Durante casi cinco años, Han Seo-yeon creyó conocer cada rincón de la mansión donde vivía con su esposo, Kang Min-jae.
La casa estaba ubicada en una de las zonas más exclusivas de Seúl. Tenía tres pisos, enormes ventanales, un jardín privado y habitaciones que parecían sacadas de una revista de arquitectura.
Sin embargo, había una puerta que Seo-yeon jamás había podido abrir.
Estaba al final del pasillo del segundo piso.
Siempre cerrada.
Siempre con llave.
La primera vez que preguntó por ella, Min-jae respondió con naturalidad:
—Es un antiguo depósito de mi padre. No hay nada importante.
Seo-yeon no insistió.
Pero con el paso de los años comenzó a notar cosas extrañas.
Algunas noches Min-jae subía solo hasta aquella habitación.
Permanecía allí durante varios minutos.
Después regresaba como si nada hubiera ocurrido.
Cuando Seo-yeon preguntaba qué hacía, él cambiaba de tema.
Una vez incluso escuchó música proveniente del interior.
Era una melodía infantil.
—¿Tienes algún juguete encendido ahí dentro? —preguntó.
Min-jae se quedó completamente quieto.
—Debes haberlo imaginado.
Seo-yeon intentó convencerse de que tenía razón.
Hasta aquella noche.
Llovía con fuerza sobre Seúl.
Min-jae había salido para una reunión de negocios y no regresaría hasta medianoche.
Seo-yeon estaba sola en la mansión cuando escuchó un ruido proveniente del segundo piso.
¡PUM!
Se quedó inmóvil.
Otro golpe.
¡PUM!
Subió lentamente las escaleras.
El ruido venía de la habitación cerrada.
Seo-yeon acercó el oído.
Silencio.
—¿Hola?
Nada.
Intentó girar la manija.
Cerrada.
Entonces escuchó algo.
Una respiración.
Muy leve.
—¿Hay alguien ahí?
De repente, desde el otro lado de la puerta, algo cayó al suelo.
Seo-yeon retrocedió.
Su corazón comenzó a latir con fuerza.
Buscó entre las llaves de la casa.
Durante años Min-jae había mantenido aquella puerta cerrada, pero Seo-yeon recordó que una semana antes había visto una pequeña llave negra dentro de un cajón del despacho.
Corrió.
La encontró.
Regresó al pasillo.
Introdujo la llave.
Encajó perfectamente.
Seo-yeon comenzó a girarla.
En ese instante se escuchó la puerta principal de la mansión.
Min-jae había regresado.
—¡SEO-YEON!
Ella giró.
Él subía corriendo las escaleras.
Su expresión no era de sorpresa.
Era de auténtico terror.
—¡NO ABRAS ESA PUERTA!
Seo-yeon intentó continuar.
Min-jae llegó hasta ella, la sujetó de la muñeca y la apartó.
—¡TE PROHIBÍ ENTRAR AHÍ!
Seo-yeon perdió la paciencia.
¡PLAF!
Lo abofeteó.
—¡ES MI CASA TAMBIÉN!
Min-jae llevó lentamente una mano a su rostro.
—No entiendes.
—Entonces explícame.
—No puedo.
—¡Llevamos cinco años casados y tienes una habitación que ni siquiera puedo abrir!
—Seo-yeon…
De repente se escuchó una voz desde dentro.
Muy pequeña.
Muy débil.
—Mamá…
Ambos quedaron inmóviles.
Seo-yeon dejó de respirar.
La voz volvió a escucharse.
—¡Mamá… ayúdame!
Seo-yeon miró a su esposo.
—¿Quién está ahí?
Min-jae palideció.
—Seo-yeon, escúchame.
—¡¿QUIÉN ESTÁ AHÍ?!
La manija comenzó a girar lentamente desde dentro.
Min-jae intentó bloquear la puerta.
Pero Seo-yeon lo apartó.
La puerta se abrió unos centímetros.
Primero apareció una pequeña mano.
Después un rostro.
Era una niña de aproximadamente seis años.
Cabello negro.
Piel clara.
Ojos grandes.
Cuando vio a Seo-yeon, la pequeña comenzó a llorar.
—¿Mamá… eres tú?
Seo-yeon sintió que las piernas le fallaban.
Miró detenidamente su rostro.
La forma de sus ojos.
La nariz.
Incluso una pequeña marca junto a la ceja izquierda.
Seo-yeon tenía exactamente la misma.
—Se parece a mí…
Min-jae cerró los ojos.
Seo-yeon giró lentamente.
—¿Quién es esta niña?
