El cumpleaños número veinticinco de Han Seo-ah debía ser una noche perfecta.
Su padre, Han Tae-jun, presidente del poderoso Grupo Han, había reservado el salón principal de uno de los hoteles más exclusivos de Seúl.
Más de doscientos invitados estaban presentes.
Empresarios, familiares, ejecutivos y amigos rodeaban a Seo-ah mientras un enorme pastel era colocado frente a ella.
—Pide un deseo —dijo Tae-jun sonriendo.
Seo-ah cerró los ojos.
Desde niña, Tae-jun había sido su héroe.
Su madre había muerto cuando ella era apenas un bebé, así que su padre la había criado prácticamente solo.
Al menos esa era la historia que Seo-ah había escuchado durante toda su vida.
Estaba a punto de soplar las velas cuando las enormes puertas del salón se abrieron.
—¡SEO-AH, ESPERA!
Todos giraron.
Una mujer de aproximadamente cincuenta años entró corriendo.
Tae-jun dejó de sonreír.
La copa que sostenía comenzó a temblar entre sus dedos.
Seo-ah lo notó.
—¿Papá?
La desconocida caminó directamente hacia ellos.
—¡Ese hombre no es tu verdadero padre!
El salón quedó completamente en silencio.
Seo-ah soltó una pequeña risa nerviosa.
—¿Qué?
Tae-jun reaccionó inmediatamente.
Caminó hacia la mujer.
¡PLAF!
La abofeteó.
—¡LÁRGATE!
La desconocida llevó una mano a su mejilla.
Seo-ah corrió entre ambos.
—¡Papá, basta!
Tae-jun intentó apartarla.
—No escuches a esta mujer.
Pero Seo-ah miró a la desconocida.
—¿Quién es usted?
La mujer abrió lentamente su bolso.
Sacó una fotografía antigua.
Tae-jun intentó arrebatársela.
—¡DAME ESO!
Seo-ah fue más rápida.
Tomó la fotografía.
Aparecían dos mujeres jóvenes prácticamente idénticas.
Una de ellas sostenía a una bebé.
Detrás estaba escrito:
“Seo-ah, tres meses.”
La joven levantó la mirada.
—¿Quiénes son?
La desconocida señaló a una de las mujeres.
—Ella era mi hermana.
Después señaló a la bebé.
—Y esa eres tú.
Seo-ah sintió un escalofrío.
—Entonces usted…
La mujer respiró profundamente.
—Soy Yoon Mi-sook.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—La hermana de tu verdadera madre.
Seo-ah giró lentamente hacia Tae-jun.
—¿Mi verdadera madre?
Su padre intentó quitarle la fotografía.
Seo-ah retrocedió.
—¡No!
—Hija, puedo explicarlo.
—Entonces empieza.
Mi-sook intervino:
—Pregúntale por qué durante veinticinco años te dijo que tu madre estaba muerta.
Seo-ah quedó inmóvil.
—Mi madre murió después de mi nacimiento.
Mi-sook negó.
—No.
—Tengo fotografías de su funeral.
—Aquel funeral existió.
Mi-sook miró directamente a Tae-jun.
—Pero la mujer dentro del ataúd no era tu madre.
Seo-ah sintió que el aire desaparecía de la habitación.
—¿Qué está diciendo?
Tae-jun perdió la paciencia.
—¡Seguridad!
Dos guardias se acercaron.
—Saquen a esta mujer.
Seo-ah se interpuso.
—¡Nadie la toca!
Tae-jun quedó sorprendido.
—Seo-ah…
—Si está mintiendo, quiero descubrirlo.
Miró a Mi-sook.
—Y si está diciendo la verdad, quiero saber por qué mi propio padre me ha mentido durante veinticinco años.
Mi-sook sacó una segunda fotografía.
En ella aparecía Tae-jun mucho más joven junto a la misma mujer que sostenía a Seo-ah en la primera fotografía.
Pero había otro hombre.
Seo-ah no lo reconoció.
—¿Quién es él?
Mi-sook señaló al desconocido.
—Park Min-ho.
