🔥 «¡COME DEL SUELO!»

—Perfecto. Ahora sírvanse ustedes solos.

Seo-yeon tomó su bolso y caminó hacia la puerta.

Su esposo dejó de reír.

—¿Adónde crees que vas?

Ella se detuvo.

—A cualquier lugar donde no tenga que comer del suelo.

La señora Kang soltó una carcajada.

—¡Déjala! En dos días regresará rogando.

Seo-yeon giró lentamente.

—¿Está segura?

—¿Adónde vas a ir? Todo lo que tienes te lo dio mi hijo.

Min-jun sonrió.

—Mamá tiene razón. No durarás una semana sin mí.

Seo-yeon lo miró fijamente.

—Eso pensaba yo de ti.

La sonrisa desapareció de su rostro.

—¿Qué significa eso?

Seo-yeon sacó su teléfono.

Tenía una llamada perdida.

Devolvió la llamada.

—Señor Lee, proceda.

Min-jun frunció el ceño.

—¿Proceda con qué?

Seo-yeon respondió sin apartar los ojos de él:

—Con la cancelación de la transferencia de mañana.

La señora Kang dejó los cubiertos.

—¿Qué transferencia?

Seo-yeon sonrió.

—Los dos millones que necesitan para pagar la deuda de esta mansión.

Silencio absoluto.

Min-jun miró inmediatamente a su madre.

—¿Qué deuda?

La señora Kang palideció.

—No le hagas caso.

Seo-yeon abrió su bolso.

Sacó una carpeta.

La dejó sobre la mesa.

—Hipoteca vencida.

Primera hoja.

—Préstamo empresarial.

Segunda hoja.

—Impuestos atrasados.

Tercera hoja.

Min-jun comenzó a leer.

Su rostro cambió.

—Mamá…

Ella bajó la mirada.

—¿Estamos perdiendo la casa?

—Tu padre dejó algunos problemas.

—¡Papá murió hace cuatro años!

Seo-yeon intervino:

—Y desde entonces alguien ha estado pagando esos problemas.

Min-jun levantó la mirada.

—¿Quién?

Seo-yeon señaló su propio pecho.

—Yo.

Nadie habló.

La suegra soltó una risa nerviosa.

—¿Tú?

—Sí.

—¡No tienes esa clase de dinero!

Seo-yeon se acercó a la mesa.

Miró la comida que todavía estaba tirada en el suelo.

—Curioso.

Levantó la mirada.

—Hace cinco minutos tampoco sabía quién había pagado esta cena.

La señora Kang frunció el ceño.

—¿Qué?

—La comida.

Señaló las flores.

—La decoración.

Después señaló las botellas sobre la mesa.

—Incluso el vino que está bebiendo.

Min-jun quedó confundido.

—Seo-yeon, ¿de qué estás hablando?

Ella respondió:

—Tu madre lleva meses utilizando mi tarjeta para mantener esta casa.

El rostro de Min-jun cambió.

Giró hacia su madre.

—¿Es verdad?

—¡Ella se ofreció!

Seo-yeon negó.

—Me pidió que no te dijera nada.

—¿Por qué?

La suegra golpeó la mesa.

—¡PORQUE ESTA FAMILIA NO NECESITA LA LÁSTIMA DE NADIE!

Seo-yeon miró nuevamente la comida en el suelo.

—Pero sí necesitaba mi dinero.

Silencio.

Aquella frase borró la arrogancia del rostro de la mujer.

Min-jun se acercó a su esposa.

—¿Por qué nunca me contaste nada?

—Porque quería protegerte.

—Seo-yeon…

Ella retrocedió.

—No.

—Escúchame.

—Te escuché perfectamente cuando dijiste: “Hazle caso a mi madre”.

Min-jun bajó la cabeza.

—Fue una broma.

—Para ti.

Seo-yeon se quitó lentamente el anillo.

La señora Kang abrió los ojos.

Min-jun quedó inmóvil.

—¿Qué haces?

Seo-yeon dejó el anillo sobre la mesa.

—Dejar de ser el chiste de esta familia.

—No puedes terminar nuestro matrimonio por una cena.

Ella lo miró fijamente.

—No lo termino por una cena.

Señaló el suelo.

—Lo termino porque cuando alguien me humilló, mi esposo decidió reírse.

Min-jun no pudo responder.

Entonces sonó el teléfono de Seo-yeon.

Contestó.

—¿Sí?

Escuchó durante unos segundos.

Su expresión cambió.

—¿Está seguro?

Todos la observaron.

—Envíeme los documentos ahora mismo.

Colgó.

La señora Kang preguntó:

—¿Qué pasa?

Seo-yeon recibió un archivo.

Lo abrió.

Leyó.

Y lentamente levantó la mirada hacia su suegra.

—Ahora entiendo.

—¿Qué?

—Por qué necesitaba desesperadamente mi dinero mañana.

La señora Kang palideció.

—No sé de qué hablas.

—La deuda de esta casa no es de dos millones.

Min-jun frunció el ceño.

—¿Cuánto es?

Seo-yeon giró la pantalla.

—Ocho millones.

Silencio.

Min-jun dejó de respirar.

—¿Ocho millones?

La señora Kang se levantó.

—¡DAME ESE TELÉFONO!

Intentó quitárselo.

Seo-yeon retrocedió.

—No vuelva a tocarme.

La mujer se detuvo.

Min-jun miró a su madre.

—¿Qué hiciste con ocho millones?

—Nada.

—¡MAMÁ!