—Déjame explicarlo.
—¡DIME QUIÉN ES!
La niña corrió hacia Seo-yeon y la abrazó.
Ella quedó completamente paralizada.
—Mamá…
Seo-yeon miró a su esposo.
—¿Por qué me llama así?
Min-jae no respondió.
—¡MIN-JAE!
Finalmente habló.
—Porque cree que tú eres su madre.
Seo-yeon retrocedió.
—¿Cree?
—Sí.
—¿Quién le dijo eso?
Silencio.
Seo-yeon miró dentro de la habitación.
Lo que encontró la dejó todavía más confundida.
No era un depósito.
Era una habitación infantil perfectamente acondicionada.
Había juguetes.
Libros.
Ropa.
Una cama pequeña.
Fotografías.
Seo-yeon caminó lentamente hacia una pared.
Allí había decenas de imágenes.
La misma niña.
Pero en muchas fotografías aparecía junto a una mujer.
Seo-yeon acercó el rostro.
Se quedó helada.
La mujer era prácticamente idéntica a ella.
—¿Quién es?
Min-jae entró.
—Su nombre era Han Seo-ah.
Seo-yeon giró.
—¿Han?
—Sí.
—¿Era familia mía?
Min-jae guardó silencio.
Seo-yeon tomó una fotografía.
—¡¿QUIÉN ERA?!
—Tu hermana.
La fotografía cayó de sus manos.
—Yo no tengo hermana.
—Sí la tenías.
Seo-yeon negó.
—Mis padres tuvieron una sola hija.
—Eso fue lo que te dijeron.
El pasillo quedó en silencio.
La niña continuaba agarrada al vestido de Seo-yeon.
—¿Dónde está mi hermana?
Min-jae tardó varios segundos en responder.
—Desapareció hace cuatro años.
—¿Desapareció?
—Sí.
—¿Y tú la conocías?
Min-jae cerró los ojos.
—Mucho antes de conocerte a ti.
Seo-yeon sintió un escalofrío.
—¿Qué relación tenías con ella?
El silencio de Min-jae respondió antes que sus palabras.
—Era mi prometida.
Seo-yeon retrocedió.
—¿Qué?
—Íbamos a casarnos.
—¿Y después te casaste conmigo?
—No fue así.
—¡ENTONCES EXPLÍCAME CÓMO FUE!
Min-jae respiró profundamente.
—Seo-ah desapareció tres meses antes de nuestra boda.
Seo-yeon abrió los ojos.
—¿Tres meses?
—Sí.
—¿Ya me conocías mientras estabas comprometido con ella?
—No.
—Eso no tiene sentido.
Min-jae se sentó.
—Después de que Seo-ah desapareció, sufrí un accidente.
—¿Qué accidente?
—Tuve una lesión en la cabeza. Perdí parte de mis recuerdos.
Seo-yeon lo miró incrédula.
Nunca había escuchado aquella historia.
—¿Y cuándo me conociste?
—Seis meses después.
—¿Entonces por qué nunca me contaste nada?
—Porque durante mucho tiempo ni siquiera recordaba a Seo-ah.
Seo-yeon señaló a la niña.
—Pero ahora claramente sí.
Min-jae bajó la mirada.
—Mis recuerdos comenzaron a regresar hace dos años.
Seo-yeon sintió rabia.
—¿Hace dos años sabes que tu antigua prometida existió?
—Sí.
—¿Y llevas dos años escondiendo a su hija dentro de nuestra casa?
—No.
—¡LA NIÑA ESTÁ AQUÍ!
—Llegó hace tres meses.
Seo-yeon quedó inmóvil.
—¿Cómo?
Min-jae caminó hacia un armario.
Sacó una carpeta.
—Una noche alguien la dejó frente a nuestra puerta.
Seo-yeon abrió el documento.
Había una nota.
“Protégela. No confíes en nadie. Seo-ah sigue viva.”
Seo-yeon levantó rápidamente la mirada.
—¿Mi hermana está viva?
—No lo sé.
—¡La nota lo dice!
—También podría ser una trampa.
—¿Por qué?
Min-jae tomó otra fotografía.
Mostraba un automóvil destruido.
—Porque Seo-ah no desapareció simplemente.
—¿Qué ocurrió?
—Alguien intentó matarla.
Seo-yeon sintió miedo.
Min-jae explicó que cuatro años atrás, Seo-ah había descubierto algo mientras trabajaba como auditora del Grupo Kang.
—¿Qué descubrió?
—Transferencias ilegales.
—¿Cuánto dinero?