Tae-jun cerró los ojos.
—No.
Mi-sook continuó:
—El hombre que estuvo con tu madre antes de que tú nacieras.
Seo-ah miró a Tae-jun.
—¿Mi verdadero padre?
—¡NO! —respondió Tae-jun inmediatamente.
Mi-sook lo miró.
—Entonces muéstrale la prueba.
—¿Qué prueba? —preguntó Seo-ah.
Silencio.
—¡¿QUÉ PRUEBA?!
Mi-sook respondió:
—Una prueba de ADN realizada cuando tenías seis meses.
Seo-ah sintió que las piernas comenzaban a temblarle.
—¿Existe una prueba?
Tae-jun bajó la mirada.
Aquello fue suficiente.
Seo-ah retrocedió.
—Dios mío…
—Escúchame.
—¡No me toque!
Por primera vez en su vida, Seo-ah sintió miedo del hombre que la había criado.
—¿Soy tu hija?
Tae-jun permaneció en silencio.
—¡RESPÓNDEME!
Finalmente habló:
—No biológicamente.
Seo-ah sintió que algo se rompía dentro de ella.
Toda su vida.
Su apellido.
Su historia.
Incluso los recuerdos de su infancia parecían diferentes.
—Entonces ella decía la verdad.
—Solo una parte.
Mi-sook se acercó.
—¿Qué parte falta?
Tae-jun miró a su hija.
—Yo sabía que no eras mi hija cuando te llevé a casa.
Seo-ah comenzó a llorar.
—¿Me adoptaste?
—No exactamente.
—¿Entonces qué hiciste?
Tae-jun respiró profundamente.
—Tu madre me pidió que te protegiera.
Mi-sook soltó una carcajada amarga.
—¡Mentiroso!
—¡Tú no estabas allí!
—Mi hermana me llamó aquella noche.
Tae-jun quedó inmóvil.
—¿Qué?
Mi-sook sacó un teléfono antiguo.
—Guardé esto durante veinticinco años.
Seo-ah miró el dispositivo.
—¿Qué contiene?
—El último mensaje que recibí de tu madre.
Mi-sook presionó reproducir.
Una voz femenina comenzó a escucharse.
—Mi-sook… si algo me ocurre, busca a mi hija.
Seo-ah se llevó una mano a la boca.
Nunca había escuchado aquella voz.
Era la voz de su madre.
La grabación continuó:
—No confíes en Tae-jun.
Tae-jun palideció.
Seo-ah giró lentamente.
—¿Qué?
—Apaga eso —ordenó él.
Mi-sook subió el volumen.
—Descubrí lo que hizo Min-ho. Tae-jun dice que puede protegernos, pero ya no sé en quién confiar.
La grabación terminó repentinamente.
Seo-ah miró a Mi-sook.
—¿Qué descubrió mi madre?
—Nunca pude averiguarlo.
Tae-jun respondió:
—Yo sí.
Todos lo miraron.
El empresario parecía derrotado.
—Park Min-ho no era simplemente el hombre con quien tu madre había tenido una relación.
Tae-jun señaló la fotografía.
—Trabajaba conmigo.
—¿En Grupo Han?
—Sí.
—¿Qué hizo?
—Robó dinero de la empresa.
Mi-sook negó.
—Eso fue lo que tú dijiste.
Tae-jun continuó:
—Tu madre descubrió transferencias ilegales y decidió denunciarlo.
Seo-ah preguntó:
—¿Qué tiene eso que ver conmigo?
Tae-jun permaneció en silencio.
Mi-sook comprendió antes que ella.
—Porque Min-ho era tu verdadero padre.
Seo-ah cerró los ojos.
Tae-jun no lo negó.
—¿Qué pasó después?
—Min-ho desapareció.
—¿Desapareció?
—Tres días antes del supuesto accidente de tu madre.
Seo-ah abrió los ojos.
—Espera.
Miró a Tae-jun.
—Siempre dijiste que mamá murió en un accidente automovilístico.
—Eso fue lo que todos creyeron.
—¿Y ahora dices que no murió?
