El padre miró a su hija.
Después miró al asistente.
—¿Qué acabas de decir?
El hombre respiraba agitado.
—Señor Kim… el contrato con Daehan Tech.
Señaló a Ji-yeon.
—Ella fue quien diseñó el proyecto.
El padre quedó inmóvil.
—Eso es imposible.
Ji-yeon recogió del suelo los pedazos de su diploma.
—Claro.
Lo miró con los ojos llenos de lágrimas.
—Para usted siempre fue imposible que yo hiciera algo bien.
Su padre apretó los dientes.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
—Porque nunca preguntaste.
El asistente abrió una carpeta.
—Señor, el contrato vale cuarenta millones.
El padre palideció.
—¿Cuarenta?
—Sí.
Ji-yeon sonrió con tristeza.
—El mismo contrato que ha estado presumiendo durante semanas.
El hombre miró a su hija.
—Entonces trabajabas para Daehan.
—No.
—¿Entonces?
—Ellos trabajaron conmigo.
Silencio.
El padre frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
Ji-yeon sacó su teléfono.
Mostró un correo.
El asistente leyó.
Y su rostro cambió.
—Señor…
—¿Qué?
—El contrato está condicionado a que la ingeniera Kim dirija personalmente el proyecto.
El padre volvió a mirar a su hija.
—Entonces lo harás.
Ji-yeon soltó una pequeña carcajada.
—No.
—No te estoy preguntando.
—Y yo ya no estoy obedeciendo órdenes.
El hombre se acercó.
—Esa empresa pertenece a esta familia.
Ji-yeon levantó los pedazos del diploma.
—Hace un minuto me dijiste que dejara de llamarte papá.
Lo miró directamente.
—Así que no uses la palabra familia ahora.
Los estudiantes alrededor comenzaron a murmurar.
El asistente bajó la voz.
—Señor, si ella se retira, Daehan puede cancelar todo.
El padre golpeó la mesa.
—¡NO PUEDE HACERME ESTO!
Ji-yeon respondió:
—Sí puedo.
Hizo una pausa.
—Pero hay algo peor.
Su padre se detuvo.
—¿Qué?
—Daehan no fue la única empresa interesada.
El asistente abrió los ojos.
Ji-yeon continuó:
—Recibí una oferta hace tres días.
—¿De quién?
Ella dijo el nombre.
El padre perdió el color.
—¿Han Global?
—Sí.
—Ellos son nuestros competidores.
—Lo sé.
—¿Y qué te ofrecieron?
Ji-yeon guardó silencio.
Su padre se acercó.
—¿CUÁNTO?
—El control completo de su nueva división tecnológica.
El asistente retrocedió.
—Señor…
El padre la señaló.
—Tú no vas a trabajar para ellos.
Ji-yeon sonrió.
—Ya firmé.
Silencio total.
El padre dio un paso atrás.
—¿Qué hiciste?
—Lo mismo que tú me enseñaste.
—¿Qué?
—Elegir el lugar donde sí valoran mi trabajo.
El hombre estaba furioso.
—Después de todo lo que hice por ti.
Ji-yeon lo miró.
—¿Todo?
Sacó una vieja carta del bolso.
—¿También cuenta esto?
El padre palideció.
—¿Dónde encontraste eso?
—Entre las cosas de mamá.
El asistente miró al señor Kim.
—Señor…
Ji-yeon abrió la carta.
—Hace ocho años, mamá escribió que quería dejarme parte de sus acciones.
El hombre cerró los ojos.
—Eso no tiene validez.
—Sí la tiene.
—¡NO SABES DE LO QUE HABLAS!
—Entonces explícale al abogado.
Todos giraron.
Un hombre mayor se acercaba entre la multitud.
—Señor Kim.
El padre quedó inmóvil.
—¿Qué hace usted aquí?
El abogado miró a Ji-yeon.
—Vine porque ella me llamó.
Sacó una carpeta.
—Y porque encontramos el testamento original de su esposa.
Silencio.
Ji-yeon dejó de respirar.
—¿Original?
El abogado asintió.
—El documento que se presentó hace ocho años era una copia modificada.
El padre palideció.
—Eso es absurdo.
El abogado abrió la carpeta.
—No.
Mostró dos documentos.
—En el original, la señora Kim dejó el 51% de sus acciones a su hija.
Todos miraron a Ji-yeon.
Ella quedó completamente inmóvil.
—¿Cincuenta y uno?
El asistente bajó la cabeza.
El padre comenzó a retroceder.
—No significa nada.
Ji-yeon lo miró.
—Significa que la empresa que me pediste salvar…
Hizo una pausa.
—podría ser mía.
El padre golpeó la mesa.
—¡ESA EMPRESA LA CONSTRUÍ YO!
El abogado respondió:
—Con capital aportado por su esposa.
Silencio.
Ji-yeon sintió que todo encajaba.
—Por eso no querías que estudiara ingeniería.
Su padre no respondió.
—Por eso querías que me casara y me alejara.
Nada.
—Porque si entraba a la empresa…
Lo miró fijamente.
—podía descubrir quién era realmente la dueña.
El padre perdió el control.
—¡TU MADRE NO ENTENDÍA DE NEGOCIOS!
Ji-yeon sonrió tristemente.
—Pero entendía suficiente para dejarme el control.
El asistente recibió una llamada.
Contestó.
Su expresión cambió.
—Señor…
—¿Ahora qué?
—Daehan acaba de suspender el contrato.
El padre quedó blanco.
—¿QUÉ?
—Hasta que se resuelva quién tiene autoridad legal sobre la empresa.
Todos miraron a Ji-yeon.
Ella guardó los pedazos de su diploma.
—Parece que ahora sí necesitan hablar conmigo.
Su padre se acercó.
—Ji-yeon.
Era la primera vez que su voz sonaba débil.
—Hija…
Ella lo miró.
—No.
El hombre quedó inmóvil.
—Hace diez minutos me dijiste que no volviera a llamarte papá.
Hizo una pausa.
—Cumpliré tu orden.
Ji-yeon comenzó a caminar hacia la salida.
Pero el abogado la detuvo.
—Señorita Kim.
—¿Qué pasa?
—Hay algo más.
El padre cerró los ojos.
Ji-yeon lo notó.
—¿Qué cosa?
El abogado sacó una fotografía.
—Su madre dejó instrucciones para que esto se le entregara cuando descubriéramos la manipulación del testamento.
Ji-yeon tomó la imagen.
En ella aparecía su madre junto a un hombre desconocido.
Detrás habían escrito:
“Si algún día intentan quitarte la empresa, busca a este hombre.”
Ji-yeon miró al abogado.
—¿Quién es?
El abogado respiró profundamente.
—El verdadero fundador de Kim Industries.
El padre palideció.
Ji-yeon giró lentamente hacia él.
—¿Verdadero fundador?
El hombre no respondió.
Y en ese momento ella comprendió que el contrato, las acciones y el testamento no eran el secreto más grande de aquella familia.
La empresa que su padre había defendido toda su vida quizá nunca había sido realmente suya.