-jun señaló hacia la puerta.
—La persona que acaba de llegar.
Todos giraron.
Las puertas de la sala de juntas se abrieron.
Entró un hombre de aproximadamente cuarenta años.
Seo-yeon dejó caer la carta.
El desconocido la miró.
—Hola, hermana.
Seo-yeon no pudo moverse.
—Joon-ho…
Él sonrió.
—Veo que finalmente recuperaste nuestro 51 %.
La señora Kang intentó salir.
Joon-ho bloqueó su camino.
—Usted se queda.
Min-jun preguntó:
—¿Para qué querías los ocho millones?
Joon-ho colocó una memoria USB sobre la mesa.
—No quería el dinero.
—¿Entonces?
—Necesitaba comprobar hasta dónde llegarías para esconder esto.
Seo-yeon tomó la memoria.
—¿Qué contiene?
Joon-ho miró a Min-jun.
—La grabación completa de la noche en que murió nuestro padre.
Seo-yeon palideció.
—Mi padre murió en un accidente.
Su hermano negó.
—Eso también fue mentira.
La sala quedó completamente en silencio.
Seo-yeon miró a su esposo.
Después a su suegra.
Finalmente, al hermano que había creído muerto durante años.
Había entrado a aquella reunión para descubrir quién controlaba la empresa.
Ya tenía la respuesta:
ella poseía el 51 %.
Pero ahora había una pregunta mucho más peligrosa.
¿Quién había estado dispuesto a robar, mentir y matar para impedir que esas acciones regresaran a su verdadera familia?