—¡Intentaba salvar la empresa de tu padre!

Seo-yeon frunció el ceño.

—¿Qué empresa?

Silencio.

Min-jun respondió:

—La empresa cerró después de que papá murió.

Seo-yeon volvió a mirar el documento.

—Entonces alguien olvidó avisarle al banco.

—¿Por qué?

—Porque la empresa sigue moviendo dinero.

Min-jun palideció.

—Eso es imposible.

Seo-yeon deslizó la pantalla.

—Hubo una transferencia hace tres días.

—¿Firmada por quién?

Seo-yeon levantó lentamente la mirada.

—Por tu padre.

Nadie habló.

Min-jun soltó una risa nerviosa.

—Mi padre está muerto.

La señora Kang cerró los ojos.

Seo-yeon la vio.

—Usted sabe algo.

—No.

—Míreme.

La mujer permaneció en silencio.

Min-jun comenzó a comprender.

—Mamá…

Ella empezó a llorar.

—Perdóname.

—¿Por qué?

—Tu padre…

Se detuvo.

—¿Qué pasa con papá?

La señora Kang levantó la mirada.

—Está vivo.

Min-jun retrocedió.

—No.

—Sí.

—¡YO LO ENTERRÉ!

—Enterraste un ataúd cerrado.

Silencio absoluto.

Seo-yeon sintió un escalofrío.

—¿Dónde está?

La mujer negó.

—No puedo decirlo.

—¿Por qué?

—Porque si descubren que hablé…

De repente, las luces exteriores iluminaron el comedor.

Un automóvil acababa de detenerse frente a la mansión.

La señora Kang miró por la ventana.

Su rostro perdió completamente el color.

—No…

Min-jun se acercó.

—¿Quién llegó?

Nadie respondió.

La puerta principal se abrió.

Se escucharon pasos.

Lentos.

Firmes.

Hasta que un hombre mayor apareció en la entrada del comedor.

Min-jun dejó caer los documentos.

—Papá…

La señora Kang comenzó a llorar.

El hombre miró a su hijo.

—Ha pasado mucho tiempo.

Min-jun caminó hacia él.

—¡CUATRO AÑOS!

—Lo sé.

—¡¿POR QUÉ NOS HICISTE CREER QUE ESTABAS MUERTO?!

El hombre no respondió.

Miró a Seo-yeon.

Después vio la comida tirada en el suelo.

—¿Qué ocurrió aquí?

La señora Kang bajó la cabeza.

Seo-yeon respondió:

—Su esposa decidió que yo debía comer del suelo.

El hombre cambió completamente de expresión.

—¿Qué hiciste?

—No es asunto tuyo.

—Sí lo es.

El señor Kang abrió un maletín.

Sacó varios documentos.

—Porque esta noche vine precisamente por ella.

Seo-yeon frunció el ceño.

—¿Por mí?

—Sí.

Le entregó una fotografía antigua.

Seo-yeon la miró.

En ella aparecía el señor Kang junto a otro hombre.

Su corazón se aceleró.

—Ese es mi padre.

—Sí.

—¿Usted lo conocía?

—Éramos socios.

Seo-yeon quedó inmóvil.

—Mi padre murió cuando yo tenía dieciocho años.

El señor Kang negó lentamente.

—No murió.

Silencio.

Seo-yeon dejó de respirar.

—¿Qué?

Min-jun miró a su padre.

—¿También está vivo?

—Sí.

Seo-yeon sintió que las piernas le fallaban.

—¿Dónde está?

El hombre sacó otro documento.

—Antes necesitas saber por qué desaparecimos los dos.

La señora Kang gritó:

—¡NO LE DIGAS!

Todos giraron hacia ella.

El señor Kang la miró.

—Ya ocultamos esto demasiado tiempo.

Seo-yeon apretó la fotografía.

—¿Qué ocultaron?

El hombre señaló los documentos financieros sobre la mesa.

—Esos ocho millones no son una deuda.

—¿Entonces qué son?

—Dinero que alguien lleva años intentando recuperar.

Seo-yeon frunció el ceño.

—¿De quién?

El hombre la miró directamente.

—De tu padre.

La señora Kang retrocedió.

Min-jun la observó.

—Mamá…

Ella negó.

—No fue como parece.

Seo-yeon se acercó.

—¿Qué hizo?

—Yo no robé nada.

—Entonces dígame la verdad.

La mujer comenzó a llorar.

—Tu padre confió en nosotros.

Seo-yeon no apartó la mirada.

—¿Y?

—Nos entregó dinero para salvar la empresa.

—¿Cuánto?

Silencio.

—¿CUÁNTO?

El señor Kang respondió:

—Veinticinco millones.

Seo-yeon quedó paralizada.

La suegra apenas podía mirarla.

La misma mujer que diez minutos antes había arrojado su comida al suelo…

había vivido durante años gracias al dinero de su familia.

Seo-yeon se acercó al plato derramado.

Lo miró unos segundos.

Después levantó la vista hacia su suegra.

—Tenía razón en algo.

La mujer tragó saliva.

—¿En qué?

Seo-yeon tomó su bolso.

—Alguien en esta casa tendrá que aprender a vivir con las sobras.

Miró los documentos.

—Pero no seré yo.

Y salió de la mansión.

Esta vez Min-jun no se rio.

Porque acababa de descubrir que la mujer a la que había ordenado comer del suelo podía ser la única persona capaz de salvar a su familia…

y acababan de darle una razón para no hacerlo.

By yhq9q

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