—Más de cuatrocientos millones de dólares.
Seo-yeon abrió los ojos.
—¿Quién lo robaba?
—Nunca pudimos demostrarlo.
—¿Quién era el principal sospechoso?
Min-jae permaneció en silencio.
Seo-yeon lo entendió.
—Tú.
—Sí.
—¿Seo-ah creía que tú eras culpable?
—Al principio.
—¿Y después?
—Descubrió que alguien estaba utilizando mi firma.
Seo-yeon miró los documentos.
—¿Quién?
—Mi padre.
Silencio.
El padre de Min-jae, Kang Dae-sung, seguía siendo presidente honorario del Grupo Kang.
Seo-yeon lo veía casi todas las semanas.
—¿Tu padre intentó matar a mi hermana?
—No tengo pruebas.
—¿Pero lo sospechas?
—Sí.
Seo-yeon abrazó instintivamente a la niña.
Entonces recordó algo.
—Espera.
Miró a Min-jae.
—Si Seo-ah era tu prometida…
Después miró a la pequeña.
—¿Ella es tu hija?
Min-jae negó.
—No.
—¿Estás seguro?
—Completamente.
—Entonces ¿quién es su padre?
Min-jae permaneció en silencio.
La niña levantó la mirada.
—Mamá decía que mi papá estaba muerto.
Seo-yeon se agachó.
—Cariño, ¿cómo se llamaba tu papá?
La pequeña pensó.
—Tae-ho.
Min-jae quedó completamente inmóvil.
Seo-yeon lo vio.
—¿Conoces ese nombre?
—Sí.
—¿Quién es?
Min-jae apenas pudo responder.
—Mi hermano.
Seo-yeon sintió que el suelo desaparecía.
—¿Tu hermano era el padre de la hija de mi hermana?
Min-jae asintió.
—Kang Tae-ho murió hace siete años.
—Pero esta niña tiene seis.
Min-jae frunció el ceño.
Era imposible.
—¿Qué?
Seo-yeon repitió:
—Si Tae-ho murió hace siete años y ella tiene seis…
Miraron a la niña.
Algo no encajaba.
Min-jae tomó rápidamente la carpeta donde estaban los documentos de la pequeña.
Revisó su certificado.
Fecha de nacimiento.
Seis años atrás.
—Entonces Tae-ho no murió cuando nos dijeron.
Seo-yeon lo miró.
—¿Cómo murió?
—Supuestamente en un accidente de barco.
—¿Encontraron el cuerpo?
Min-jae quedó inmóvil.
—No.
La misma historia.
Personas que desaparecían.
Cuerpos nunca encontrados.
Documentos falsos.
La familia Kang escondía mucho más de lo que Seo-yeon imaginaba.
Entonces la niña se acercó a una pequeña caja.
La abrió.
Sacó un teléfono antiguo.
—Mamá dijo que solo debía encenderlo cuando encontrara a la otra mamá.
Seo-yeon sintió un escalofrío.
—¿La otra mamá?
La niña señaló a Seo-yeon.
—Tú.
Min-jae tomó el teléfono.
—¿Alguna vez lo encendiste?
La niña negó.
Seo-yeon presionó el botón.
El dispositivo se encendió.
Solo había un archivo.
Un video.
Seo-yeon lo abrió.
La pantalla mostró a una mujer.
Idéntica a ella.
Era Seo-ah.
Estaba cansada.
Miraba constantemente hacia atrás.
—Si estás viendo esto, significa que mi hija encontró a Seo-yeon.
Seo-yeon comenzó a llorar.
Era la primera vez que escuchaba la voz de su hermana.
—Seo-yeon, sé que probablemente nunca te dijeron que existía.
La joven miró a Min-jae.
—Nuestros padres nos separaron cuando nacimos.
Seo-yeon abrió los ojos.
—¿Por qué?
La grabación continuó.
—Nuestra familia tenía acciones dentro del Grupo Kang.
Min-jae frunció el ceño.
—¿Qué?
—Papá murió cuando éramos bebés. Mamá recibió amenazas. Para protegerte, te entregó a otra familia y cambió todos tus documentos.
Seo-yeon sintió que su identidad comenzaba a derrumbarse.
—Mis padres…
Min-jae la miró.
—Quizás no eran tus padres biológicos.
Seo-ah continuó hablando desde el video.
—Pero hay algo todavía más importante.
Hizo una pausa.
—No confíes en Min-jae hasta que él recuerde quién provocó su accidente.
Min-jae dejó de respirar.
Seo-yeon lo miró.
—¿Qué accidente?
—El que te dije.