Tae-jun respiró profundamente.
—Nunca encontraron su cuerpo.
Seo-ah sintió que la rabia reemplazaba al dolor.
—¡Me llevaste a un funeral!
—Necesitaba que todos creyeran que había muerto.
—¡INCLUIDA YO!
Tae-jun no respondió.
Seo-ah golpeó la mesa.
—¿Dónde está mi madre?
—No lo sé.
Mi-sook intervino:
—Yo creo que sí lo sabe.
Tae-jun la miró furioso.
—No empieces.
Mi-sook abrió otra carpeta.
—Hace tres semanas recibí esto.
Era un sobre sin remitente.
Dentro había una fotografía reciente.
Seo-ah la tomó.
Mostraba a una mujer entrando a una pequeña clínica.
La fecha era de hacía apenas un mes.
Seo-ah comparó su rostro con la fotografía antigua.
La mujer era mayor.
Pero el parecido era evidente.
—¿Es ella?
Mi-sook asintió.
—Creo que sí.
Seo-ah comenzó a llorar.
—Mi madre está viva.
Tae-jun tomó la fotografía.
Su reacción fue extraña.
No parecía sorprendido.
Parecía aterrorizado.
Seo-ah lo notó.
—Tú ya sabías esto.
—No.
—¡MÍRAME!
Tae-jun levantó la mirada.
—Sabías que estaba viva.
Finalmente, el hombre confesó:
—Recibí una fotografía parecida hace seis meses.
Seo-ah retrocedió.
—¿Y no me dijiste nada?
—Porque dos días después intentaron entrar a nuestra casa.
—¿Qué tiene que ver una cosa con la otra?
—Todo.
Tae-jun miró alrededor.
—La persona que envió esa fotografía no quería reunirlas.
—Entonces ¿qué quería?
—Obligarme a hacer algo.
Mi-sook preguntó:
—¿Qué?
Tae-jun señaló hacia los pisos superiores del hotel, donde se encontraban las oficinas privadas del Grupo Han.
—Renunciar a la presidencia.
Seo-ah quedó confundida.
—¿Por qué alguien utilizaría a mi madre para quedarse con tu empresa?
Tae-jun miró la fotografía de Park Min-ho.
—Porque la empresa nunca fue realmente mía.
Silencio.
Mi-sook abrió los ojos.
—Finalmente vas a decirlo.
Seo-ah miró a ambos.
—¿Decir qué?
Tae-jun se sentó.
—Tu abuelo fundó Grupo Han junto a otro hombre.
—¿Park Min-ho?
—Su padre.
Seo-ah comenzó a comprender.
—Entonces mi verdadero padre pertenecía a la familia fundadora.
—Sí.
—¿Tenía acciones?
Tae-jun no respondió.
—¿Cuántas?
—Cuarenta y nueve por ciento.
Seo-ah quedó inmóvil.
Mi-sook terminó la explicación:
—Y si Min-ho murió…
Miró a Seo-ah.
—Sus acciones pasaban a su hija.
Seo-ah sintió un escalofrío.
—A mí.
Tae-jun asintió.
La verdad era mucho más grande de lo que había imaginado.
Durante veinticinco años había creído ser simplemente la hija del presidente del Grupo Han.
Pero legalmente podía ser propietaria de casi la mitad del conglomerado.
—¿Por eso me criaste?
La pregunta destruyó a Tae-jun.
—No.
—¡DIME LA VERDAD!
—Al principio sí.
Seo-ah comenzó a llorar.
—Dios mío…
—Escúchame.
—¡Me criaste por mis acciones!
—Al principio quería proteger la empresa.
Tae-jun se acercó.
—Pero tú eras una bebé. Después aprendiste a caminar. Me llamaste papá. Te llevé a la escuela. Estuve contigo cuando enfermabas.
Las lágrimas aparecieron en los ojos del empresario.
—Hace mucho tiempo dejaste de ser una obligación.
Seo-ah no sabía qué sentir.
El hombre que la había criado la amaba.
Pero también había construido su relación sobre una mentira.