—¿Quién lo provocó?
—No lo sé.
La grabación continuó.
—Min-jae estaba conmigo la noche en que desaparecí.
Él abrió los ojos.
—Eso no puede ser.
—¿No lo recuerdas?
—No.
Seo-ah siguió:
—Él vio a la persona que intentó matarme.
Min-jae comenzó a respirar con dificultad.
Imágenes fragmentadas aparecieron en su cabeza.
Lluvia.
Un estacionamiento.
Seo-ah corriendo.
Un automóvil negro.
Un hombre.
—Estoy recordando…
Seo-yeon se acercó.
—¿Qué?
—Había alguien allí.
—¿Quién?
Min-jae cerró los ojos.
La memoria comenzó a regresar.
Un rostro.
Una voz.
Entonces abrió los ojos.
—Mi madre.
Seo-yeon retrocedió.
—¿Tu madre?
Min-jae parecía aterrorizado.
—Ella estaba allí aquella noche.
Antes de que pudiera decir algo más, el video siguió.
Seo-ah miró directamente hacia la cámara.
—Y si Min-jae ya lo recordó, entonces ninguno de ustedes está seguro dentro de esa mansión.
Todos quedaron inmóviles.
En ese instante…
Se escuchó un ruido abajo.
¡PUM!
La niña corrió hacia Seo-yeon.
Min-jae apagó inmediatamente el teléfono.
—Quédate aquí.
—No voy a dejarte bajar solo.
Los tres salieron al pasillo.
Otro ruido.
Pasos.
Alguien estaba dentro de la casa.
Min-jae bajó lentamente las escaleras.
—¿Quién está ahí?
Nada.
Entonces las luces se apagaron.
La niña comenzó a llorar.
—Mamá…
Seo-yeon la abrazó.
Las luces volvieron.
Y frente a la puerta principal había una mujer.
Elegante.
Completamente mojada por la lluvia.
Era Kang Mi-sook.
La madre de Min-jae.
—¿Qué hacen despiertos?
Min-jae la observó en silencio.
Mi-sook miró hacia la niña.
Su expresión cambió.
—¿Quién es ella?
La pequeña retrocedió.
Min-jae recordó entonces otra imagen.
Su madre frente al automóvil de Seo-ah cuatro años atrás.
—Mamá…
Ella lo miró.
—¿Qué?
—Ya recuerdo aquella noche.
Mi-sook palideció.
Seo-yeon sintió que algo estaba a punto de ocurrir.
—¿Qué noche?
Min-jae avanzó lentamente.
—La noche que Seo-ah desapareció.
Mi-sook retrocedió.
—No sé de qué hablas.
—Sí sabes.
Min-jae señaló a la niña.
—Y también sabes perfectamente quién es ella.
La mujer dejó caer su bolso.
Del interior salió rodando algo.
Una pequeña fotografía.
Seo-yeon la recogió.
Mostraba a Mi-sook junto a Seo-ah.
Y entre ambas estaba la misma niña.
La fecha era de hacía apenas cuatro meses.
Seo-yeon levantó lentamente la mirada.
—Usted sabía que mi hermana estaba viva.
Mi-sook no respondió.
—¿Dónde está?
Silencio.
Seo-yeon gritó:
—¡¿DÓNDE ESTÁ MI HERMANA?!
Mi-sook comenzó a llorar.
—No debería haber traído a esa niña aquí.
Min-jae frunció el ceño.
—¿Por qué?
Su madre miró hacia las ventanas.
—Porque ahora él sabe dónde encontrarla.
—¿Quién?
Mi-sook respiró profundamente.
—Tae-ho.
Min-jae quedó completamente inmóvil.
—Mi hermano está muerto.
Mi-sook negó lentamente.
—No.
La niña levantó la mirada.
—Papá está vivo.
Todos la miraron.
Seo-yeon se agachó.
—¿Cuándo viste a tu papá por última vez?
La pequeña respondió:
—Ayer.
Min-jae sintió un escalofrío.
—¿Dónde?
La niña señaló hacia la habitación cerrada.
—Él me trajo aquí.
Mi-sook perdió completamente el color del rostro.
Seo-yeon miró a su esposo.
Min-jae miró la puerta que durante años había mantenido cerrada.
Y entonces comprendieron lo más aterrador de todo.
La niña no había estado encerrada allí porque Min-jae quisiera ocultarla.
Alguien la había colocado dentro de aquella habitación sin que ninguno de los dos supiera realmente por qué.
Y si Tae-ho seguía vivo…
entonces podía seguir dentro de la mansión.