Entonces las luces del salón se apagaron.
Los invitados gritaron.
Cinco segundos después regresó la electricidad.
La enorme pantalla detrás del pastel se encendió.
Apareció una transmisión en directo.
Una mujer estaba sentada frente a una cámara.
Seo-ah dejó caer la fotografía.
Era la misma mujer.
Su madre.
—Seo-ah…
La joven dejó de respirar.
—¿Mamá?
La mujer comenzó a llorar.
—Perdóname.
Seo-ah caminó lentamente hacia la pantalla.
—¿Dónde estás?
—No puedo decírtelo.
—¡Llevo veinticinco años creyendo que estabas muerta!
—Lo sé.
—¡¿POR QUÉ NO VOLVISTE?!
La mujer miró hacia alguien fuera de cámara.
—Porque si regresaba, te mataban.
Tae-jun palideció.
—¡Apaguen la transmisión!
Seo-ah giró.
—¡Nadie toca nada!
Su madre continuó:
—Tae-jun cometió muchos errores, pero hay algo que nunca te dijo.
Seo-ah miró al hombre que la había criado.
—¿Qué?
La mujer respondió:
—Él no fue quien me obligó a desaparecer.
Tae-jun cerró los ojos.
—Entonces ¿quién?
La madre de Seo-ah comenzó a llorar.
—Tu verdadero padre.
Mi-sook dejó caer su bolso.
—¿Min-ho?
—Sí.
Seo-ah quedó helada.
—¿Por qué mi propio padre haría eso?
La mujer miró directamente a la cámara.
—Porque Park Min-ho tampoco murió.
Tae-jun dio un paso atrás.
Seo-ah sintió que ya no podía soportar otra revelación.
—¿Está vivo?
Su madre asintió.
—Y lleva veinticinco años esperando este día.
—¿Qué día?
Antes de responder, las puertas del salón se abrieron.
Todos giraron.
Un hombre de aproximadamente sesenta años entró acompañado por abogados.
Tae-jun perdió completamente el color del rostro.
Mi-sook reconoció al hombre inmediatamente.
—Min-ho…
Seo-ah miró al desconocido.
Él la observaba con lágrimas en los ojos.
Después de veinticinco años, Seo-ah estaba frente a su verdadero padre.
Min-ho caminó hasta el centro del salón.
Pero no intentó abrazarla.
En cambio, colocó una carpeta sobre la mesa.
—Feliz cumpleaños, Seo-ah.
Ella no respondió.
Min-ho abrió la carpeta.
—Hoy cumples veinticinco años.
—¿Y?
—Según el acuerdo firmado por tu abuelo, desde este momento ya nadie puede administrar tus acciones en tu nombre.
Tae-jun cerró los ojos.
Seo-ah miró los documentos.
—¿Qué significa eso?
Min-ho respondió:
—Que desde esta noche tú controlas el Grupo Han.
El salón entero quedó en silencio.
Seo-ah miró primero al hombre que la había criado.
Después al hombre que compartía su sangre.
Y finalmente a la pantalla donde aparecía la madre que había creído muerta durante toda su vida.
Había comenzado aquella noche queriendo soplar veinticinco velas.
Ahora había descubierto que su padre no era su padre, que su madre seguía viva, que su verdadero padre había regresado después de veinticinco años y que una parte enorme del imperio familiar siempre había sido suya.
Pero todavía faltaba una pregunta.
Seo-ah miró a Min-ho.
—Si llevas veinticinco años vivo…
Hizo una pausa.
—¿Por qué esperaste hasta hoy para buscarme?
Min-ho dejó de sonreír.
Tae-jun levantó lentamente la mirada.
Y la madre de Seo-ah gritó desde la pantalla:
—¡SEO-AH, NO CONFÍES EN ÉL!
La joven quedó inmóvil.
Min-ho giró hacia la pantalla.
Su expresión cambió completamente.
Entonces Seo-ah comprendió algo aterrador.
Descubrir quién era su verdadero padre no había resuelto el misterio.
Acababa de empezar uno mucho más peligroso.